Nilo "Entrando al Mundo"

EL LIBRO PT1

Empezó un nuevo día.

Nilo todavía estaba poniéndose las botas cuando escuchó los cascos.

Toc-toc-toc. No eran pasos humanos. Eran pezuñas. Muchas.

Se asomó por la ventana y vio a tres jinetes vestidos con armaduras color cobre, montados en unas criaturas que parecían cabras gigantes de pelo plateado. En sus capas llevaban bordado el símbolo del reino: un castillo rodeado de espigas de trigo.

—¿Es la guardia real? —susurró Nilo.

Gris, que estaba dormido en el alféizar, abrió un ojo.

—Si vienen a arrestarte por hablar con un gato, yo no te cubro.

—¡Cállate!

La abuela ya estaba abriendo la puerta. El jinete del centro desmontó con un movimiento elegante. Era una mujer alta, con el pelo recogido en trenzas y una cicatriz en forma de rayo en la mejilla.

—¿Eres la abuela de Nilo? —preguntó con voz grave.

—Depende de lo que haya hecho —respondió la abuela, cruzando los brazos.

La jinete sonrió. —No ha hecho nada malo. Al contrario. Su Majestad el Rey Numberg desea verlo. Hemos oído que… —miró hacia la ventana, donde Gris asomaba la cabeza— …que tiene un gato muy especial.

Nilo sintió un escalofrío. ¿Ya lo saben? ¿Cómo?

Gris bajó la cabeza.

—Yo no he sido. No tengo redes sociales.

La abuela se giró hacia Nilo y le guiñó un ojo. —Ve. Pero vuelve antes de que anochezca, o la cena se la come el gato.

—Eso no es una amenaza, es una promesa —pensó Gris, y Nilo tuvo que morderse la lengua.

El camino al castillo Numberg era más ancho que los senderos a los que Nilo estaba acostumbrado. Los tres jinetes iban delante, y detrás, montado en una cabra plateada prestada, iba Nilo con Gris dentro de la mochila (el gato había exigido viajar ahí "para no mancharse las patas").

—No me gusta esto —pensó Gris—. Los reyes no mandan llamar a repartidores de pan porque sí. Algo huele mal.

—Huele a flores —respondió Nilo en voz baja.

—Huele a problemas.

Nilo no respondió. Estaba demasiado emocionado. El Rey Numberg. El guerrero que había salvado todo el reino de un ataque enemigo. El hombre que tenía un castillo con su propio nombre. Iba a conocerlo. Quizá así, pensó Nilo, empiece a ser alguien.

No se dieron cuenta de que, entre los arbustos del camino, dos orejas puntiagudas los seguían. Y una cola rojiza.

El castillo Numberg no era el más grande que Nilo había visto (nunca había visto otro), pero sí el más brillante. Sus muros eran de piedra clara, con vetas doradas que captaban la luz del sol. Banderas azules ondeaban en cada torre. Y en la puerta principal, dos estatuas enormes: una de un guerrero levantando una espada, otra de un panadero ofreciendo una barra.

—¿Ese eres tú? —pensó Gris.

—No seas tonto —susurró Nilo, aunque el panadero se parecía un poco a su abuela.

Un sirviente los guió por pasillos alfombrados, pasando frente a cuadros de reyes anteriores (todos con caras muy serias) y vitrinas que guardaban objetos antiguos: un teléfono roto, una licuadora oxidada, lo que parecía un control remoto gigante.

Finalmente, llegaron a una puerta de madera tallada con escenas de batallas y amaneceres. El sirviente tocó tres veces.

—¡Adelante! —tronó una voz desde adentro.

Nilo tragó saliva. Entró.

El Rey Numberg estaba de pie junto a una ventana, de espaldas a ellos. Llevaba una armadura ligera, sin casco, y una capa roja que ondeaba sola (había una corriente de aire mágica, o quizá un ventilador escondido). Era alto, de hombros anchos, y cuando se giró, Nilo vio que tenía los ojos más brillantes que había visto nunca. Como dos monedas de sol.

Y sonreía. Una sonrisa enorme, sincera, que parecía decir "me alegra que existas".

—¡Nilo! —exclamó el rey, cruzando la habitación en tres zancadas y estrechándole la mano con tanta fuerza que Nilo sintió crujir los huesos—. ¡He oído maravillas de ti! Un chico que reparte pan, ayuda a su abuela, y además… —se agachó para quedar a la altura de la mochila—. ¿Habla con su gato?

Gris asomó la cabeza.

—Depende. ¿Me vas a dar de comer?

Nilo se puso rojo. —Majestad, no sé si usted pueda entenderlo…

—No —rió el rey, soltándole la mano—. Pero entiendo que tú sí. Y eso, Nilo, es un don muy raro. Tan raro como… esto.

Sacó un sobre de su capa. Un sobre amarillo pálido, con un sello de cera roja que latía. Era exactamente igual al que Nilo había llevado.

—La carta que entregaste al señor Brown —dijo el rey, volviéndose serio— era para uno de mis trabajadores, un hombre llamado Corvus. Tenía magia de autentificación. Pero alguien… robó esa magia.

—¿Cómo se roba la magia de una carta? —preguntó Nilo.

El rey suspiró. Fue hasta una mesa repleta de mapas y apoyó las manos en ella.

—La magia de una carta sellada no está en el papel. Está en la intención. Alguien que abre una carta antes de tiempo puede robar esa intención, usarla para falsificar órdenes, o peor. Y mi reino… —miró a Nilo fijamente— es un reino pequeño. No tengo muchos guardias. Mis mejores investigadores están ocupados en la frontera norte. Necesito a alguien brillante, observador… y que pueda hablar con las criaturas del bosque.

Nilo parpadeó. ¿Él? ¿Brillante?

—Creo que te está pidiendo que seas detective —pensó Gris—. Y por la cara que pones, te van a pagar con monedas de cobre y un apretón de manos.

—Acepto —dijo Nilo antes de pensarlo.

El rey Numberg soltó una carcajada y le dio una palmada en la espalda que casi lo tira al suelo. —¡Eso es! ¡Eso es tener espíritu! No te pago con monedas. Te pago con algo mejor: mi confianza. Y un trozo de queso que sobró del desayuno.

—El queso es mío —pensó Gris.

—Es suyo —dijo el rey, como si lo hubiera escuchado—. Ahora, ve. Investiga quién robó la magia de esa carta. Habla con quien haga falta. Y ten cuidado. Las ratas que roban magia suelen tener dientes grandes.

Nilo asintió, con el pecho inflado. Esta era la vida que quería. Aventuras. Misterios. Un rey que confiaba en él.



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En el texto hay: fantasia, aventura, historias breves

Editado: 12.05.2026

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