Nilo "Entrando al Mundo"

EL LIBRO PT2

El tronco ardía. Las llamas lamían la madera como lenguas hambrientas. Nilo tosió, los ojos llorosos, el humo llenándole los pulmones. Gris se pegó a su pecho, temblando.

—Nos vamos a quemar vivos—pensó el gato—. Y lo peor es que no he probado ese queso del rey.

Nilo no quería morir. No allí, no quemado, no sin haber sido alguien. Buscó a su alrededor, dentro del tronco, algo, cualquier cosa. Sus dedos rozaron un trozo de madera ya carbonizada, suelta, del tamaño de un puño.

Sin pensarlo, lo agarró y se lo lanzó a Draxler.

La madera voló en el aire. Y entonces ocurrió algo extraño.

En lugar de golpear al hombre, el trozo empezó a crecer. Se alargó, se ensanchó, y de su superficie negra brotaron pequeñas hojas verdes. Ramas. Raíces. En menos de un segundo, el pedazo de madera se había convertido en un arbusto joven y vibrante, con flores blancas, que cayó a los pies de Draxler.

Nilo parpadeó. Gris también.

—¿Eso… lo hiciste tú?

—No lo sé —susurró Nilo—. No sé nada.

Pero no hubo tiempo para preguntas. Draxler ni siquiera miró el arbusto. Alzó las manos con furia y el fuego explotó a su alrededor. Las llamas se elevaron formando un círculo candente. Los árboles crujían, las piedras reventaban, y el calor era tan intenso que Nilo sintió que la piel se le encogía.

—¡Desgraciados! —gritó Draxler, con la voz rota por la ira—. ¡Pretenden robar mi conocimiento y encima me ensucian con su naturaleza barata!

Su aura se volvió visible: ondas rojas y negras que irradiaban de su cuerpo como las de un horno reventado. La barba le ondeaba al revés, como si el viento soplara desde dentro de él. Sus ojos negros brillaron con un tono anaranjado infernal.

—Ahora arderán. Arderán como todo lo que tocan.

Draxler extendió un brazo. Una columna de fuego surgió del suelo, directa hacia Nilo y Gris.

Nilo cerró los ojos. Gris se acurrucó.

—¡BASTA!

La columna de fuego se partió en dos. Como si una espada invisible la hubiera cortado por la mitad. Las llamas se desviaron a izquierda y derecha, quemando arbustos y piedras, pero sin tocar a Nilo ni a Gris.

Entre el humo y las cenizas volantes, apareció una silueta sobre un caballo. El animal era enorme, de pelaje oscuro como la noche, con ojos que reflejaban las llamas. Sobre él, un guerrero con armadura negra y una capa desgarrada. Su casco tenía la forma de un lobo, y de las rendijas brillaban dos ojos verdes, fríos, vengativos.

—Tanto tiempo sin verte, Draxler —dijo el guerrero, desmontando de un salto.

Draxler entrecerró los ojos. Su furia no disminuyó, pero en su rostro apareció una sombra de… ¿reconocimiento?

—No sé quién eres —escupió—. Pero si me molestas, te mataré como hice con tus otros compañeros.

El guerrero se quitó el casco lentamente. Debajo había un hombre de unos treinta años, con el pelo corto y una cicatriz que le cruzaba la nariz. No sonrió. No parpadeó.

—No… no va a pasar eso de nuevo —dijo, con una calma que daba más miedo que un grito—. Esta vez seré yo quien ponga un punto final en tu miserable vida.

Draxler soltó una risa seca, que sonó a ramas quebrándose. Alzó una mano. El aire a su alrededor vibró, y del suelo surgió una espada de oro líquido, con filo ardiente y guardas que parecían alas de fénix. La empuñadura desprendía chispas anaranjadas.

—Tu punto final —dijo Draxler— será una coma. Una pequeña pausa antes de tu cremación.

El guerrero no respondió con palabras. Extendió su mano derecha y del aire nació una espada roja carmesí, tan brillante que parecía manchar el humo a su alrededor. La hoja era ancha, ligeramente curva, y en el centro tenía una línea negra, profunda, como una grieta en el mundo.

Nilo los miraba boquiabierto desde detrás de un resto del tronco. Gris pegó la cabeza a la suya.

—Esto es mejor que el teatro de títeres del pueblo —pensó—. Y va a acabar mucho peor.

Los dos guerreros se lanzaron el uno contra el otro.

El primer impacto partió el suelo. Las espadas se encontraron en un crujido de metal y magma, y el choque levantó una onda expansiva que hizo volar cenizas por todas partes. Draxler giró rápido, su espada de oro dibujando un arco de fuego. El guerrero lo bloqueó con la carmesí, pero retrocedió tres pasos, dejando surcos en la tierra.

Draxler no dejaba de atacar. Cada golpe era una explosión. Cada estocada, un incendio. Daba saltos imposibles, se movía como si el fuego lo impulsara, y su espaza cortaba el aire con un silbido que dolía en los oídos.

El guerrero, en cambio, era puro peso. Sus movimientos eran más lentos, pero cada bloqueo levantaba una barrera de energía negra. Resistía. Aguantaba. Pero no avanzaba.

—¡Veo que no aprendiste nada de tus amigos! —gritó Draxler, mientras asestaba un tajo que casi cercena la capa del guerrero—. ¡Todos ustedes, los del rey Numberg, son iguales! Lentos. Dóciles. Muertos con solo apretar un poco.

Dio una patada giratoria y alcanzó al guerrero en el pecho. El hombre voló varios metros, rodó entre las brasas y quedó de rodillas. La espada carmesí seguía en su mano, pero temblaba.

Draxler se acercó despacio. Su espada dorada arrastraba chispas en el suelo. El aura rojo-negra a su alrededor era tan densa que parecía sólida.

—Te reconocí —dijo Draxler, deteniéndose frente al guerrero caído—. Fuiste tú el que intentó detenerme en el incendio del puente viejo. Sobreviviste. Como una cucaracha.

El guerrero levantó la cabeza. Sangraba por la nariz.

—Las cucarachas —respondió— viven para molestar.

Draxler alzó la espada para el golpe final.

Nilo sintió que el tiempo se ralentizaba. El guerrero iba a morir. Ellos iban a morir después. Y él, Nilo, el repartidor de pan, podría quedarse allí temblando o hacer algo.

La mochila. El libro.

Metió la mano y sacó "Sutilezas del robo de esencia mágica". Lo abrió al azar, sin mirar, con los dedos temblorosos.



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En el texto hay: fantasia, aventura, historias breves

Editado: 12.05.2026

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