Nilo "Entrando al Mundo"

LA CARTA

Nilo despertó con una pregunta pegada en la lengua: ¿El gato habló de verdad?

Pero la pregunta se disolvió cuando la abuela golpeó la olla desde la cocina.

—¡Nilo! ¡El agua se enfría y los gatos, si existen, no esperan!

Nilo se rió para sus adentros. Si ella supiera…

Se levantó, todavía con sueño, y cumplió su rutina: primero bañarse en la tina de cobre que tenía patas de pájaro, luego secarse con la toalla áspera que olía a sol, y finalmente bajar a desayunar. La abuela le sirvió un tazón humeante de avena con miel y una rebanada de pan de centeno (el mismo que le había robado el pájaro azul el día anterior, pero Nilo decidió no contarlo).

—Hoy tienes solo una entrega —dijo la abuela, limpiándose las manos en el delantal—. Pero es especial.

—¿Especial? —Nilo levantó una ceja mientras masticaba.

La abuela sacó de debajo del mostrador un sobre amarillo pálido, sin remite, cerrado con un sello de cera roja que parecía latir suavemente. La cera tenía dibujada una pluma.

—Esto es para el señor Brown. Vive cerca de la colina del viejo Willy, en una cabaña con un molino roto. La carta tiene un hechizo: si alguien que no sea el destinatario intenta abrirla… —la abuela sopló sobre el sobre y este emitió un pequeño chisporroteo—. Se quema. Así que no se te ocurra, ¿eh?

Nilo tragó saliva. —¿Y por qué el señor Brown quiere una carta que se quema?

—Porque los viejos son raros hijo, igual que los gatos que hablan —dijo la abuela con una sonrisa pícara, mirándolo con un tono burlesco

Nilo se quedó helado un segundo. ¿Sabrá algo? Pero la abuela ya estaba lavando los platos, tarareando una canción sobre un escarabajo que perdió su sombrero.

Así que Nilo tomo el sobre, lo guardó en la mochila de lona, y se fue.

El sol estaba alto, pero no demasiado caliente. El camino hacia la colina del viejo Willy ya lo conocía, pero esta vez se desviaría antes. El señor Brown vivía más al este, cruzando un pequeño bosque de árboles de tronco plateado.

Nilo caminó durante un rato, sintiendo el sobre como un secreto caliente contra su espalda. No podía dejar de mirarlo. La cera roja latía. ¿Qué diría? ¿Un mapa? ¿Una confesión? ¿Una receta de galletas explosivas?

Decidió sentarse un momento bajo un árbol enorme que tenía una cara tallada en el tronco. O eso parecía. Cuando se apoyó, el árbol suspiró.

—Otra vez un niño con prisa —dijo el árbol con voz de hojas viejas. Tenía los ojos de dos nudos profundos y una boca que se abría lentamente entre la corteza.

Nilo pegó un salto. —¿También los árboles hablan?

—Solo los que tienen paciencia para escuchar —respondió el árbol, y luego sus ojos se posaron en la mochila—. ¿Qué llevas ahí? Huele a misterio. Huele a… cera mágica.

—Una carta —dijo Nilo, dando un paso atrás—. No puedo abrirla.

El árbol dejó escapar una risa que sonó como ramas rozándose. —¿Por qué no? Nadie se daría cuenta, pequeño. Estás solo en el bosque. Solo yo te veo, y yo jamás contaría un secreto. Los árboles somos expertos en guardar secretos. Mira todas las confesiones que nos susurran los enamorados…

Nilo apretó la mochila contra el pecho. —No. Es un encargo de mi abuela.

—Tu abuela no está aquí —insistió el árbol, moviendo una rama como si fuera un dedo acusador—. Solo cinco segundos. Abres, lees, cierras. Lo dejas igual. La magia no es tan lista.

Nilo sintió un cosquilleo en los dedos. Sería tan fácil… Pero recordó la cara de la abuela al entregarle la carta. La confianza. Y también recordó que él ayudaba vendiendo pan, y que quería ser alguien más, pero no alguien que traiciona.

—No —dijo Nilo, con la voz más firme de lo que se sentía—. No voy a abrirla. Y si vuelves a insistir, me iré a otro árbol.

El árbol frunció las ramas (o eso pareció). Luego bostezó, un bostezo enorme que levantó polen amarillo.

—Aburrido. Los jóvenes ya no tienen curiosidad —murmuró, y sus ojos de nudo se cerraron lentamente. En pocos segundos, el árbol roncaba.

Nilo soltó el aire que no sabía que había contenido. Se puso de pie y siguió caminando, con la carta más segura que nunca.

El bosque se fue aclarando. Pronto llegó a una zona de arbustos altos y flores que olían a caramelo quemado. La cabaña del señor Brown, según los recuerdos de la abuela, estaba al final de un sendero de piedras blancas. Pero antes de encontrarlo, algo amarillo se movió entre las matas.

Un zorro.

Era pequeño, de pelaje rojizo anaranjado y puntas negras en las orejas. Tenía los ojos brillantes y una sonrisa que no era sonrisa, era hambre.

Nilo intentó rodearlo, pero el zorro le cortó el paso.

—No tengo pan —dijo Nilo—. Sólo una carta.

El zorro inclinó la cabeza. Y de repente, saltó.

Nilo sintió cómo las patas del zorro golpeaban la mochila, cómo los dientes tiraban de la tela. La correa se rasgó. La mochila cayó al suelo y el zorro, rápido como un latigazo, metió el hocico dentro y sacó el sobre amarillo.

—¡Oye! ¡Eso no se come! —gritó Nilo.

Pero el zorro ya corría, con el sobre entre los dientes, hacia lo profundo del bosque.

Nilo no lo pensó. Salió corriendo detrás.

Corrió entre ramas que le azotaban la cara, sobre raíces que intentaban tropezarlo. El zorro era ágil, esquivaba, giraba, desaparecía y volvía a aparecer. Nilo tropezó dos veces, se raspó la rodilla, pero no paró.

—¡Devuélvelo, ladrón peludo!

El zorro atravesó un arroyo de aguas verdes. Nilo lo cruzó con las botas mojadas. Pasaron por debajo de un puente roto, bordeando un campo de flores que estornudaban polen naranja. El zorro, en un momento de despiste, patinó sobre un montón de hojas resbaladizas y soltó el sobre.

El sobre voló por el aire un segundo y cayó en medio de unos helechos.

Nilo se lanzó. Lo agarró.

Cuando levantó la cabeza, el zorro ya se había perdido entre los árboles. Solo quedaba un último destello de su cola naranja, como una burla.



#1756 en Otros
#97 en Aventura

En el texto hay: fantasia, aventura, historias breves

Editado: 12.05.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.