—Vengo más tarde y te lo explico…—exagero al imitar la voz de Erick—. ¿Cuándo se supone que es “más tarde”? Ya pasaron tres días y yo sigo esperando que sea más tarde.
Le doy un mordisco gigante a la hamburguesa que Anahí me invitó por lástima. El gemido que suelto debe ser suficiente para que sepa que le agradezco por traerme el alimento más rico que he comido en estos días.
—¿No lo has llamado para preguntarle cuándo volverá? —pregunta Anahí.
—Ni loco le llamo.
Le doy otro mordisco a la hamburguesa, esta vez mastico más rápido. Quiero terminar de comerla antes de que el descanso termine.
—¿Crees que vaya a volver?
—Tiene que volver un día, todas sus cosas están en el departamento —respondo—. No me preocupa que me haya abandonado o algo parecido.
—¿Qué es lo que te preocupa, entonces?
—No sé que voy a hacer… respecto a nosotros.
Anahí asiente y me da una sonrisa comprensiva que si no fuera por lo deliciosa que me está sabiendo esta hamburguesas, la vomitaría enseguida.
—Anda, suéltalo de una vez. Sé que tienes mucho que decir al respecto.
—Claro que no —miente la muy descarada—. Y si tuviera algo que decir, este sería el último momento donde pensaría en hacerlo. No soy ninguna insensible.
—Que eso no te detenga. Necesito escuchar tu sermón.
—¿Estás loco o qué?
—Claro que lo estoy, por eso me vieron la cara de estúpido. Erick me ha estado mintiendo en dos cosas y quién sabe si hay más. Así que cumple con tu papel de íntima amiga para que no cometa una tontería.
Anahí me mira con miedo.
—¿A qué te refieres con que cometas una locura?
—A que decida llamarlo y rogarle una explicación, y quizá perdonarlo aunque me de una respuesta mediocre.
Anahí me mira durante varios segundos sin pestañear, tal vez esté evaluando qué tanta honestidad podré soportar en este estado tan deplorable.
Dios, ahora que lo pienso bien, sí estoy en un aspecto deplorable. ¿Cuándo fue la última vez que me cuidé los rizos? Incluso he descuidado la limpieza del apartamento. Ahora recuerdo que en estos tres días he ido acumulando los trastes y la ropa que he ensuciado. ¿Cómo rayos Duquesa puede soportar vivir en ese desastre?
No, más bien, ¿cómo yo puedo soportarlo? Tantos años manteniendo mi hogar limpio y ordenado.
Lo lamento, Duquesa, cuando salga de aquí te compraré el atún más caro que encuentre.
Definitivamente necesito un sermón.
Anahí aún luce insegura de qué hacer. Necesito darle un empujoncito para que ella pueda lanzarme sin remordimiento por un acantilado.
Saco mi teléfono del bolsillo y finjo usarlo.
—Voy a llamarle y rogarle que vuelva conmigo…
—Claro que no, bobo, primero te corto las manos para evitar que le llames y luego la lengua para que no puedas hablar —replica y me arrebata el teléfono—. ¡Yo te lo advertí! Fueron varias veces las que te dije que esos dos se traían algo, pero no me quisiste escuchar. ¡Hasta me querías convencer de que la loca era yo!
—¡Oye, estoy molesto con Erick porque me dijo mentiras, no porque me fue infiel!
—No hay mucha diferencia.
—Claro que la hay, porque todavía puede explicarme sus razones para haber dicho esas mentiras.
—¿Para esto me pides un sermón? —pregunta, indignada—. Espero que te dé una explicación tan maravillosa e impecable.
Me regresa mi teléfono.
—Anahí…
—No, ya no hables —me corta al instante—. No voy a pasar los últimos tres minutos de mi descanso discutiendo contigo.
••••
El primer año que empecé a vivir solo, volver a casa me producía una tristeza profunda. Era comprensible, en aquel tiempo vivía en un cuarto donde la cocina, el baño y la cama compartían los mismos metros cuadrados. Fue una época horrible, pero era lo único que podía pagar con mis ahorros. Por eso, me alegra haber logrado mudarme a un departamento más amplio. Antes de vivir con Erick, tuve que compartirlo con desconocidos para dividir los gastos, así que, el volver a sentir ese deseo irracional de preferir quedarme a limpiar mesas antes que regresar casa es… desolador.
Tengo un novio desaparecido y en el apartamento solo me espera una gata maleducada que, sino fuera porque soy el único que ahora la alimenta, probablemente no notaría mi ausencia. Hacía años que no me sentía tan desanimado por el simple hecho de volver a casa.
Me había mudado a la ciudad para no volver a sentir que mi propio hogar me asfixia, pero hay veces que esa sensación regresa. ¿Qué estaré haciendo mal?
—Leo… —La voz de Anahí me saca de mis pensamientos.
—¿Qué pasa?
—Creo que Erick vino por ti.
La miro, confundido.
—¿Cómo que crees?
—Es que está allá afuera, lo vi cuando ya me iba…
—¿Te habías ido sin despedirte de mí? —la interrumpo.
—Ni te hagas el molesto, porque la enojada aquí soy yo. Agradece que regresé para avisarte —replica, frunciendo el entrecejo—. Iba saliendo y lo vi cruzando la esquina. Estaba con el ricitos de oro, pero…
Miro hacia afuera del local. A los únicos que veo son a mis compañeros que les toca levantar y guardar las mesas, no hay rastros de Erick o Aiden.
—¿Pero qué, Anahí?
—Mejor ve tú mismo a ver.
El pulso me acelera. Tomo la mochila con mis pertenencias y salgo de la cafetería con Anahí.
—¿En qué esquina dices que los viste?
Anahí se adelanta para guiarme. Avanza por el camino que la veo usar cuando se marcha. Cada paso que doy me pesa más que el anterior y siento que el corazón me va a estallar en el pecho. Ninguna de las miles de imágenes que se producen en mi cabeza es apta para menores.
Antes de que lleguemos a donde se dobla la esquina, Anahí se detiene y hace que me pegue a la pared con ella. Con señas me indica que están del otro lado.
Santo cielo, no quiero ver esto.
Me acerco con sigilo a la esquina y me asomo. Estos tres metros que caminé hacia acá fueron más que suficiente para imaginar en las diferentes circunstancias que podía encontrarlos: besándose intensamente y a escondidas como los amantes que Anahí piensa que son o en otras situaciones más… explícitas.