Nilo "Entrando al Mundo"

EL VIAJE DE IDA PT3

Ambos se miraron fijamente.

Nilo contuvo la respiración detrás del caballo dorado. Gris asomó medio ojo desde la mochila.

—Este tipo de las cadenas no me gusta nada —pensó—. Y su máscara es fea. Las flores esa están mal pintadas.

El hombre enmascarado se inclinó sobre la rama, como si estuviera saludando desde un balcón.

—A mí me llaman Hunter —dijo, con una voz que sonaba divertida—. Un gusto conocerte, Aleksei. He escuchado mucho sobre ti. El mago sin magia. El expulsado. El perro fiel que escolta niños por dos monedas.

Aleksei no respondió.

No dijo nada.

Simplemente saltó.

Sus piernas impulsaron su cuerpo pesado hacia arriba como si no pesara nada. En el aire, su mano derecha se movió a la espalda y desenvainó una espada negra, tan oscura que parecía tragar la luz. La hoja era de obsidiana, brillante y afilada como un cuchillo de vidrio.

El tajo cortó la rama donde Hunter estaba parado.

Crack.

La rama cayó al suelo con un golpe seco, levantando polvo y hojas secas.

Pero Hunter ya no estaba allí.

—¡Qué veloz eres! —dijo el enmascarado, apareciendo de pie en el suelo, a unos metros de Aleksei—. Y qué espada tan linda. Cuando te asesine, me la quedaré yo.

Aleksei aterrizó en cuclillas, la espada negra apuntando hacia el suelo. Sus ojos grises analizaban cada movimiento de Hunter.

Rápido —pensó—. Muy rápido. Saltó antes de que mi espada tocara la rama. No es suerte. Es reflejo.

Se puso de pie despacio.

—Eres rápido —dijo Aleksei en voz alta—. Pero las cadenas te delatan. Suenan antes de que te muevas.

Hunter inclinó la cabeza, como si aquello le pareciera gracioso.

—¿Y eso te va a ayudar?

—Veremos.

Hunter atacó.

Las cadenas silbaron. Dos, tres, cuatro látigos de metal que se extendían como serpientes hambrientas. Una iba directa al pecho. Otra a las piernas. Otra a la cabeza. La cuarta rodeaba por la izquierda, tratando de atrapar el brazo con la espada.

Pero Aleksei adivinó todo.

No esquivó cuando las cadenas ya estaban cerca. Esquivó antes. Dio un paso atrás cuando la primera cadena apenas se tensaba. Giró el cuerpo cuando la segunda aún estaba en el aire. Bajó la cabeza un segundo antes de que la tercera pasara silbando.

Y la cuarta cadena, la que iba por la izquierda, la recibió con la espada de obsidiana. El metal chilló contra la hoja negra, y Aleksei tiró de la cadena hacia sí con un movimiento seco.

Hunter fue arrastrado medio paso hacia adelante. Sus ojos tras la máscara se abrieron un poco más.

—Te dije —murmuró Aleksei—. Suenan.

Soltó la cadena y avanzó.

Bam. Bam. Bam.

Tres golpes con la empuñadura de la espada, directos al torso de Hunter. El enmascarado retrocedió, tosiendo, pero logró cruzar las cadenas como un escudo improvisado. El tercer golpe resonó en el metal.

—No está mal —dijo Hunter, recuperando el aliento—. Pero mis cadenas no son solo para atacar.

Giró sobre sí mismo. Las cadenas se enrollaron en el suelo, en sus brazos, en su cintura. Se convirtió en una tromba de metal. Los eslabones giraban tan rápido que cortaban el aire.

Aleksei dio dos pasos atrás. No por miedo. Para observar.

—Adivina esto —dijo Hunter, y se lanzó.

El torbellino de cadenas avanzó como una cortadora de césped. Las hojas volaban. Las piedras saltaban hechas pedazos. Nilo, desde detrás del caballo dorado, se tapó la cara con el brazo para que no le entraran esquirlas.

Aleksei esperó.

Esperó.

Esperó.

Y en el último segundo, saltó hacia arriba.

Pasó por encima del torbellino como una sombra, y en el aire, giró la espada de obsidiana y la clavó en el suelo detrás de Hunter. No para herirlo. Para trabar las cadenas.

¡Tssssss!

Los eslabones se enredaron en la hoja negra. Hunter tiró, pero la espada no se movió. Aleksei la había hundido hasta la guarda en la tierra dura.

—Sin cadenas —dijo Aleksei, aterrizando frente a él—. Ahora pelea de verdad.

Hunter lo miró. La máscara blanca ocultaba su expresión, pero su respiración se había acelerado.

—Sin cadenas —respondió— te voy a romper los dedos uno por uno.

Se lanzaron el uno contra el otro.

Hunter era rápido. Muy rápido. Sus puños volaban como látigos, y sus patadas eran secas y precisas. Había aprendido a pelear en calles, en callejones, en peleas sin reglas.

Pero Aleksei era más rápido.

No en velocidad bruta. En lectura. Sabía hacia dónde iba el golpe antes de que saliera. Sus hombros, sus ojos, incluso la forma en que respiraba le decían a Aleksei qué iba a hacer.

Hunter lanzó un puñetazo directo a la cara. Aleksei giró la cabeza un centímetro y el golpe pasó rozando. Al mismo tiempo, Aleksei le dio un golpe en el plexo solar con la palma abierta.

Oof.

Hunter dobló el torso. Aleksei no esperó. Le agarró la muñeca izquierda, la retorció, y lo obligó a girar sobre sí mismo. Cuando Hunter quedó de espaldas, Aleksei le dio un rodillazo en la espalda baja.

—Odio pelear con magos —dijo Aleksei, sin soltarle la muñeca—. Usan trucos, se esconden, huyen. Pero tú no tienes magia. Tú solo tienes miedo.

—¡Yo no tengo miedo de nadie! —gritó Hunter, tratando de soltarse.

—Miedo a que te vean. Por eso usas esa máscara.

Hunter se quedó quieto un segundo.

Ese segundo fue suficiente.

Aleksei le soltó la muñeca, dio medio paso atrás, y lanzó un golpe seco y pesado directo al centro de la máscara blanca.

¡CRACK!

La máscara se rompió en tres pedazos. Los fragmentos volaron por el aire, girando lentamente, hasta caer al suelo.

La máscara rota estaba en el suelo, entre la hierba pisoteada.

Gebuden la miró largamente. Sus dos ojos, el azul y el verde, reflejaban las llamas agonizantes del campamento.

Aleksei estaba a unos pasos, con la espada de obsidiana envainada y los brazos cruzados. No lo atacaba. No lo amenazaba. Solo lo miraba con esa calma que daba más miedo que un grito.



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En el texto hay: fantasia, aventura, historias breves

Editado: 12.05.2026

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