"Nieve de otoño" (libro 3)

Capítulo 2: Intercambio de collares.

El día de la clausura del club llega dos días antes de iniciar el año escolar. Ni siquiera dejaron que disfrutáramos la última semana de vacaciones en la cual me hubiera fascinado ir a la playa como en los años anteriores. ¡Aj! No sé cómo permití que ese ingrato de Marcelo me convenciera de inscribirme al vóleibol, mandando al demonio mi viaje a Máncora con mis primos. A estas alturas, estaría de regreso bien bronceada, pero seguiría siendo una retaca, ya que gracias a este deporte he logrado estirarme unos tres centímetros más.

Ya recuerdo porque terminé cediendo ante su petición.

—Ha llegado mi momento, Gabriella. —me dice Samy al percatarnos de la presencia de mi mejor amigo quién se encuentra solo, texteando con no sé quién, apoyado de espaldas contra uno de los árboles— Deséame suerte.

Ella se aleja de mí y camina rápidamente hacia él.

Supuestamente se le iba a declarar hace unos días, sin embargo, nunca encontró el momento adecuado para hacerlo, y es que tener a Marcelo sin sus amigos encima de este, era algo bastante difícil. 

Me quedo observando desde lejos, y al parecer no soy la única porque me percato de que otras personas los miran con mucha atención. Él deja de enfocarse en su teléfono, se incorpora luciendo algo extrañado mientras que Samy no deja de mover sus labios, sus manos e incluso sus piernas.

Está demasiado nerviosa.

Mi frente comienza a sudar frío, no puedo evitar jugar con mis dedos y ya estoy arrepintiéndome de haberla animado porque siempre he tenido la respuesta delante de mis ojos.

No necesito interpretar el movimiento de la boca de Marcelo para saber que le ha dicho un NO.

Estoy quedando como payaso de circo al ver como ella sale corriendo, ocultando su rostro con sus manos cuando debería haber actuado como si no le afectara y volver a mí con total naturalidad. ¡No sé cómo me confíe!

Quisiera ir detrás de ella, pero sé que no es lo correcto. El ser rechazado por el chico que te gusta no debe ser nada bonito, necesita su espacio y eso es lo que le daré. Después, estaré dispuesta a secar sus lágrimas para decirle que ella merece algo muchísimo mejor.

Bueno, eso es lo que siempre aconsejan en las novelas cuando a una mujer le rompen el corazón.

— ¡Machi!

Grito el apodo que le puse cuando teníamos diez años.

Recuerdo que una señora le apodaba de esa manera a su esposo quién se llamaba Marcelino. Como aquel nombre y la de mi mejor amigo tenían cierta semejanza, decidí en aquel momento llamarlo así. Claro, que él lo odia completamente y sabe que cuando pronuncio esa palabra es porque estoy algo enfadada con él.

— ¿Qué pasa, Gaby? —pregunta sin ganas al tenerme plantada frente a él.

—Tú…. —gimo rendida— Dime que no fuiste muy hiriente.

— ¿Eso quiere decir que lo sabías? —asiento con la cabeza— ¿Por qué no me previniste?

—No inventes, Marcelo. ¿Cómo crees que iba a delatarla? Podrás ser mi mejor amigo, pero no puedo meterme cuando una chica quiere confesarte su amor.

—Pues entonces tú debiste decirle que no estoy interesado en salir con alguien.

—Si le decía eso, ya te imaginarás lo que iba a pensar.

— ¿Y desde cuando te importa lo que piensen de nosotros? —resopla— Ni que fuera la primera vez.

—Exacto. —replico— Cómo no es la primera vez, prefiero evitarlo.

—Es suficiente con que lo sepamos tú y yo. —me lo recuerda—Te lo he dicho miles de veces, así que no entiendo porque debería afligirte el de prevenir a tus amigas. —pone mala cara— Hasta pareciera que las aprecias más a ellas que a mí.

—Tú sabes perfectamente que te quiero a ti. —digo firme. Él me mira cómo sino me creyera— ¿Crees que miento?

—No, pero ahora estoy muy enojado. —da un suspiro y acaricia la parte trasera de su cuello— No me gusta hacer llorar a las mujeres.

—Qué raro. Tu hermana siempre dice que te fascinaba molestar a las niñas de tu aula cuando tenías cuatro años.

—Solo un poco.

Los dos reímos olvidando nuestra pequeña discusión y la mayoría de las veces resulta de ese modo. No solemos pelearnos, peor si es por algo que no tiene mucha importancia. El hecho de que él sea una especie de rompecorazones (Solo ha tenido una novia en su vida y no la considera como tal, ya que para Marcelo el salir con alguien es un desgate de su tiempo disponible), no es un tema en el que deba incluirme. No estoy autorizada en meterme en sus relaciones, así como él tampoco en las mías. Si necesitamos un consejo o un apoyo, estamos el uno para el otro.

Por suerte, hasta ahora no he tenido una mala experiencia porque nunca me he enamorado. Me he sentido en algunas oportunidades atraída por uno que otro chico, pero no he llegado a más.

Supongo que mi príncipe azul se quedó dormido por allí.

— ¿A las doce no es tu partido final?

—Si, ¿Por qué?

—Porque faltan cinco minutos para que comience.

— ¿Qué? —saco mi celular del bolsillo y me da un mareo— Demonios, voy a tener que buscar a Samy. ¡Es la capitana!

—Debió declararse después del partido.

— ¿Hubiera cambiado tu respuesta? —entrecierro mis ojos con unas ganas de matarlo.

—No, pero no tendrías este enorme problema ahora. —palmea mi cabeza— Te deseo toda la suerte del mundo.

— ¡¿No me ayudarás?!

— ¿Quieres que ella vuelva a llorar? —niego— Entonces no. Adiós.

Él se escapa antes que lo agarre del brazo.

Maldita sea, ¿Dónde se supone que voy a encontrarla? ¿Debajo de las rocas? —>>Piensa, Gabriella. Tú eres más inteligente que ese mal amigo<<— Cuando a una chica la lastiman… ¿Qué lugar sería perfecto para ella?

—Lo tengo.

 

 

Entro al baño con la esperanza de hallarla aquí, pero todo eso se esfuma cuando chequeo cada uno de los inodoros y su trasero no está sentando en ninguno. Me entran las ganas de miccionar debido a los nervios, así que le pongo seguro y me bajo mis shorts cortos. El sonido de la puerta me sobresalta, dos chicas no parar de conversar y al parecer, solo se han escabullido en este lugar para el bendito chisme.



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En el texto hay: romance, primer amor, chick lit

Editado: 27.01.2022

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