Nilo "Entrando al Mundo"

EL VIAJE DE IDA PT2

El camino hacia La Orden era más largo de lo que Nilo había imaginado.

Habían salido del reino Numberg al atardecer, y ahora la noche se les echaba encima entre árboles que no reconocían y un cielo lleno de estrellas que no había visto nunca. El caballo dorado caminaba en silencio detrás del caballo negro del hombre alto.

—Aquí —dijo el hombre alto, deteniéndose en un claro rodeado de robles viejos.

Bajó de su caballo con un movimiento pesado pero preciso, y ayudó a Nilo a desmontar. Las piernas del chico le temblaban un poco después de tantas horas a caballo. Gris saltó del hombro y estiró las patas como si hubiera estado atrapado en una caja.

—Por fin. Creo que tengo el trasero más cuadrado que antes —pensó el gato.

Nilo sonrió.

El hombre alto desató una mochila grande que llevaba sujeta al caballo negro y sacó dos carpas de lona. Las plantó en el suelo con una rapidez que mostraba años de práctica. Una era más grande, para dos personas. La otra era pequeña, casi un caparazón.

—¿Quién duerme en la pequeña? —preguntó Nilo.

El hombre alto no respondió. Solo señaló a Gris.

—No voy a dormir en eso. Parece un ataúd para gatos —pensó Gris.

Nilo iba a traducir, pero el hombre alto ya se había girado.

—Nilo, quédate aquí. Ya vuelvo.

Su voz era grave, fría, pero no hostil. Como el ruido de una piedra al caer en un pozo profundo. Se internó en el bosque con pasos que no hacían ruido.

Nilo y Gris se quedaron solos.

Se sentaron en un tronco caído, cubierto de musgo seco. El bosque alrededor crujía con pequeños sonidos: grillos, alguna rama que se quebraba sola, el viento jugando con las hojas.

—Tu hombre alto es raro —pensó Gris, acurrucándose en el regazo de Nilo—. No habla, no se ríe, no explica nada. ¿Cómo sabes que no nos va a vender a unos bandidos?

—Porque el rey Numberg confía en él —respondió Nilo en voz baja—. Y yo confío en el rey.

—El rey Numberg también confiaba en Draxler, según escuché.

Esa frase heló el aire. Nilo no respondió al principio. Solo miró las estrellas, tratando de encontrar la constelación del gato y el humano que Gris le había mostrado aquella primera noche.

—No podemos desconfiar de todos —dijo al fin—. Si hacemos eso, terminamos solos. Como… como estaba Draxler.

—O como Gris —pensó el gato, pero no lo dijo.

Nilo le rascó detrás de la oreja.

—Mira —cambió de tema—, ¿tú qué crees que haya en la escuela?

—¿En La Orden? —Gris arqueó una ceja felina—. Profesores aburridos, reglas tontas, niños presumidos haciendo magia que no entienden. Como el colegio del pueblo, pero con más explosiones.

—Ojalá no haya explosiones —dijo Nilo, riendo.

—Ojalá las haya. Pero controladas. Y que no nos toquen a nosotros.

Nilo se quedó pensativo. La escuela significaba seis años lejos de su abuela, lejos de su casa, lejos del olor del pan caliente por las mañanas. Pero también significaba aprender. Controlar esa magia que le salía sin permiso. Poder enfrentarse a alguien como Draxler sin tener que depender de un libro prohibido.

—Yo quiero aprender a defenderme —dijo Nilo, casi para sí mismo—. No quiero volver a ver a nadie quemarse delante de mí. No quiero quedarme quieto.

—Eso es muy heroico. Pero ser héroe duele. Mira al rey Numberg: ganó la guerra y ahora está encerrado en su castillo con cara de funeral.

—¿Tú no quieres ser héroe?

—Yo quiero ser un gato. Tener una cama caliente, que me den de comer, y que nadie espere nada de mí. Eso es la verdadera felicidad.

—Y sin embargo —dijo Nilo, sonriendo—, aquí estás. Conmigo. En medio de un bosque, a caballo, yendo a una escuela de magia.

Gris se quedó callado. Sus ojos verdes brillaron en la oscuridad.

—…Cállate —pensó.

El bosque crujió. Los dos giraron la cabeza.

Entre los árboles apareció el hombre alto, con los brazos cargados de tablones de madera recién cortados. Tenía el sombrero un poco ladeado, y por primera vez Nilo pudo verle un trozo de la cara: la mandíbula cuadrada, una cicatriz blanca que le subía por el cuello, y una expresión que no era fría, sino cansada.

Dejó los tablones en el suelo, los acomodó en forma de estrella, y sacó un palo largo de su cinturón.

—¿Va a hacer fuego con eso? —preguntó Nilo.

El hombre alto no respondió. Se arrodilló, puso el palo contra un tablón, y empezó a frotar con movimientos rápidos y constantes. La madera chirriaba. El hombre alto no paraba.

Nilo lo miró, confundido.

—¿Por qué no usa magia? —preguntó—. Digo, he visto a gente sacar fuego de los dedos.

El hombre alto no detuvo el movimiento. Sus brazos seguían girando el palo con una precisión mecánica.

—No poseo magia —dijo, con la misma voz grave y pausada.

Nilo arrugó la frente. —¿Por qué no posees magia?

El hombre alto hizo una pausa. El palo seguía humeando, pero no se encendía del todo.

—Simplemente —respondió— no nací con magia. Como tú.

Y retomó el frotado. Un par de chispas saltaron. Luego más. Una pequeña llama mordió un tablón, y pronto toda la estrella de madera ardía con un fuego limpio y cálido. El hombre alto sopló las brasas una vez, las avivó, y se sentó junto a la hoguera.

El caballo negro se acercó solo y se echó en el suelo, con el lomo apoyado contra una roca. El hombre alto se recostó sobre él, usando el cuerpo del animal como almohada y respaldo. El caballo no se movió. Sus ojos negros reflejaban las llamas.

En cambio, el caballo dorado se echó en un rincón alejado, casi fuera del círculo de luz. Parecía que no le gustaba el humo, o quizá solo prefería la soledad.

Nilo y Gris se quedaron junto al tronco, sin moverse. El fuego crepitaba. Las sombras bailaban en los árboles.

Pasaron los minutos. El hombre alto tenía los ojos cubiertos por el ala del sombrero. Parecía dormido.

—¿Nilo? —dijo de repente, rompiendo el silencio.



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En el texto hay: fantasia, aventura, historias breves

Editado: 12.05.2026

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