Me sirvo una tercera taza de café a pesar de saber que no va ayudar a deshacerme del dolor de cabeza y mucho menos del ardor de los ojos por el desvelo.
Maldición, en dos horas debo trabajar y no puedo ir en este estado. Tengo el presentimiento de que voy a desmayarme del cansancio a mitad de mi turno.
En lugar de prepararme otro café debería volver a la cama y ver si logro conciliar el sueño. Por más que intenté dormir, fue imposible. Mis ojos se abrían solos y mi cabeza solo pensaba en las mismas cosas.
El hospital, la muerte… Y Aiden.
A pesar de que considere a Aiden una persona desagradable y que detesto con toda mi alma, siento pena por lo que debe estar atravesando. Nadie debería pasar por el dolor de ver a un familiar en una circunstancia donde su vida puede culminar y tú no puedas hacer nada para evitarlo más que esperar un milagro.
—Buenos días—saluda Erick, saliendo de su habitación.
—Hola… —respondo, dubitativo—. ¿Quieres café?
Le ofrezco el que me hice, sirve que así freno con mi consumo excesivo de esa bebida.
—Gracias —acepta la taza y bebe un sorbo, al instante, arruga la cara y deja el recipiente sobre la barra de la cocina—. Está muy amargo.
—Perdón, se me olvidó echarle azúcar —consigue hacerme reír. Agarro en los estantes el recipiente donde guardo el azúcar y se lo entrego.
—Pensé que había sido a propósito… por la discusión de ayer.
Desvío la mirada hacia otro sitio de la cocina. El único sonido que hay es el de la cuchara mezclando el azúcar en el café. Dejo que el silencio persista mientras medito en cómo abordar el tema que deseo discutir. El insomnio me ayudó a reflexionar toda la noche y llegar a una decisión.
—Sobre eso…—carraspeo la garganta—. Estuve pensando en lo que dije… sobre terminar nuestra relación.
Detiene abruptamente sus movimientos con la cuchara, levanta el rostro para mirarme a los ojos.
—¿Qué decidiste?
Mis dedos comenzaron a golpear la superficie de la barra. Permanezco callado varios segundos, pienso en las palabras adecuadas para iniciar.
—Primero quisiera decirte que lamento mucho lo que está pasando con el hermano de Aiden —digo—. Puede que Aiden no me caiga bien y entiendo que esté pasando por un momento complicado, pero no creo que eso sea una excusa para ser tan déspota conmigo.
Erick asiente.
—¡Eso tampoco significa que voy a olvidar lo que hiciste tú!—continúo, elevo el tono—. Sé que esa situación no me incumbe y que no tenías que haberme dicho nada, lo entiendo y no voy a meterme en eso o impedir que acompañes a Aiden en este proceso. Jamás te prohibiría darle tu afecto y apoyo a un amigo, ni siquiera a Aiden. Pero no tenías que haberme mentido sobre el proyecto o que estabas con Aiden, mucho menos justifica que hayas desaparecido durante tres días sin darme una señal de vida, porque no te tomaba ni un minuto sacar el teléfono y escribirme un simple mensaje.
—No volverá a suceder, te lo juro.
—Por supuesto que no va a volver a suceder, porque si lo haces, mejor ni regreses. No pienso abrirte la puerta de nuevo.
Asiente de nuevo, con más efusión.
Se acerca a mí, algo cohibido. Cuando no hago ningún movimiento para alejarlo, me abraza.
—Una cosa más… o más bien, una petición.
—Lo que sea —dice, sin separarse de mí.
—Quiero que volvamos a pasar tiempo juntos —soy yo quién disuelve el abrazo porque necesito mirarlo a los ojos mientras le hablo de esto—. Últimamente casi no estamos juntos. Ahora sé la razón de tu ausencia y aunque no voy a impedir que le brindes tu apoyo a Aiden cuando él lo necesite, quiero que volvamos a pasar tiempo juntos como pareja… por ejemplo, ¿qué te parece si vamos a comprar decoraciones para adornar el departamento para navidad?
Sujeto sus manos con las mías y empiezo a acariciar su dorso. De repente me siento nervioso y emocionado a la vez, no es una sensación desagradable, sino más bien, de ilusión.
—Es nuestra primera navidad juntos y, no quiero sonar tonto o ridículo, hace años que no festejo estas fechas, pero me gustaría hacerlo de nuevo. Contigo.
Espero ansioso su respuesta, me siento como un adolescente que ha confesado sus sentimientos por primera vez. Por Dios, no sé qué piense Erick, pero yo sí me denomino un completo ridículo por estar nervioso con algo así.
Los segundos transcurren demasiado lento y Erick sigue callado. Baja su vista al suelo.
Frunzo el ceño, sin saber con exactitud qué hacer ante este mutismo. ¿Por qué tarda demasiado en dar una respuesta? ¿Qué tanto tiene que pensar?
—¿Erick?
Alza la mirada y aprieta mis manos.
—Suena divertido —responde al fin. Me mantengo serio al percibir que su respuesta carece de la misma emoción con la que yo propuse el plan.
Tal vez a él no le parezca emocionante festejar estas fechas juntos y está aceptando por mero compromiso. En ese caso, no me interesa planear nada. No voy a obligar a nadie a que pase tiempo que no desea conmigo. Erick puede irse a la mierda si lo prefiere.
—Lo siento, no es que no quiera —aclara, como si hubiese adivinado mis pensamientos—, es que no sé si tengamos el presupuesto para darnos ese lujo del pino, las esferas, luces, el pavo y demás.
—No tenemos que comprar todo nuevo o hacer una decoración extravagante. Y aquí entre nosotros, nunca he comido pavo en navidad.
—Yo tampoco—confiesa, y esa simple confesión nos hace reír a los dos.
Erick me atrae hacia él y me abraza.
—Por supuesto que quiero pasar tiempo contigo, Leo.
Siento una calidez tan reconfortante.
—¿Vamos a comprar las decoraciones? Podemos ir cuando salga del trabajo, hoy no voy a doblar turno. Deberíamos aprovechar que apenas está iniciando diciembre, después los precios suben.
—¿Qué tal si lo dejamos para el fin de semana?
Frunzo el ceño.
—¿Por qué?
—Leo… No te voy a mentir diciéndote que voy a estar con Aiden. Estos días ya había quedado con mi tía y no quiero cancelarle de pronto, pero después del fin de semana haremos todo y estaré contigo. Te lo prometo.