Nilo "Ojo Dragón"

EL FIN DE LA NIEBLA

Nilo abrió los ojos.

La niebla había desaparecido. Y ante él, como sacado de un sueño que nunca había soñado, se extendía La Orden.

No era un castillo. No era una escuela normal. Era un valle entero lleno de magia. Torres de piedra blanca se elevaban hacia el cielo, tan altas que parecían tocar las nubes. Algunas estaban conectadas por puentes de luz que brillaban con colores cambiantes: azul, rojo, verde, gris. Jardines flotantes colgaban entre las torres, con árboles que tenían hojas de oro y flores que brillaban en la penumbra. Cascadas subían hacia arriba en lugar de caer, y el agua se disolvía en chispas antes de llegar al cielo. Y en el centro de todo, dominando el valle, un árbol enorme, más grande que cualquier árbol que Nilo hubiera visto. Sus ramas se abrían como brazos abrazando el cielo, y sus hojas brillaban como esmeraldas encendidas.

—Es… es más grande de lo que imaginaba —pensó Gris.

Nilo no podía hablar. Solo mirar.

El caballo dorado relinchó suavemente, como si estuviera orgulloso de haberlo llevado hasta allí.

Un hombre alto, vestido con una túnica dorada, caminaba entre los estudiantes recién llegados. Era el director Aldric, aunque Nilo aún no lo sabía. Tenía el pelo blanco como la leche, una barba larga que le llegaba al pecho, y sus ojos azules parecían verlo todo.

—¡En filas y columnas! —tronó su voz, y los estudiantes se movieron como si una mano invisible los hubiera empujado—. ¡Ordenados por altura! ¡Rápido!

Nilo se colocó donde pudo. A su alrededor, chicos y chicas de su edad miraban hacia todos lados, algunos con la boca abierta, otros con los ojos llorosos de emoción. Un chico más pequeño vomitó detrás de un arbusto. Nadie dijo nada.

—¡Adentro! —ordenó Aldric, y la gran puerta de madera oscura se abrió sola.

El comedor de La Orden era una nave gigante, con techos tan altos que parecían el cielo. Mesas largas de madera lustrada se extendían a lo largo y ancho, y sobre ellas había montañas de comida: panes recién horneados, sopas humeantes, pescados enteros, frutas de colores que Nilo nunca había visto, y jarras de jugo que cambiaban de sabor según quién las mirara.

—Esto… esto es un sueño —pensó Gris desde la mochila—. No me despierten.

Un estudiante mayor, con una capa azul y una placa dorada en el pecho, los guió a una mesa vacía. "Siéntense donde quieran. La comida es libre. Pero no peleen por el postre."

Nilo se sentó al lado de un chico de su estatura y su edad. Piel blanca clara, ojos marrones cálidos, y un cabello rizado que parecía no haber visto un peine en días. El chico lo miró y sonrió.

—Hola —dijo, con una voz amable—. ¿Cómo llegaste?

—A caballo —respondió Nilo, sirviéndose un poco de sopa—. Uno dorado. Fue… intenso.

—Yo también —dijo el chico, partiendo un pan en dos mitades—. Pero mi guía era un hombre callado. No habló en todo el viaje. Solo acampamos, caminamos, acampamos, caminamos. Fue aburrido.

—El mío también era callado —dijo Nilo, riendo—. Pero nos atacaron. Un tipo con cadenas y máscara. Casi nos mata.

El chico abrió los ojos. —¿En serio?

—En serio. Pero mi guía… bueno, es largo de contar.

—Pinta bien —dijo el chico, extendiendo la mano—. Me llamo Xabier Ayaviri. Pero todos me dicen Xabi.

Nilo estrechó su mano. —Nilo. Solo Nilo.

—Bienvenido, solo Nilo.

Se rieron. En algún lugar, dentro de la mochila, Gris mordisqueaba un pescado que había robado de la mesa. No dijo una palabra. Solo comió. Y observó.

El olor a pan recién horneado invadió la nariz de Nilo. Por un segundo, cerró los ojos y sintió que estaba en la cocina de su abuela. Pero no. Era La Orden. Y la abuela estaba lejos. Un estudiante mayor vio que Nilo no sabía cómo doblar la servilleta y la estaba enrollando como un acordeón, se acercó, se la quitó con suavidad, la dobló en tres pliegues perfectos y se la devolvió sin decir una palabra. Solo una sonrisa. Nilo sonrió también. Hay gente buena aquí, pensó.

De repente, Aldric se puso de pie en una tarima al fondo del comedor. No necesitó golpear la mesa. Su sola presencia hizo que el murmullo se apagara.

—¡Estudiantes de La Orden! —tronó su voz—. ¡Ordenados por tipo de magia! ¡En silencio! ¡Y quietos!

Todos se quedaron inmóviles. Alguien tosió. Aldric levantó las manos.

—Mi magia no hará daño. Solo les pondrá la ropa que usarán durante su estancia aquí. ¡No se asusten!

Alzó las manos. Un resplandor blanco recorrió el comedor. Nilo sintió un cosquilleo en la piel, como cuando se duerme un brazo pero en todo el cuerpo. Cuando volvió a mirarse, su ropa había cambiado.

Una polera blanca de cuello alto, con el cuello de un verde oscuro que le recordó a los árboles de su casa. Pantalones azul marino. Y en el pecho, bordado en hilo dorado, el símbolo de La Orden: un círculo partido por una línea vertical, con una llama y una pluma cruzadas.

A su alrededor, los demás estudiantes miraban sus propias túnicas con curiosidad.

—Los colores del cuello indican su tipo de magia —explicó Aldric—. Verde para magia natural. Rojo para magia de fuego. Gris para magia de roca. Celeste para magia de agua. Quien no tenga color… bueno, no tendrá magia. Pero en La Orden no rechazamos a nadie. Aprenderán a vivir con ella o sin ella.

Nilo miró su cuello verde. Magia natural. Como su abuela le había dicho. Como él mismo sabía.

Xabi, a su lado, tenía el mismo color verde. Se miraron y sonrieron.

—Somos del mismo equipo —dijo Xabi.

—Parece que sí.

Aldric continuó. Su voz se hizo más grave, más lenta.

—Y ahora, algo que deben saber. Algo que los acompañará todo el tiempo que estén aquí.

El silencio se hizo más profundo.

—Hay una profecía antigua —dijo Aldric—. Una leyenda que viene de antes de que La Orden existiera. Dice así: "Un animal y un hombre se unirán. Salvarán esta escuela. Salvarán el mundo de la magia."

Los estudiantes murmuraron.



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En el texto hay: magia, escuela, aventura accion

Editado: 27.05.2026

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