Nieve sobre Oxford street

Capítulo 16: Un corazón en pausa

Oliver

El aire en el estudio de mi madre era tan frío y quieto como el de una tumba. El olor a mobiliario pulido y papel de lujo olía a traición. Ella estaba sentada tras su escritorio de caoba, un bastión de elegancia y control, revisando unos documentos. Al verme entrar con una expresión que debía ser un libro abierto de furia y dolor, no mostró sorpresa. Solo dejó el bolígrafo y entrelazó las manos con calma sobre el escritorio.

—Oliver, cariño. Qué bueno verte. Espero que vengas a disculparte por tu comportamiento de estos últimos días. Tu padre y yo hemos estado muy preocupados.

Su serenidad fue el detonante final. La bomba que Ethan y yo habíamos armado con la investigación estalló dentro de mí, sin posibilidad de contención.

—¿Contrataste a alguien para que nos siguiera? —la acusación salió directa, cruda, sin preámbulos. Mi voz no tembló. Ardía.

Ella parpadeó una sola vez. Luego, una ceja se arqueó en perfecta incredulidad.

—¿De qué estás hablando, Oliver? ¿Has estado bebiendo?

—No juegues conmigo, madre. No esta vez. —Avancé hasta el borde del escritorio, apoyando las manos sobre la madera pulida—. Las fotos. De Amelia y de mí en la nieve. El fotógrafo no estaba allí por casualidad. Fue contratado. Y el rastro, el patrón, lleva hasta tu… arreglista habitual. El mismo que usas para enterarte de lo que hace la oposición en las juntas directivas. ¿O también lo usas para espiar a tu propio hijo?

Su rostro era una máscara imperturbable, pero vi un destello, una contracción diminuta en la comisura de su boca. No era miedo. Era fastidio. Fastidio por haber sido descubierta.

—Estás hablando de suposiciones grotescas. Esa chica… Amelia… está en un estado emocional delicado. Es comprensible que…

—¡NO LA MENCIONES! —rugí, y por fin, solo por un instante, sus ojos se abrieron un poco más—. No pronuncies su nombre. No tienes derecho. No después de lo que hiciste.

Ella respiró hondo, enderezando la espalda. La máscara de la madre preocupada cayó, revelando a la estratega fría que siempre había estado debajo.

—Muy bien. Hablemos con claridad. Suponiendo, solo suponiendo, que hubiera querido tener… información sobre la naturaleza de esa relación. ¿Crees que lo habría hecho para hacerte daño? Todo lo que hago, Oliver, es por esta familia. Por tu futuro. Esa relación era una amenaza. Para tu reputación, para tu enfoque, para la estabilidad que necesitas para asumir tus responsabilidades. Solo aceleré lo inevitable. Le mostré a esa niña el precio de estar a tu lado. Un precio que, claramente, no está dispuesta a pagar. Te ha dejado, ¿no es así?

Cada palabra era un veneno distinto, y todas daban en el blanco. La confirmación, tan fría y cínica, me dejó sin aliento. Mi propia madre había orquestado el ataque más cruel posible, no contra un enemigo, sino contra el corazón de su hijo.

—¿Cómo pudiste? —la pregunta salió como un susurro roto—. ¿Cómo pudiste pensar que destruir a alguien que amo me ayudaría?

—Porque el amor que importa es el que construye, no el que destruye —respondió sin pestañear—. Lo que sientes por esa chica es una fantasía adolescente. Una rebelión contra tu vida. Y yo no puedo permitir que una fantasía arruine una vida real. La mía, la de tu padre, la tuya.

Había una lógica retorcida en sus palabras, una lógica en la que había sido criado. El deber por encima del deseo. La imagen por encima de la felicidad. La familia como institución, no como refugio.

—Ya no —dije, enderezándome. La rabia se transformaba en algo más definitivo, más triste y más sólido—. Ya no puedes permitirte nada, madre. Porque yo no soy tuyo para permitir. No soy un activo de la familia Kensington. Soy tu hijo. Y hoy, te estoy diciendo que fallaste. Fallaste como madre. Porque una madre protege el corazón de su hijo, no lo apuñala para ajustarlo a un plan.

Por primera vez en mi vida, vi algo parecido a una grieta en su armadura. Sus labios se apretaron, un fino rasguño de blanco.

—Oliver, no digas cosas de las que te arrepentirás.

—Me arrepiento de no haberlas dicho antes —repliqué—. La relación con Amelia no era una amenaza. Era lo único real que tenía. Y tú la mataste. No con argumentos, sino con suciedad. Así que aquí está mi decisión: voy a hacer pública una declaración. Desmintiendo los rumores más sórdidos del artículo, sí. Pero también dejando claro que cualquier intento futuro de acosar, difamar o acercarse a Amelia Hartwell o a su familia será enfrentado con toda la fuerza legal que mi nombre pueda mover. Y que la persona responsable de esta filtración ya no tiene mi confianza, ni mi lealtad.

Su rostro palideció.

—¿Estás amenazando a tu propia familia? ¿Por esa…?

—¡CUIDADO! —corté, señalándola con un dedo tembloroso—. Elige tu siguiente palabra con mucho, mucho cuidado.

Ella se calló. La habitación zumbaba con un silencio cargado. Nos medimos con la mirada a través del escritorio, un abismo de años de expectativas y decepciones abierto entre nosotros.

—Si haces eso —dijo finalmente, su voz baja y peligrosa—, el daño para la familia, para la empresa…

—Será tu legado, madre —dije con una calma que me sorprendió—. Tú lo provocaste. Ahora vive con las consecuencias.

Me di la vuelta y salí de su estudio, dejando atrás el olor a traición y la mujer que había preferido destruir mi felicidad antes que verla florecer fuera de su invernadero de control.

Pero la victoria, si lo era, sabía a ceniza. Porque al salir al vestíbulo, me encontré con Ethan y… con ella.

Amelia estaba allí, de pie junto a él, pálida pero con la espalda recta, los ojos verdes clavados en mí. Había escuchado. Lo supe por la tormenta de emociones en su rostro: rabia, dolor y algo más… ¿compasión?

El corazón, que creía haber dejado en pausa, dio un vuelco brutal. Verla allí, en el corazón del león, después de todo… era a la vez lo más maravilloso y lo más doloroso.




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