Llegaron tarde.
Nilo y Gris corrieron tras los guerreros, pero las piernas de un chico de catorce años no pueden ganarle a los caballos. Cuando por fin alcanzaron las orillas del reino, el aire ya olía a ceniza y a carne quemada.
Y el sonido… el sonido era peor.
Gritos. No de batalla. Gritos de gente que suplicaba.
Nilo se detuvo en la cima de una colina baja. Abajo, el pueblo de las orillas —unas cuantas casas de madera alrededor de un viejo molino— estaba en llamas. Las llamas lamían los techos y se extendían por los caminos. Y en medio de todo, caminaba Draxler.
No corría. No gritaba. Caminaba despacio, con su túnica negra ondeando entre el fuego, y con la espada de oro colgando como un brazo más. Cada vez que se cruzaba con alguien —una mujer que intentaba huir, un anciano que se arrastraba, un niño que lloraba—, la espada se movía.
Y la persona dejaba de existir.
Nilo vio cómo un hombre caía al suelo sin cabeza. Cómo una mujer se incendiaba viva mientras Draxler pasaba a su lado como si fuera una vela más. Cómo el villano sonreía. No una sonrisa de locura. Una sonrisa tranquila, apacible, como la de alguien que está cortando el césped en una tarde soleada.
Gris se pegó al fondo de la mochila.
—No mires —pensó—. Cierra los ojos, Nilo. No mires.
Pero Nilo no pudo. Las imágenes se le clavaron en la retina como astillas de vidrio.
Los guerreros del rey llegaron antes que ellos. Doce hombres y mujeres con armaduras de cobre, escudos brillantes y espadas rectas. Torn iba al frente, con su armadura negra y su capa desgarrada.
—¡En formación! —gritó—. ¡Rodeen al mago, no dejen que lance hechizos de área!
Los doce cargaron.
Draxler ni siquiera se dio la vuelta. Mantuvo la espada de oro hacia abajo, y con la mano izquierda dibujó un círculo en el aire.
Ondas de calor salieron de su palma. Tres guerreros cayeron al instante, con las armaduras al rojo vivo, retorciéndose en el suelo.
—¡A mí! —gritó Torn, lanzándose con la espada carmesí.
El choque fue brutal. Draxler bloqueó con la dorada y la chispa iluminó todo el campo. Torn atacó una, dos, tres veces. Draxler respondió con un tajo que le arrancó parte del hombro izquierdo. Torn no gritó. Giró y le clavó la rodilla en el costado.
Draxler retrocedió un paso. Sólo uno.
—Más rápido que antes —dijo Draxler, con esa calma horrible—. Pero igual de frágil.
Extendió la mano. Un guerrero que venía por detrás estalló en llamas. El fuego le subió por las piernas, el torso, la cara. Cayó de rodillas, todavía con la espada en alto, y ardió hasta convertirse en una figura negra y humeante.
Nilo vomitó detrás de un árbol. Gris no dijo nada.
En menos de un minuto, los doce guerreros habían muerto o estaban demasiado heridos para levantarse. Sólo Torn seguía en pie, con la espada carmesí temblando en su mano, la capa hecha jirones, la sangre goteando por todo su costado.
—Ríndete —dijo Draxler, acercándose—. Tus amigos ya no sufrirán.
Torn escupió sangre. —Los míos no. Pero tú sí.
Se lanzó con un grito. Draxler esquivó la estocada con un giro elegante y, en el mismo movimiento, atravesó a Torn de lado a lado con la espada dorada.
Torn abrió los ojos. La espada le salía por la espalda. Sus piernas flaquearon y cayó de rodillas, pero no soltó su arma.
—Todavía… no —susurró.
Draxler arrancó la espada con un tirón seco. Torn cayó boca abajo, inmóvil.
El villano lo miró un instante. Luego, lentamente, giró la cabeza hacia la colina donde Nilo y Gris estaban escondidos.
—Nos vio —pensó Gris.
Draxler no sonrió. No dijo nada. Simplemente comenzó a caminar hacia ellos.
Nilo quiso correr, pero sus piernas no respondían. Era como si el miedo se hubiera convertido en cemento dentro de sus músculos.
Draxler alzó una mano. Del suelo brotaron llamas en círculo, rodeando a Nilo y a Gris, encerrándolos en un anillo de fuego de tres metros de alto. El calor era tan intenso que el aire se veía distorsionado.
Nilo buscó el libro. Lo abrió en la página del Empuje Divino. Leyó la frase. Hizo el gesto.
Nada.
El fuego no se movió. Draxler no se movió. Solo su pelo y su túnica ondearon un poco, como si hubiera soplado una brisa suave.
—Ese truco —dijo Draxler, caminando entre las llamas como si fueran cortinas— solo funciona con enemigos débiles.
Nilo cayó de espaldas. Gris saltó de la mochila y se puso delante de él, erizado, gruñendo, aunque sus patas temblaban.
—Aléjate de él, monstruo —pensó Gris, sabiendo que Draxler no podía oírlo.
El villano alzó la espada.
Y entonces una sombra cayó del cielo.
El rey Numberg aterrizó entre Nilo y Draxler como un meteorito humano. Su armadura dorada estaba puesta, su espada ancha brillaba con una luz blanca, y su capa roja ondeaba aunque no había viento. Dio media vuelta y se colocó delante de los chicos, dándoles la espalda.
—Cuidado, majestad —atinó a decir Nilo.
El rey no respondió. Miró a Draxler fijamente. Y su expresión no era de furia ni de odio. Era de pena.
—Mira en lo que te has convertido —dijo el rey, con voz baja, casi temblorosa—. No tienes alma. Perdiste tu humanidad.
Draxler detuvo la espada a medio camino. Por un momento, algo brilló en sus ojos negros. Algo que podía ser memoria. O podía ser nada.
No respondió.
El rey dio un paso adelante. La nostalgia le nublaba la mirada, como quien ve a un hermano perdido en el rostro de un monstruo.
—Hubo un tiempo en que luchábamos juntos —dijo el rey—. Hubo un tiempo en que hablabas de proteger a los débiles. ¿Qué pasó, amigo?
Draxler no respondió. Su rostro era una piedra.
El rey suspiró y alzó su espada. Draxler imitó el gesto.
El aire se volvió denso. Las llamas del círculo crepitaron más alto. Ambos guerreros se midieron, listos para el golpe que decidiría todo…
…y entonces el mundo se apagó.