"Nieve de otoño" (libro 3)

Capítulo 7: Puedes usar mi disfraz.

— ¡¿Gabriela, ya estás lista?!

— ¡Sí!

Aprieto mis labios para no dar un grito de dolor por haberme pinchado con la aguja por quinta vez. Quiero silencio, necesito concentrarme en terminar de coser este puto vestido rosa de una buena vez, pero los gritos escandalosos de mi madre hacen que me ponga más nerviosa, y algo rabiosa porque estoy arrepintiéndome de haber aceptado disfrazarme de Peach. Conseguir un disfraz de la susodicha fue más difícil de lo que pensé, no me quedó de otra que mandarlo a preparar, pero al parecer tomaron mis medidas mal porque la cintura me aprieta, casi dejándome sin aire. Tuve que descocer un poco esa parte y aquí estoy, tratando de no dejarlo peor.

—Oye, Gaby… —Georgia toca mi puerta tres veces— Mamá dice que te apures o te dejará sin celular por más tiempo.

— ¡Au! —nuevamente me pincho y me llevo mi dedo pulgar a la boca.

Mi hermana entrar sin pedir permiso, me mira incrédula para luego acercarse a mí.

— ¿Coses?

 —No, me gusta pincharme con las agujas. —gimo rendida, dejo el vestido a un lado— Ve y dile a mamá que ahora bajo.

—Cuando esté en quinto… ¿También tendré una fiesta de disfraces?

—No lo sé, tendrás que averiguarlo en cuatro años.

Ella hace un puchero y sale de mi habitación.

Me planto frente a mi tocador, mi ropa se ve casual, mi rostro luce algo gruñón, por lo que palmeo un poco mis mejillas para relajarme. No quiero que Marcelo se esté burlando de mí durante la cena.

Todos los viernes, cenamos con la Familia Valenzuela Navarro. Digamos que es una especie de tradición desde que mis padres y los de mi mejor amigo se volvieron íntimos. Pero no solo es hoy, sino también en Semana Santa, Fiestas Patrias, las navidades y año nuevo. Como la familia de mi madre vive en otra ciudad y la de mi padre al otro lado del mundo, es imposible verlos o juntarnos. Así que el celebrarlos con ellos se volvió como un pasatiempo favorito.

Bajo las escaleras y mi madre ya está de brazos cruzados mientras que mi padre no aparta los ojos de la pantalla de su celular.

— ¿Ya nos vamos?

—Hasta que te dignas en aparecer. —suena muy molesta— Ya te dije que no me gusta llegar tarde.

—También tengo cosas pendientes.

— ¿Cómo qué?

—Tareas.

—Recién vas una semana en el colegio y ya te están dejando… ¿Tareas?

—Último año… —me encojo de hombros— Mucha presión.

Ella me mira con ganas de lanzarme un buen golpe por mentirosa, se da la media vuelta y toma a papá del brazo. Este reacciona a su tacto, guardando su aparato y salen de casa junto con mi hermana. Soy la última en salir, así que aseguro la puerta y los sigo.

Llegamos a la casa vecina con dos minutos de retraso, mi madre casi colapsa en la acera porque odia las impuntualidades. La sostengo, dejando su drama en otro planeta al momento en que el Señor Santiago nos abre la puerta.

Sus ojos mieles, su buen atractivo y porte deja con la boca abierta a mi madre. Siempre se pone igual cuando lo ve, y es que el papá de Marcelo impresiona a cualquiera, incluso a la ogra que me dio la vida. Él la saluda con un beso en la mejilla y podía jurar que las rodillas le temblaron. A mi padre solo le da un apretón de manos, a Georgia una acaricia en la cabeza murmurando que cada día crece más, y a mí…

—Toda una señorita, Gabriella. —él sonríe y nos pide que nos acomodemos en la sala hasta que la cena esté servida— Mi esposa está terminando de chequear la lasaña.

—A Cielo le quedan las lasañas como para chuparse los dedos. —menciona mi madre mirando por todos lados— ¿Y Marcelo?

—Ahora baja.

—Otro impuntual… —me lanza una mirada— Me preguntó a quién se parecerá.

—A mí. —digo— Por algo somos mejores amigos.

El señor Santiago ríe un poco, mi madre quiere ahorcarme, pero como no puede hacerlo aquí, se incorpora y menciona que irá a ayudar a su buena amiga. Mi padre se queda conversando amenamente con el vecino y yo solo me fijo en la enorme casa que estos se manejan. Tienen demasiado espacio como para que tres personas vivan aquí, así que supongo que lo compraron pensando en la familia de sus otros hijos. Porque resulta que Isabella es hija de la señora Cielo y el esposo de la primera es hijo del señor Santiago. A pesar de que los dos eran hermanastros, se enamoraron, se casaron y tuvieron hijos. Además de convertirse en medios hermanos de Marcelo.

Es todo un maldito enredo.

Como estoy aburrida y ni siquiera puedo molestar a Georgia porque está viendo videos en el celular de mamá, decido encaminarme hacia la habitación de mi mejor amigo. Por suerte, a su padre no le molesta (Nunca lo ha visto nada de malo), pero siempre le pido permiso para hacerlo.

Estoy a punto de tocar la puerta, lo medito formando una sonrisa traviesa y lo que hago a continuación, me deja más perpleja a mí que a él, ya que entro de golpe encontrándome con tremenda vista de su torso desnudo, sus cabellos mojados que lo hacen ver más sexy y con la toalla envuelta en su cintura.

Espera… ¿Acabo de pensar que es sexy?

—Hola, Gabu. —no se inmuta en como luce delante de mí— ¿Has venido a vestirme?

Cierro la puerta y me regreso por dónde vine.

No puedo dejar de tocar mi pecho, mis latidos están acelerados y siento como mis mejillas se van encendiendo. Algo muy malo me está pasando y es que es imposible que él me haya puesto de esta manera, que solo el verlo casi desnudo me haya hecho temblar las piernas, cortarme la respiración, dejándome casi con la boca seca.

Vamos, Gabriella… ¡No es la primera vez que lo sorprendes sin que tenga nada puesto!

— ¿Cariño? —la madre de Marcelo aparece al pie de las escaleras, me he quedado a mitad de estos— La cena ya está servida… —chequea detrás de mí— Pensé que bajaría contigo.

—Está cambiándose. —doy un gran suspiro, ella me mira con cierta curiosidad— ¿Sucede algo?



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En el texto hay: romance, primer amor, chick lit

Editado: 27.01.2022

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