Nilo "Entrando al Mundo"

EL BOSQUE

Después del encuentro con Hunter, el viaje se volvió más silencioso.

No porque hubiera tensión. Sino porque Aleksei empezó a hablar un poco más. Solo un poco. Pero cada frase que decía pesaba más que un pan entero.

—Nilo —dijo al segundo día, cuando el sol pintaba de naranja los árboles—. ¿Sabes por qué acepté este trabajo?

—¿Para ganar dinero? —respondió Nilo, encogido sobre el caballo dorado.

—El dinero se acaba. Esto… —Aleksei hizo un gesto vago con la mano, abarcando el camino, los árboles, el cielo—. Esto se queda.

—¿El qué?

—Acompañar. Ver a los chicos llegar. Saber que tú, y otros como tú, van a aprender cosas que yo no pude.

Nilo se quedó callado. Gris, que iba en su mochila con la cabeza asomando.

—¿Por qué no pudo aprender? —preguntó Nilo.

Aleksei se ajustó el sombrero. Por un momento, Nilo pensó que no iba a responder.

—Porque la magia no se elige —dijo al fin—. La magia te elige a ti. Y a mí no me eligió.

—¿Y por eso lo echaron?

—Me echaron por otras cosas. Pero la falta de magia no ayudó.

Nilo quiso preguntar más, pero algo en la voz de Aleksei le dijo que no debía. Al menos no hoy.

Siguieron cabalgando.

La última noche juntos

Acamparon junto a un arroyo de aguas tan claras que parecían invisibles.

Aleksei preparó una fogata frotando palos, sin magia, como siempre. Nilo se sentó a su lado, con Gris en el regazo. El fuego crepitaba y las estrellas empezaban a salir.

—¿Aleksei? —dijo Nilo.

—Dime.

—¿Usted ha tenido algún amigo?

Aleksei no respondió al instante. Metió la mano en su bolsillo y sacó una piedra pequeña, lisa, de color gris oscuro. La giró entre los dedos.

—Tuve uno —dijo—. Hace mucho. También estudiaba en La Orden. Era bueno. Me enseñó a leer.

—¿Qué pasó con él?

—Se graduó. Se fue lejos. No volvimos a vernos.

—¿No le escribe cartas?

Aleksei guardó la piedra.

—No sé escribir. Solo sé leer un poco. Nunca aprendí bien.

El silencio se hizo denso. Gris, que había estado medio dormido, abrió un ojo.

—Eso es triste —pensó—. Un hombre grande que no sabe escribir. Pero sabe pelear. Sabe escoltar. Sabe ser fiel. Eso es más que muchos magos.

Nilo, sin decir nada, se acercó un poco más a Aleksei. No fue un abrazo. Fue solo apoyar el hombro contra su brazo, un segundo.

Aleksei no se movió. Pero su respiración cambió. Algo en su pecho se aflojó.

—Mañana llegamos —dijo en voz baja.

—Lo sé —respondió Nilo.

—Voy a extrañar el pan con queso —pensó Gris en voz alta, sin querer.

Nilo rió. Aleksei también rió. Fue una risa corta, ronca, como una carreta vieja que se pone en marcha. Pero fue una risa de verdad.

Esa noche, los tres durmieron junto al fuego: Nilo acurrucado en su manta, Gris sobre su pecho, y Aleksei apoyado en su caballo negro, con la espada de obsidiana cruzada en las piernas.

Nadie les hizo daño.

La llegada al bosque nublado

A la mañana siguiente, los árboles empezaron a cambiar.

Ya no eran robles ni pinos. Eran árboles plateados, con hojas que brillaban como si tuvieran luz propia. El suelo estaba cubierto de musgo azul y pequeñas flores que parpadeaban al pasar.

Y entonces, la niebla apareció.

Al principio era fina, como un velo. Luego se hizo más espesa. Luego fue un muro blanco que tapaba todo a partir de cincuenta pasos.

Aleksei detuvo su caballo.

—Aquí termina mi camino —dijo.

Nilo miró la niebla. Tragó saliva.

—¿Ese es el bosque? No se ve nada.

—Se llama el Velo de los Ecos —respondió Aleksei—. Solo los seres con magia pueden entrar. Yo no puedo. Mis caballos tampoco.

—¿Y el caballo dorado?

—Especial. Él sí puede. Pero yo no.

Desmontaron. Aleksei ayudó a Nilo a bajar de su caballo. El animal dorado relinchó suavemente, como si supiera que pronto seguiría solo.

—¿Cómo se cruza? —preguntó Nilo, mirando la niebla blanca.

Aleksei se arrodilló para quedar a su altura. Por primera vez, Nilo vio sus ojos claros sin la sombra del sombrero. No eran fríos. Eran viejos. Muy viejos.

—Tienes que entrar con los ojos cerrados —dijo—. Y no abrirlos hasta que la niebla desaparezca. Si abres los ojos, te pierdes. Pero si confías, no chocarás con ningún árbol ni tropezarás con ninguna rama. La magia te guiará.

—¿Y si me pierdo?

—No te perderás. Llevas a Gris. Y él te lleva a ti.

Gris se erizó un poco.

—¿Yo? ¿Yo soy el guía ahora?

Nilo lo acarició. —Sí, tú.

Aleksei se puso de pie. Miró a Nilo un largo rato. Luego, sin decir nada, extendió la mano.

Nilo la estrechó. Fue un apretón fuerte, seco, como de hombre a hombre.

—Cuídate, Nilo. No confíes en cualquiera. No uses el libro prohibido sin necesidad. Y no olvides: la magia no lo es todo.

—¿Y usted? —preguntó Nilo—. ¿Qué va a hacer?

Aleksei se subió a su caballo negro. Miró el horizonte, hacia atrás, hacia el camino que habían recorrido.

—Volver al pueblo de Mayapampa —dijo—. Descansar un poco. Y esperar a que alguien más necesite escolta.

—¿Nos volveremos a ver?

Aleksei se puso el sombrero, cubriendo sus ojos.

—El mundo es chico —dijo—. Y los caminos se cruzan.

Dio media vuelta. El caballo negro resopló y comenzó a caminar.

—¡Aleksei! —gritó Nilo.

El hombre alto se detuvo, sin girarse.

—¡Gracias!

Aleksei alzó una mano. No dijo nada. Solo agitó los dedos una vez, como un adiós y un "hasta luego" al mismo tiempo.

Y se fue.

El sonido de los cascos se perdió entre los árboles plateados.

Nilo se quedó mirando el lugar donde había desaparecido, con una opresión en el pecho.

—No llores —pensó Gris—. Los adultos siempre se van. Pero nosotros tenemos una escuela que encontrar.

—Lo sé —dijo Nilo, limpiándose un ojo con la manga.

Agarró a Gris, lo puso en su hombro, y tomó las riendas del caballo dorado.



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En el texto hay: fantasia, aventura, historias breves

Editado: 12.05.2026

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