I. El nacimiento que nadie celebró
Gebuden nació en un pueblo llamado Tres Ríos, durante una noche de tormenta.
El parto fue difícil. La comadrona sudaba, las sábanas estaban manchadas de sangre, y afuera los rayos iluminaban las montañas como si el cielo estuviera enfadado.
Cuando por fin salió, pequeño y arrugado, la comadrona lo alzó en brazos.
Y gritó.
—¡Santa tierra! —exclamó, casi soltándolo—. ¡Este niño tiene los ojos de dos colores!
La madre, una mujer joven llamada Mira, pidió verlo. Lo sostuvo un momento. Un ojo era azul como el lago profundo. El otro era verde como las hojas de los árboles de mayo.
—Es una maldición —susurró la comadrona, haciendo un gesto con la mano para alejar el mal—. Los niños con ojos distintos traen la desgracia. Lo he visto antes.
Mira no dijo nada. Miró al niño. El niño la miró con sus dos ojos de distinto color.
A la mañana siguiente, Mira desapareció.
No dejó carta. No dejó explicación. Solo dejó al niño envuelto en una manta sobre la cama, con hambre y con frío.
El padre, un hombre llamado Orion, la buscó durante tres días. Volvió solo, con la barba crecida y los ojos enrojecidos.
—Se fue —dijo a los vecinos que preguntaban—. No quiere al niño.
—¿Y usted? —preguntó un vecino.
Orion miró a Gebuden, que dormía en una cuna de mimbre.
—Yo soy su padre —respondió—. Lo criaré yo solo.
Los vecinos negaron con la cabeza. "Ese niño está maldito", decían. "La madre lo sabía y huyó. El padre es tonto por quedarse."
Pero Orion no escuchaba. Trabajaba como carpintero, y sus manos eran buenas para la madera. Construyó una cuna, luego una silla alta, luego una mesa pequeña con las iniciales de Gebuden talladas en las patas.
—Cuando crezcas —le decía al niño, mientras lo mecía en las noches de insomnio—, vas a ser más fuerte que todos ellos. Te llamas Gebuden. Significa "el que resiste".
El niño no entendía las palabras, pero entendía el calor de los brazos de su padre.
Era lo único que tenía
II. La primera mancha
Gebuden creció.
A los tres años, corría por el patio trasero y trepaba los árboles más bajos. Su padre le había hecho unas sandalias de cuero y una camisa azul que le quedaba grande.
Pero los niños del pueblo no jugaban con él.
—Tiene los ojos de brujo —decían—. Si lo miras fijo, te convierte en sapo.
Gebuden no entendía. Se acercaba a ellos con una flor en la mano, o con un caramelo de miel que su padre le había dado.
—¿Quieren jugar? —preguntaba.
Y los niños huían. O le tiraban piedras. O le decían "maldito" sin saber siquiera qué significaba esa palabra.
Un día, Gebuden cumplió cinco años. Su padre le horneó un pastel de maíz y le puso una vela.
—Pide un deseo —dijo Orion, con una sonrisa triste.
Gebuden cerró los ojos. Cuando los abrió, la vela estaba apagada.
—Pedí tener amigos —dijo.
Orion no supo qué responder. Solo lo abrazó fuerte.
Pocas semanas después, la abuela de Gebuden (la madre de Orion) vino a visitarlos desde el pueblo vecino. Era una mujer mayor, de manos temblorosas y pelo blanco.
—Déjame ver al niño —dijo.
Orion se lo llevó.
La abuela lo miró largamente. Gebuden la miró también, con sus dos ojos de colores, sin miedo.
—No está maldito —dijo la abuela al fin—. Solo es diferente.
—Eso es lo que siempre les digo —respondió Orion.
—Pero la gente no entiende lo diferente —siguió la abuela, suspirando—. Le va a tocar una vida difícil.
Le acarició el pelo a Gebuden. Luego le bajó el cuello de la camisa para verle la nuca.
Y entonces lo vio.
Una mancha blanca. Pequeña, del tamaño de una moneda. Justo donde el pelo termina y empieza la piel.
—¿Qué es eso? —preguntó Orion, acercándose.
—No lo sé —respondió la abuela—. Pero no es normal.
Esa fue la primera mancha. No la última.
A lo largo del año siguiente, las manchas blancas empezaron a aparecer por todo el cuerpo de Gebuden. En los brazos, en las piernas, en la espalda, incluso en la cara. Pequeñas al principio, luego más grandes. Como si alguien estuviera derramando pintura blanca sobre su piel morena.
Los vecinos empezaron a llamarlo "el hombre manchado" aunque solo tenía seis años.
—Es una enfermedad —decía Orion, desesperado, yendo de curandero en curandero—. ¿No hay cura?
—No es una enfermedad —respondió el último curandero, uno viejo que venía de las montañas—. Es vitíligo. La piel pierde su color. No duele. No mata. Pero la gente lo mira y ve algo malo. Porque la gente es tonta.
Gebuden escuchó esa conversación desde detrás de la puerta. Aprendió dos cosas ese día:
1. No se iba a morir.
2. La gente lo iba a mirar mal para siempre.
III. La escuela y las primeras heridas
A los siete años, Orion lo inscribió en la escuela del pueblo.
Era una escuela pequeña, con un solo salón y una maestra gorda que olía a cebolla. Gebuden llegó con su camisa nueva y sus sandalias limpias.
La maestra lo miró. Miró sus ojos. Miró las manchas blancas que ya le cubrían media cara.
—Siéntate atrás —dijo, señalando un rincón vacío—. Solo.
Gebuden obedeció.
Los otros niños se giraron para mirarlo. Algunos se rieron. Otros hicieron gestos de asco. Una niña se cambió de asiento para no estar cerca.
Ese día, en el recreo, tres niños lo rodearon.
—Muestra las manchas —dijo el más grande, llamado Rocco—. Queremos ver al monstruo.
Gebuden negó con la cabeza.
—No soy un monstruo.
—¡Claro que lo eres! —dijo Rocco, empujándolo—. Tu mamá te abandonó porque le diste asco. Mi mamá lo dijo.
Gebuden sintió que el suelo se le caía. Eso era verdad. Su madre lo había abandonado. Pero hasta entonces, su padre le había dicho que era "por otras razones".
Rocco lo empujó otra vez. Gebuden cayó al suelo. Los otros niños se rieron.