Nieve en Agosto (libro 0.5 de la Saga Razones)

Capítulo 2

El imponente astro solar se coronaba sobre el firmamento del medio día, dirigiéndose sin prisa hacia el sendero que lo llevaría a la salida del parque. Miró una vez más el reloj soltando un suspiro lleno de fastidio al ver lo retrasado que estaba para la reunión con el comité de accionistas. Aumentó su paso, observando que era cuestión de dar vuelta en el último pedazo del camino y llegaría hasta donde le aguardaba su deportivo.

Un seco golpe se dejó escuchar entre el silencio que se desbordaba por los alrededores, acompañado por esa alta silueta que, como muralla, detuvo de súbito su andar. Un par de penetrantes ojos azules se posaron sobre las profundas capas de oscuridad que se enmarcaba en su mirada, presintiendo al instante, la fría indiferencia que al igual que él, destilaba inclusive con su simple respirar. Bajó la vista hacia ese bastón de invidente que durante el choque entre ambos había dejado caer el joven, inclinando su cuerpo lo suficiente para tomarlo entre sus manos y regresárselo a su dueño. Un leve gesto con la cabeza como agradecimiento fue todo lo que obtuvo por parte del desconocido, quien por algunos fugaces segundos, posó indiscreto su atención en el crucifijo que portaba, deponiendo una clara sensación de incomodidad. Aún así, después de obtenida su pertenencia, retomó su camino sin decir una palabra de por medio.

Aguardó en la misma posición por varios minutos sin hacer un movimiento. Permaneció estático, esperando algo que aún no comprendía, pero que, luchando contra toda lógica, estaba ahí, tan presente como irracional. Era una necesidad, un deseo ferviente por regresar al árbol de cerezos, algo tan grande y agobiante que hasta su garganta se cerró dificultándole infiltrar oxígeno. Avanzó unos metros decidido a retornar, sin embargo, el sonido de su móvil lo impidió. Buscó entre sus bolsillos hasta dar con el aparato, apreciando para su disgusto el mensaje que su padre le había enviado solicitándole llegara de inmediato. Pasó una mano por sus cabellos forzando a sus sentidos a tranquilizarse. Liberó una y otra vez pesadas exhaladas hasta recobrar la compostura. Elevó su cabeza hacia los blancos algodones que con quietud y calma transitaban sobre un azul brillante, obligando de esa manera a sus pies a marcharse, haciendo caso omiso de la energía que cual espectador invisible, rogaba para que mirase una sola vez hacia atrás.

 

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Avanzó entre la verde espesura descubriendo con interés a esos enormes vigilantes del tiempo que, gracias a la cálida brisa del verano, se mecían con una paz embelesante. Una leve curvatura se formó en sus delgados labios al ver a la persona que le aguardaba. Su mirar parecía adquirir vida propia con solo contemplarla a la distancia, admirando con detalle la forma en que sus largos cabellos castaños se elevaban sobre su rostro produciéndole risueñas e infantiles muecas mientras que los rosados pétalos de cerezo la rodeaban celosamente, escapando una y otra vez de las suaves manos que deseaban retenerlos entre ellas.

—Creo que deberíamos irnos —habló risueño haciéndole saber a la joven que había llegado—. Hace apenas una hora que salimos del aeropuerto, recuerda que necesitas descansar —insistió ante la chica que sabía, desobedecería deliberadamente todas y cada una de las cosas que acababa de decirle. La vio girarse hasta quedar de frente a su persona, mostrando una alegría tan hilarante y llena de vida, que incluso la común palidez de sus mejillas se logró colorear de un rosa aún más esplendido que el de aquellas flores que poco a poco abandonaban su lugar en los árboles—. ¿Eres feliz de estar aquí? —reparó en lo evidente para cualquiera que pudiera verla. Dirigió su interés al bastón que había llevado para ella, no obstante, era ahora cuando comprendía que no lo requería. Elisa reconocía cada palmo del parque como si sus pupilas bañadas por la oscuridad tuviesen la luz necesaria para permitirle ver.

—Lo s-soy —su voz quebrada por la emoción delataba la felicidad que le inducía el estar en esa área. Llevó una mano hacia su cuello, descubriendo el delicado crucifijo que ocultaba en el interior de sus ropas, y el cual tintineó con gracia contra los débiles rayos de sol—. Soy feliz, inmensamente feliz —sonrió con calidez al sentir después de tanto el roce exquisito de los cerezos que, así como ella, parecían felices por haberla visto retornar.

Se alejó por segunda vez de Isaac, caminando entre la verde naturaleza que se topaba en su andar. Inspiró una urgente bocanada al sentir una leve punzada de dolor abrazarle escalofriantemente en su interior. Con discreción y sin interrumpir su marcha para que sus acciones no llamaran la atención del chico, dirigió una de sus manos en dirección a su pecho provocándole un gemido de incomodidad ante la rozadura de sus dedos. Rio con resignación, sin duda era una tonta por no poder acostumbrarse aún. Unos cuantos pasos más y estaría ahí. Podía sentirlo con cada centímetro que aminoraba más y más la trayectoria. Movió sus delicadas manos sobre la angulosa y rugosa corteza del árbol de sakuras que tantos recuerdos hermosos le traía del pasado y que aún en la distancia, le permitieron soportar la realidad tan abrupta y definitiva con la que el destino la sentenciaba desde hace tantos años. Se sostuvo del firme tronco concediendo que el calor del sol le golpeara de lleno.

¿Sabes lo que pasará contigo si no cumples con tu palabra?

Evocó claramente lo que Axel le había dicho en aquel entonces, ocasionando que el lacerando ardor de las lágrimas siguiera torturándola con mayor fuerza y pesar. Apresó entre sus manos el crucifijo, permitiéndoles a las decenas de lágrimas que agolpaban sus parpados bajasen con discreción, sin dar una sola evidencia de lo que pasaba. Sin manifestar el sufrimiento que ocultaba ante la vista de todo el que la rodeaba.

Te buscaré hasta el fin del mundo si es necesario y cuando te encuentre te haré pagar muy caro, Elisa.




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