El sonido del despertador de mi celular me despierta ocasionando cierta molestia en mis oídos. Tengo tanto sueño que los párpados me pesan dándome a entender que no los fuerce para abrirse, por lo que extiendo mi mano tratando de hallar el bendito aparato para apagarlo, palmeando cada rincón de mis sábanas hasta que este se posa en algo redondo y suave. Dejo mi mano allí por unos segundos tratando de pensar que es lo que estoy agarrando, le doy un apretón y se asemeja a un algodón, lo cacheteo y la proporción es muy buena.
Es raro que tenga esta cosa en mi propia cama.
— ¿Te gusta lo que tocas?
Esa voz…
No, debe ser un mal sueño.
O no.
¿Por qué él estaría a…?
Aguarda.
No puede ser.
Estoy recordando y ese es…
Abro los ojos de golpe y el rostro de mi mejor amigo está al frente del mío, a una distancia prudente y aun con los ojos bien cerrados. Demonios, había olvidado que se quedó a dormir en mi casa después de la mega fiesta que le realizaron sus padres y sus hermanos por su cumpleaños número diecisiete. El bien pendejo me obligó a llevármelo para que no vieran que terminó nadando en alcohol.
Dejando eso a un lado… ¡Por Dios! ¡Le apreté el trasero!
—Dime que no te quitaste los pantalones.
—Me sentía incómodo. —responde sin abrir los ojos y suelta un jadeo— La cabeza me está reventando.
—Quién te manda a tomar como vikingo. —alzo un poco mis sábanas en busca de mi móvil que ya ha dejado de sonar. Por suerte, lo encuentro cerca de mi cintura y casi me desmayo al ver la hora— ¡Llegaremos tarde!
— ¿Tarde para qué?
—Para tu deporte y el mío. —no se inmuta en moverse— ¡Levántate!
—Mejor faltemos y sigamos durmiendo… —extiende su brazo para acostarlo sobre mi pecho. Hace una expresión de incredulidad y finalmente, abre ese par de ojos que a cualquiera lo volvería ciego— ¿Desde cuándo te han crecido tanto?
— ¿Quieres morir? —aparto su brazo, me incorporo y cojo una de mis almohadas— ¡Deja de dormir! —se lo aviento al rostro— No volveré a repetirlo.
A regañadientes, él se incorpora sin dejar de tocar su cabeza con ambas manos. Tiene el torso desnudo, bien trabajado debido a que juega basquetbol porque hasta hace tres años su cuerpo era el de una anguila. Si fuera una de las tantas que se mueren por él ya estuviera desmayada por la impresión de tremendo monumento, pero como estoy lo suficientemente cuerda y lo conozco desde que tenía cinco años, me da igual que esté casi desnudo.
Él fija su mirada en mí y me estudia de pies a cabeza.
— ¿Algún día dejarás de usar ese pijama de “Sailor Moon”?
— ¿Algún día dejará esos bóxeres de “Spider man”? —enarca una ceja formando una sonrisa de lado— No necesito verlo para saber que estás utilizando uno.
—Lo tocaste.
—Inconscientemente. —doy un suspiro— Iré a bañarme. Puedes usar el otro baño que está en el pasillo.
—No sabía que estabas en tus días. —menciona al darle la espalda— Que mancha tan enorme.
— ¿Cómo?
Giro mi rostro, tratando de chequear la parte de atrás de mi cuerpo y como es imposible estiro mi short y no veo ninguna…
El portazo me sobresalta, cayendo en cuenta que mi supuesto mejor amigo me ha visto la cara de idiota, engañándome para ocupar mi baño. Exclamo su nombre sin dejar de golpear la puerta mientras que él ríe a lo grande poniéndome de muy mal humor.
— ¡De mí no te burlas, Marcelo Valenzuela!
Si, así se llama este ingrato que cuando quiere me trata bien y cuando no, me traiciona. Encima que me presté a cuidarlo de la paliza que iba a recibir en casa, logra ocuparse de mi baño privado a base de mentiras. ¡Aj!
Poso mis ojos hacia otra dirección en busca de algo que me ayude a romper el pomo de la puerta, pero en vez de eso, hallo algo muchísimo mejor. Sonrío maliciosamente por dentro y no dudo en tomarlo para luego coger mi toalla y la ropa que usaré el día de hoy. Salgo de mi habitación y me encierro en el otro baño que, por suerte, se encuentra desocupado.
Después de darme una ducha al estilo rápidos y furiosos, me coloco la camiseta, el short corto, las medias blancas y, por último, mis zapatillas deportivas. Seco mi cabello con la secadora para poder hacerme una alta cola y alboroto un poco mi cerquillo.
Bajo las escaleras y el olor a panqueques que sale de la cocina me hace gruñir el estómago.
—Buenos días.
—Buenas tardes. —responde mi madre en tono serio mientras deja los platos llenos de panqueques sobre la mesa. Dios, huelen deliciosos— Ya sabía que era una mala idea celebrarle su fiesta un viernes cuando el sábado tenían que ir al club temprano. —observa por todos lados— ¿No me digas que sigue durmiendo?
—Para nada. —cojo una de las tostadas que están dentro de una canasta y lo hurto con mermelada. Le doy un mordisco— Está en el baño y se demora peor que una mujer.
—Su madre llamó hace media hora diciendo que él no le responde el celular.
—Lo apagó para cargarlo.
—Dile que lo encienda y la llame. —sirve dos vasos de leche, me entrega uno— Ya sabes lo intensa que es.
—Tú eres igual. —bebo un poco.
—No soy tan exagerada.
— ¿Ya está listo mi desayuno?
Mi hermana menor Georgia aparece y me rodea el cuello con sus brazos. Le doy un beso en una de sus mejillas y le indico que nuestro plato favorito ya está bien servido.
— ¿Y Marce? —pregunta al sentarse en una de las sillas.
—Él está…
— ¡Gabriella!
Mi madre se queda extrañada por el grito, yo finjo no haberlo escuchado e incluso pruebo mis panqueques mientras que Georgia coge su vaso de leche para beberlo. Sus pasos resuenan muy cerca de nosotras, el panorama que debe estar mostrando no debe ser nada bueno, ya que mi hermana menor escupe lo que ha bebido y la mujer que me dio la vida entrecierra sus ojos para fulminarme con su mirada. Giro mi rostro, escupiendo el trozo de panqueque porque no he podido contener la risa de ver a Marcelo usando mi pijama que consiste en un short y una blusa corta que tiene mi personaje favorito plasmado en ello.