MARCELO
Cuando mis padres me pregunten: ¿Cómo te fue el primer día, cariño? Les responderé con total sinceridad que tuve un día de mierda. No solo era el hecho de que tenía que dar unas palabras de aliento a todos los estudiantes, sino que también tenía que ser una especie de “cuidador” para la sobrina de los recientes dueños de la escuela. El director me lo pidió con tanta insistencia que no pude negarme, y solo a mí se me ocurrió ceder ante esa clase de petición. No es que me moleste apoyar a los recién llegados, esos que se sienten raros, pensando que no encajan con nadie aquí o bueno, eso es lo que esa chica me demostró cuando se tropezó en el pasillo y era incapaz de mostrarse a sus demás compañeros, ni siquiera se inmuto en levantarse, tuve que ser yo quién la ayudara y la llevara a la enfermería.
Estaba dispuesto a dejarla con la enfermera Susana, pero ella no quiso quedarse sola. No era necesario que estudiara su rostro, su tacto que se aferraba a mi brazo era suficiente para entender sus intenciones. Sabía que no era la única con ese apellido, tenía su hermana y su primo, pero según el director, estos la trataban como si no existiera. No sé cuál es el tema entre esa familia, pero yo no voy a acarrear con sus problemas.
Creí que cuando llegáramos al aula, ella dejaría de verme como su escudo de protección, pero no. Volvió a apretarme el brazo y podía jurar que dejó huellas de sus dedos marcados allí. Por primera vez, mi mirada se encontró con la suya, el iris verde de sus ojos me dejo con la boca seca. Era muy bonita, incluso más que su hermana que intentó opacarla cuando la llamó “Torpe” delante de mis compañeros.
Algo que solo empeoró la situación.
Decidí animarla, decirle que todo estaría bien, sin embargo, no caía en mis palabras, y mucho menos abría la boca, así que prácticamente tuve que arrastrarla hasta el borde de la puerta. Como era de esperarse su mano continuó apretando mi brazo lo que llamó la atención de los estudiantes de mi aula. Ella optó en agachar la cabeza, estaba claro que seguiría muda, por lo que tuve que ser yo quién se disculpara y le diera explicaciones por nuestra tardanza al profesor Casas. Él muy amable lo comprendió, trató de presentarla, pero no había nada que la hiciera cambiar de actitud.
Estaba en un punto en donde quería mandarla al demonio e irme a sentar en mi pupitre, olvidarme del favor que le estaba haciendo al director para que los Señores Betancourt MiraValle no le cortarán el cuello. Tomé una gran bocanada de aire, le pedí al profesor que solo mencionara su nombre y después de ello, la dejé en su asiento.
Me encaminé hacia el mío cruzándome con ese par de ojos marrones claros que me miraban con cierto recelo, había desaparecido y era comprensible. Aun así, no pude contenerme en molestarla, llamándola “Gabo”, su reacción fue la de sacarme la lengua lo que le agradecí mentalmente.
Había mejorado esos largos minutos.
No sé porque tuve el presentimiento de que a esa chica llamada Elle no me la quitaría de encima tan fácil, y aquella intuición se reflejó cuando quise irme al receso con mi mejor amiga.
¿Por qué carajos no trataba de acoplarse con otra persona que no sea yo?
Quise decirle algo a Gabriella, pero ella se dio la vuelta llevándose a Dulce. Oliver me hizo unas señas extrañas y luego se marchó detrás de las dos. Estaba en un punto que no me aguantaba a mí mismo, arrepintiéndome de mis buenas acciones; esas que te inculcan tus padres para que no sigas siendo ese niño “malcriado” que solía ser cuando tenía solo cuatro años (Así me tildaba mi hermana mayor).
Doy un suspiro.
— ¿Te pasa algo? —ella no responde, me saca de quicio— Si no vas a decir nada, me retiro.
Me toma del brazo para luego mirarme.
—Debo estar ofuscándote ¿verdad?
Si.
—No. Es solo que también tengo una vida, amigos, y quiero que mi estómago deje de gruñirme de hambre. —aprieta los labios. Creo que quiere reír, pero trata de aguantarse— Deberías hacer lo mismo por tu lado.
—No me es sencillo entablar una conversación con alguien.
— ¿Y cómo lo estás haciendo conmigo?
—No lo sé. —su expresión es de incredulidad— Supongo que tu aura es diferente.
— ¿Diferente?
—No te siento una mala persona, me ayudaste cuando nadie lo hizo.
—Porque eras tú quién tenía que hacerlo. —frunce el ceño— No puedes esperar a que otras personas te tengan compasión, este mundo no funciona de ese modo.
—Se llama solidaridad ¿Lo sabes no?
—También existe el respeto, pero fingiste no saberlo al rechazar la acción del profesor Casas. —agacha la mirada— Si te sientes avergonzada por eso, ve a su oficina y pídele disculpas.
—Si actué así fue porque no me gusta que las personas se concentren en mí.
—Pero aquí estás plantada delante de mí.
—Ya te dije que…
—Si, si, si… diferente. No eres la primera, ni la última que me dice algo así.
— ¿Crees que yo… estoy… coqueteando contigo?
— ¿Lo estás?
— ¡No!
Elle tapa su boca, sus mejillas se tornan ligeramente rojas y no estoy animado para lidiar con ello. No es que quiera alardear delante de ella, usualmente cuando me comporto bien con alguna chica, esta confunde esa amabilidad y a los dos días ya está confesándome su “amor”, un sentimiento demasiado fuerte para mi edad.
Aunque mis padres me contaron que ellos se enamoraron cuando tenían solo quince años, yo no les creo del todo. Pienso que fue más una atracción que se convirtió en querer hasta que los años pasaron y se enamoraron. Lo que haya pasado en medio de lo que sentían, solo me demostró que el amar a alguien es una condena en el que sufres y mucho, que trae consecuencias muy duras, tan duras que te pueden llevar hasta la muerte.
Yo no quiero pasar por lo mismo.