El sol entraba por la ventana como un huevo frito demasiado brillante. Nilo estaba envuelto en su manta, boca abajo, con un brazo colgando fuera de la cama. Respiró hondo. Volvió a respirar. No quería abrir los ojos.
—¡Nilo! —la voz de su abuela subía por las escaleras como una chispa—. ¡El pan se enfría hijo!
—Cinco minutos más —murmuró Nilo en su almohada.
—¡Eso dijiste hace diez!
Nilo rodó hasta quedar sentado, pero sus párpados pesaban como tapas de alcantarilla. Se quedó un momento así, derrumbado, con el pelo enmarañado y la camisa torcida. La flojera le corría por los huesos como una hormiga perezosa.
Finalmente, se levantó a empujones. Bajó la escalera arrastrando los pies.
La abuela estaba en la cocina. Era pequeña y arrugada como una manzana horneada, con un delantal amarillo lleno de manchas de harina. Al verlo, sonrió.
—Pareces un fantasma sin apuro —dijo, llevándole un plato con dos tortas calientes.
—Es que los fantasmas no trabajan abue—respondió Nilo, bostezando.
—Pues tú trabajas para una viva. Come, que el camino al viejo Willy es largo.
Nilo mordió la torta. La miel le llenó la boca. Ese era el mejor momento del día: ese primer bocado de pan tierno, hecho por las manos de su abuela. Ella se sentó frente a él y le limpió una miga de la mejilla con el pulgar. No dijo nada. No hizo falta.
Cuando terminó, la abuela le entregó una canasta de mimbre cubierta con un trapo azul. El aroma a pan caliente subía como una nube pequeña.
—Lleva seis barras, dos de centeno y tres de avena. El viejo Willy paga con huevos, no se te olvide.
—No se me olvida —dijo Nilo, poniéndose la canasta al brazo.
—Y no te distraigas con las flores.
—Nunca me distraigo con las flores.
La abuela levantó una ceja. Nilo rió y salió antes de que ella le diera otro consejo.
El camino al principio era conocido: tierra amarilla, cercas de madera retorcidas, y a lo lejos el castillo Numberg brillando como un diente de oro. Pero después de la curva del árbol torcido, el sendero se volvía salvaje. Flores de pétalos naranjas crecían entre restos de metal oxidado. Nilo caminaba rápido, pero la canasta olía tan bien que él mismo sentía ganas de robarse un pan.
Fue entonces cuando escuchó el primer pío.
Miró hacia arriba. En un alambre mohoso había tres pájaros. No eran pájaros normales. Eran de un azul eléctrico, con ojos negros como botones y cabezas ladeadas. Siguieron con la mirada la canasta de Nilo.
—No —dijo Nilo.
Los pájaros inclinaron la cabeza al otro lado.
—No les voy a dar nada.
Uno de ellos saltó del alambre y se quedó flotando en el aire un segundo antes de lanzarse en picada. Zas. El pico embistió la canasta y Nilo giró en redondo para protegerla.
—¡Oye!
Dos pájaros más bajaron. Empezó un aleteo de locura: azul contra azul contra el trapo azul. Nilo agitaba la mano como un molino. Un pájaro logró meter la cabeza bajo el trapo y salió con un pedazo de pan de centeno. Nilo soltó un gritito agudo y lo persiguió tres pasos antes de darse cuenta de que los otros dos estaban mordisqueando la otra punta de la canasta.
—¡Tácticas sucias! —gritó Nilo.
Agarró el trapo y lo agitó como una bandera. El viento caliente levantó polvo. Los pájaros chillaron, revolotearon, pero no soltaron el botín. Entonces Nilo hizo algo que ni él esperaba: se tiró al suelo de rodillas y, con el trapo abierto como una red, atrapó a los dos pájaros que seguían atacando. Por un segundo hubo confusión dentro del trapo: picos, plumas, indignación. Nilo apretó los dientes.
—El pan —dijo— es de Willy.
Y sacudió el trapo hacia arriba. Los pájaros salieron volando como fuegos artificiales fallidos, uno llevándose solo una miga pega en la pluma y el otro sin nada. El tercero, el que había robado el bocado grande, ya estaba perdiéndose entre los árboles.
Nilo se quedó en el suelo, respirando fuerte. Le faltaba un pan de centeno y la canasta estaba un poco torcida. Pero había ganado.
—Nunca más me quejaré de las hormigas perezosas —murmuró mientras se levantaba y se sacudía las rodillas.
El puente del enanito verde era más famoso que aterrador. Un arco de piedra desgastada cruzaba un riachuelo de aguas violetas, nadie sabía por qué violetas, solo lo estaban. Sentado en el medio, con las piernas colgando, estaba el enanito. Medía como un pepino grande, tenía la barba trenzada con flores secas y la piel de ese verde que tienen las aceitunas nuevas.
—Alto —dijo sin mirarlo—. Para pasar, debes responder: ¿qué cosa se moja mientras más se seca?
Nilo ya conocía el acertijo. Se lo habían dicho otros viajeros. Pero en lugar de responder, se agachó, sacó un pan de avena de la canasta y lo ofreció.
—¿Qué es eso? —preguntó el enanito frunciendo el ceño.
—Un pago más rico que una respuesta —dijo Nilo.
El enanito olfateó. El olor a pan caliente le hizo pestañear. Tomó la barra con sus manitas grises y le dio una mordida. Cerró los ojos. Parecía a punto de llorar de felicidad.
—Pasa —dijo con la boca llena—. Pasa, humano generoso. Pero la respuesta era "la toalla".
—Eso mismo iba a decir —mintió Nilo, cruzando el puente con una sonrisa.
Más adelante, el camino se volvió un túnel de árboles altísimos. Sus ramas se entrelazaban como dedos viejos, y el sol se colaba en moneditas de luz. Había flores de todos los colores, algunas tan altas como Nilo. El aire olía a tierra mojada y a algo dulce que no sabría nombrar.
Allí, junto a una piedra cubierta de musgo plateado, había un gato gris.
Estaba acurrucado en forma de pan, con la cola rodeando las patas y los ojos cerrados. Su pelaje era del color de las nubes de tormenta. Resoplaba suavemente.
Nilo sintió una cosquilla en los dedos. Quería tocarlo. Se acercó de puntillas, agachándose poco a poco.
El gato gris abrió un ojo.
—Otra vez un humano —murmuró. Pero no con la boca. O sí. Nilo lo vio: los labios del gato se movieron como si fueran de verdad. Su voz era grave y cansada, un poco ronca—. Ya van cinco esta mañana.