Nieve sobre Oxford street

Capítulo 20: Navidad y un nuevo comienzo

Oliver

La nieve había vuelto. No con la furia de la tormenta que me llevó hasta su puerta, sino con una suave y persistente caída de copos que envolvía Londres en un silencio reverente, como si la propia ciudad estuviera conteniendo la respiración. Era la tarde del día de Navidad, y yo estaba de pie bajo el gigantesco abeto de Trafalgar Square, sintiendo el peso familiar y bienvenido de la mano de Amelia entre las mías.

A nuestro alrededor, el mundo seguía su curso: familias con papás Noel nuevos, turistas tomando fotos, el sonido de los villancicos de algún coro callejero mezclándose con las risas. Pero para nosotros, el tiempo parecía haberse doblado, trayendo el pasado al presente y fundiéndolo con un futuro que, por primera vez, podíamos mirar sin miedo.

Amelia llevaba su bufanda granate y, en el bolso, no su cámara, sino un sobre grueso que había llegado por mensajería especial esa misma mañana. Los resultados del concurso. Había ganado. No solo una mención, sino el primer premio: la exposición en Covent Garden y la beca que tanto anhelaba. La foto ganadora, claro, era la de mí en el piano. “Nocturno en Solitario”, la había titulado. Un título perfecto. Porque ya no estaba solo.

—¿Nerviosa? —le pregunté, acercándome para que su hombro rozara el mío.
—Un poco —admitió, con una sonrisa que iluminaba sus ojos verdes más que cualquier luz navideña—. Pero no por la exposición. Por… esto. Por estar aquí, contigo, a plena luz del día. Sin escondernos.

Asentí, apretando su mano. Lo entendía perfectamente. Después de semanas de sombras, secretos y escándalos, nuestra simple presencia aquí, juntos, era una declaración más poderosa que cualquier titular. No nos estábamos escondiendo. Estábamos viviendo.

La exposición sería más tarde, pero este momento, aquí, bajo el árbol y la nieve, era solo nuestro.

—¿Recuerdas lo que te dije en la radio? —pregunté, mirando los copos que se posaban en su cabello rubio como diamantes efímeros.
—¿Qué parte? Creo que dijiste unas cuantas cosas que voy a obligarte a repetir en privado —dijo con un deje de su sarcasmo adorable, que había vuelto a florecer.
—La parte de los segundos inicios —dije, serio—. Este es el nuestro. No el que empezó con el chocolate derramado, sino el que empieza ahora, sabiendo todo lo que sabemos. Con todas las cicatrices y todo el miedo, pero también con toda la verdad.

Ella se volvió hacia mí, su rostro serio. —¿Y tu madre?
—Se ha ido a nuestra casa en Gstaad —dije, y el alivio era tan profundo que aún me sorprendía—. Indefinidamente. Mi padre… finalmente ha abierto los ojos. Cree que “un descanso” es lo mejor para todos. Es una victoria a medias, lo sé. Pero es un espacio. Un espacio para respirar, para construir algo nuestro, sin su sombra constantemente sobre nosotros.

—No quiero que estés en guerra con tu familia por mí —susurró Amelia.
—No es por ti. Es por mí —corregí, pasando un dedo por su mejilla—. Por el derecho a elegir mi vida. A elegirte. Ella puso la guerra sobre la mesa. Yo solo estoy decidiendo en qué lado lucho. Y lucho en el nuestro.

Un grupo de turistas pasó cerca, y una mujer nos señaló susurrando. Reconocimiento. No el tipo intrusivo y voraz de los paparazzi, sino el reconocimiento curioso de quienes ven una historia de amor navideña en desarrollo. Por primera vez, no me encogí. Sonreí, y Amelia hizo lo mismo. No éramos un secreto. Éramos una elección. Y estábamos en paz con ella.

—Todavía no me creo que ganara —dijo de repente, cambiando de tema con un tono de asombro—. Con tu foto.
—Claro que ganó —dije, como si fuera lo más obvio del mundo—. Es perfecta.
—No es perfecta —replicó, mirándome con esa intensidad de artista que tanto amaba—. Es real. Y eso es mejor.

Tenía razón. La perfección era la prisión de la que ambos estábamos escapando. La imperfección, la verdad, era nuestra libertad.

La nieve caía más densa ahora, pintando de blanco los hombros de nuestros abrigos, atrapando la luz de las miles de bombillas del árbol. El mundo se volvió suave, amortiguado, íntimo. Era como si todo Londres se redujera a este pequeño círculo bajo las ramas del abeto.

—¿Sabes? —dijo Amelia, su voz un susurro en el crepúsculo nevado—. Cuando chocaste conmigo en Oxford Street, pensé que era el peor día de mi vida. Mi bufanda favorita arruinada, más vergüenza encima… Y ahora, no puedo imaginar mi vida si ese accidente tonto no hubiera pasado.

Yo lo recordaba vívidamente: su expresión de sorpresa y fastidio, los copos empezando a caer, la sensación abrumadora de haber estropeado algo. Había sido un error. Un caos inesperado. Y había sido, sin lugar a dudas, el mejor momento de mi vida.

—Hay encuentros que parecen un error —dije, repitiendo las palabras que ella misma había escrito en su prólogo, el que me había mostrado una tarde en la librería—. Y hay errores que, sin querer, te llevan directo a tu destino.

Ella sonrió, una sonrisa que conocía el final de la historia. —¿Y cuál fue este?
—Ambos —respondí, y era la verdad más absoluta—. El error más afortunado del mundo.

Ya no había más palabras que decir. Todo lo importante ya se había dicho: en el invernadero, en el puente, en las ondas de radio, en el silencio cómplice de mi estudio de música, en el perdón mutuo de esa mañana.

Bajé la cabeza y besé a Amelia allí, bajo el árbol gigante de Trafalgar Square, con la nieve de Navidad cayendo a nuestro alrededor como una bendición silenciosa. No fue un beso de pasión desesperada ni de reconciliación dramática. Fue un beso de pertenencia. De hogar encontrado. De un nuevo comienzo que sabía a chocolate caliente, a papel viejo, a notas de piano y a futuro.

Cuando nos separamos, el mundo a nuestro alrededor seguía girando, pero nuestro centro de gravedad había cambiado para siempre. Estábamos anclados el uno en el otro.

—Feliz Navidad, Oliver —susurró ella, sus labios rozando los míos al hablar.
—Feliz nuevo comienzo, Amelia —respondí.




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