"Nieve de otoño" (libro 3)

Capítulo 3: ¿Un chapuzón?

Es domingo, mi último día de vacaciones, porque volveré al encierro de miles de tareas. Pero eso no es mi única frustración, ya que mi madre decidió quitarme el celular por dos semanas. ¡Dos malditas semanas! Incomunicada del mundo, sin poder leer historias de romance, ni siquiera para chequear las últimas actualizaciones en Stagram por parte de mis dos mejores amigas.

¡Odio mi vida y maldigo a Samy!

Respiro hondo.

Aparto esa negatividad y me concentro en tomar cierto bronceado.

Hoy los padres de Marcelo nos han invitado a una parrillada en su casa. Mi familia y los de mi mejor amigo se encuentran cocinando hacia el otro extremo mientras que yo aprovecho en solearme frente a su enorme piscina. Lastimosamente, hay poco brillo solar y es que el otoño está a unos pasos de cubrir mi ciudad entera. Aun así, se siente un poco de calor y me están entrando las ganas de darme un buen chapuzón.

— ¿Lista para dar un clavado? —me pregunta Marcelo mientras le aplico un poco de protector solar en su espalda. Él si lo necesita con urgencia porque es más blanco que un nabo— ¿O ya te olvidaste de cómo nadar?

— ¿Temes a que te hunda? Porque te recuerdo que fui yo quién te enseñó.

—Pero me volví el maestro. —palmeo su espalda indicándole que ya terminé— ¿Mi turno?

—Ya me lo apliqué y es momento de sumergirme.

Me levanto estirando un poco mis brazos para iniciar una rutina de calentamiento. Mi mejor amigo me mira extrañado, no es la primera vez que me ve usando bikini, pero me hace sentir algo incómoda.

— ¿Qué?

— ¿Te has dado cuenta de que has crecido mucho este verano?

— ¿Te refieres a mi estatura? —me estudia de pies a cabeza con lentitud, y yo cojo rápidamente mi toalla para cubrirme— ¿Desde cuándo te andas fijando en mi cuerpo?

—Lo he visto desde que tenías cinco años y además… —él sonríe— nos hemos bañado desnudos juntos.

—Porque no querías meterte solo a la ducha cuando te quedaste a dormir en mi casa debido a que tu madre tuvo una operación de emergencia a último minuto.

—Qué bien lo recuerdas.

—Tenía seis años, no uno.

Camino hacia la piscina y me siento al borde de esta aún con la toalla sujeta a mi cuerpo, sumerjo mis pies y el agua está ligeramente fría. Marcelo se sienta a mi lado e intenta quitarme mis lentes de sol, no lo dejo.

—Vas a mojarlos… —frunce el ceño— Primeramente, ¿Por qué lo estás usando si a las justas hay sol?

—Debo proteger mi vista de los pocos rayos solares.

—Estás mintiendo.

—Para nada.

En realidad, si lo hago.

No puedo decirle que últimamente al mirar sus ojos de color zafiro, estos me provocaban taquicardia. De seguro, se burlaría de mí o quizás pensaría que me estoy volviendo loca.

Estaría pensando lo mismo que yo.

Él nuevamente trata de quitármelos, por lo que lo tomo de las manos e iniciamos una lucha que termina en un chapuzón dentro de la piscina. Los dos salimos a flote y le salpico agua, ya que por su culpa me he quedado sin toalla y he estropeado mis lentes nuevos.

—Te lo advertí. —me dice con tono burlón.

— ¡Tío Marce! ¡Tío Marce!

Los dos hijos de su hermana mayor aparecen con sus flotadores en los brazos. Marcelo sale de la piscina sin ningún problema mientras que yo debo nadar hasta la escalera.

—Saben que no deben correr por aquí. —él les advierte, acariciando sus cabezas— Pueden resbalarse y caer dentro.

Me acerco a los tres y observo que detrás de los gemelos viene su madre. Una mujer que a sus cuarenta tiene una figura envidiable, es hermosa y sus ojos son de un color esmeralda. Su cabello azabache le llega hasta la cintura, pero ahora lo tiene atado en una alta coleta.

—Pensé que no entrarían. —le dice Marcelo.

—Solo les he dado veinte minutos antes de que almuercen. —ella se ubica a la misma altura que sus hijos— Obedezcan al tío gruñón y a Gaby, ¿Sí?

—Si, mamá. —responde los dos al mismo tiempo para luego llenarla de muchos besos.

La señora Isabella puede lucir algo seria, pero es muy amorosa con sus dos niños. Tanto ella como su esposo, se desviven por ellos y hacen todo lo posible por verlos siempre felices.

—Te los encargo, muñeca. —me dice con dulzura y yo asiento sintiéndome ofendida— Lo siento, aun te veo como una niña pequeña.

—Por lo menos, no me ves como el irresponsable de tu hermano.

—Si, claro. Hablen de mí como si no estuviera.

Las dos reímos bajo.

Marcelo le acomoda mejor el flotador a su sobrino y… —Es hora— lo avienta a la piscina.

— ¡Oye! —exclama su hermana— Trátalo bien o te cuelgo.

—Tiene ocho y sabe nadar mejor que Gabriella. —posa sus ojos en su sobrina quién abraza mi cintura, esperando que la proteja— No seas gallina, Luna.

— ¡No soy tan fácil como Guillermo! —increpa.

— ¿Qué vocabulario les estás enseñando a tus hijos?

—Mamá siempre se lo dice a papá cuando le está besando el cuello… —sus ojitos se posan en ella— ¿Verdad?

—Qué ocurrencias dicen los niños ¿no?

Ella ríe, pero puedo notar cierto rubor en sus mejillas. Es muy sencillo de interpretar las palabras de su hija, por lo que creo que a partir de ahora será más precavida con su esposo. Mi mejor amigo continúa formulándole preguntas vergonzosas haciendo que esta golpeé levemente su brazo.

Los dejo en su “Pelea de hermanos” y cargo a Luna para llevármela dentro de la piscina. Sus bonitos ojos verdes brillan con la luz solar, tiene la apariencia de su madre y forma unos pequeños hoyuelos cuando sonríe. En cambio, Guillermo, su hermano gemelo es más parecido a su padre.

Definitivamente, el pequeño heredó el encanto de los “Valenzuela” porque para sus cortos años es muy bonito, tiene los ojos mieles y el mismo color de cabello que el de su abuelo…

Un hombre que es como el buen vino.



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En el texto hay: romance, primer amor, chick lit

Editado: 27.01.2022

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