Nieve sobre Oxford street

Capítulo 15: Ethan dice la verdad

Amelia

Los días después de la filtración fueron una niebla gris y espesa. El mundo se había reducido a los límites de mi habitación. Las persianas estaban bajas, bloqueando la luz invernal que ahora me parecía hostil. Mi teléfono, apagado y escondido en un cajón, era un artefacto de una vida anterior, una vida en la que creía que podía controlar algo.

Mi madre y Lucy me miraban con ojos llenos de una preocupación que intentaban disimular. Traían té y tostadas que se enfriaban en la mesita de noche. Habían visto el artículo. Habían visto mi derrumbe. Pero no mencionaban a Oliver. Era una prohibición tácita, un nombre que ahora era sinónimo de dolor.

Lo único que había sacado de la estantería era mi cámara. A veces la sostenía, pasando los dedos por su cuerpo frío, pero no podía obligarme a usarla. ¿Para qué? ¿Para capturar más belleza que luego sería distorsionada, pirateada, convertida en moneda de cambio? El concurso, la foto de Oliver en el piano… todo eso parecía un sueño arrogante y lejano. ¿Cómo había creído, aunque fuera por un segundo, que mi arte podía competir con el monstruo de la fama y el escándalo?

Lo peor no era el artículo en sí. Era el eco. La sensación de que mis pensamientos más privados, mis gestos más íntimos, ya no me pertenecían. El beso en el puente, que había sido un universo entero de significado, ahora era una imagen pixelada en la pantalla de miles de extraños, acompañada de comentarios burlones y emojis de corazón. Habían robado mi verdad y la habían prostituido.

El tercer día, un golpe suave en la puerta de mi habitación me hizo levantar la cabeza del nido de almohadas donde yacía. No era mamá; ella siempre llamaba diferente.

—¿Sí? —pregunté, con la voz áspera por el desuso.

La puerta se abrió y no era Oliver. Era Ethan. Su cara amable y abierta estaba marcada por una seriedad que no le sentaba bien. Traía una bolsa de papel grasienta que olía a comida china.

—Hola, soldado —dijo con una sonrisa tenue—. Traigo refuerzos. Dumplings, los que te gustan.

No respondí. Solo lo miré. Él entró, cerró la puerta y dejó la bolsa sobre el escritorio. Luego se sentó con cuidado en el borde de mi cama, como si temiera asustarme.

—Oliver está hecho polvo —dijo sin rodeos—. Pero no está aquí porque le pediste que se fuera, y eso es lo único que está respetando a rajatabla. Así que me envió a mí. Como emisario. Y como amigo. Tu amigo, espero.

—No quiero hablar de él —murmuré, girando la cara hacia la pared.

—No vamos a hablar de él —replicó—. Vamos a hablar de la rata que hizo esto.

Eso me obligó a mirarlo. Sus ojos marrones estaban fijos en los míos, sin rastro de broma.

—¿Qué sabes? —pregunté, sin querer sentir ese destello de rabia y necesidad de un culpable concreto.

—Oliver tiene contratados a unos tipos. Investigadores discretos. No es la primera vez que intentan chantajear a su familia filtrando cosas —explicó Ethan, en voz baja—. Y encontraron algo. Algo que Oliver no quiere que sepas, porque se culpa a sí mismo. Pero yo creo que tienes derecho a saberlo.

Mi corazón empezó a latir con fuerza, pesado y dolorido. —¿Qué cosa?

Ethan respiró hondo. —El tipo que tomó las fotos no era un paparazzi cualquiera. Era freelance, sí, pero… había sido contratado. No por un medio al principio. Fue contratado por alguien para que te siguiera específicamente a ti esa noche.

El aire se espesó. —¿Qué… qué quieres decir?

—Quiero decir —continuó, clavándome la mirada— que alguien sabía que Oliver iría a verte esa noche. O al menos, que era probable. Alguien que quería fotos de ustedes dos juntos. Y no por casualidad.

Las piezas encajaron con un ruido siniestro en mi cabeza. La rapidez. El ángulo preciso. El puente. La nieve. No había sido suerte: había sido una emboscada.

—¿Quién? —susurré.

Ethan vaciló. —No hay una transferencia bancaria, nada directo. El tipo es profesional y no delata a sus clientes. Pero la investigación… el rastro de llamadas, el patrón… apunta a un intermediario. Un “arreglista” que suele trabajar para personas que quieren manejar la imagen pública de sus familias. De sus hijos.

No hizo falta que lo dijera.

—La señora Kensington —dije.

Ethan no asintió. Pero su silencio fue la confirmación.

Un torbellino me inundó: rabia negra, náusea por la premeditación, y un dolor punzante al pensar en Oliver. “Oliver no quiere que sepas, porque se culpa a sí mismo.” Él lo sabía. O lo sospechaba. Y estaba cargando con la culpa del veneno de su madre.

—Él lo sabía —murmuré.

—No al principio —explicó Ethan—. Pero cuando vio las fotos… el estilo, la precisión… lo sospechó. La investigación lo confirmó. Está destrozado, Amelia. No solo por ti, sino porque su propia familia es el enemigo. Es la batalla que siempre ha tenido miedo de librar.

Cerré los ojos y vi su rostro en la nevada: temeroso, decidido. “Ella no decide mi vida.” Pero ella lo había intentado. Y de la forma más sucia posible.

La rabia empezó a solidificarse. Ya no era solo dolor. Era indignación. La señora Kensington había intentado usar mi miedo para separarnos. Había pretendido manchar algo hermoso para ganar.

—¿Qué va a hacer Oliver? —pregunté.

—Confrontarla. Hoy. Probablemente ahora mismo. Pero no sé qué pueda lograr. Es su madre, negará todo, dirá que fue coincidencia.

Me levanté de la cama. Las piernas temblaban, pero una energía nueva corría por ellas.

—Tengo que ir —dije.

—¿Adónde? —Ethan se puso de pie también.

—A la mansión.

—Amelia, no es buena idea. Es su territorio. Te va a destrozar.

—Ya lo hizo —respondí con voz firme—. Y no voy a dejar que lo haga sola a él. No otra vez.

Ethan me miró, primero preocupado, luego con un atisbo de admiración. —Voy contigo. De refuerzo.

Salí de mi habitación. Mi madre y Lucy me miraron sorprendidas por la determinación en mis pasos. Estaba aterrada, sí. Pero era un miedo distinto: un miedo de soldado antes de la batalla. Un miedo que se podía usar.




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