Después de la cena, un profesor con bigote de alambre repartió llaves de bronce con números grabados.
—Cada uno a su habitación. Las torres están divididas por tipo de magia. Los de magia natural, a la Torre Verde. Descansen. Mañana empieza su nueva vida.
Nilo miró su llave: Torre Verde, Habitación 12. Xabi sacó la misma.
—Somos compañeros de cuarto —dijo Xabi, sonriendo—. Espero que no ronques.
—Mi abuela dice que a veces —respondió Nilo—.
—Yo no ronco —pensó Gris desde la mochila—. Respiro con personalidad.
Subieron por una escalera de caracol que giraba sola, como si estuviera viva. En los rellanos había cuadros de magos antiguos, algunos con caras muy serias y otros con lenguas de fuego asomando entre los dientes. Uno de los cuadros estornudó cuando Nilo pasó.
—No les hagas caso —dijo Xabi—. Mi guía me contó que algunos cuadros tienen gripe.
—¿Los cuadros pueden tener gripe?
—En La Orden, todo puede tener gripe.
La habitación 12 era pequeña, pero tenía cuatro camas de madera, dos ventanas que daban al Árbol de los Silencios, y un baúl al pie de cada cama. Las mantas eran azules, gruesas, y olían a lavanda.
Nilo eligió la cama junto a la ventana. Xabi la de al lado. Las otras dos estaban vacías. Por ahora.
Gris saltó de la mochila, dio dos vueltas sobre la almohada, y se acurrucó en forma de pan.
—Esta cama es mía —pensó—. El humano puede usar el borde.
Nilo se sentó en el borde de su cama. La espalda le dolía del viaje. Xabi se sentó enfrente, cruzó las piernas, y empezó a desabrocharse los botones de la polera.
—¿Tú cómo llegaste a la magia natural? —preguntó Xabi.
—No sé —dijo Nilo—. Un día hice revivir un arbusto. Y luego… bueno, un libro prohibido, un mago malo, una pelea. Cosas de magos.
—¿Un libro prohibido? —los ojos de Xabi se abrieron—. ¿En serio?
—En serio. Pero no sé si debería contarlo.
—Entonces no lo cuentes —dijo Xabi, sin insistir—. Yo llegué porque mi hermana tiene magia de fuego. Mis padres querían que viniera a estudiar también. Para que la cuidara, creo. Y porque soy bueno con las plantas. En casa tengo un huerto.
—¿Un huerto? Mi abuela hornea pan. A veces usaba hierbas de su jardín.
—Ah, el pan —suspiró Xabi—. Cómo extraño el pan de mi casa. El de acá es bueno, pero no es lo mismo.
—Ningún pan es como el de la abuela —dijo Nilo, y se quedó callado un momento.
La cama era más dura que la de su casa. Nilo apoyó la espalda y sintió cada tabla de madera. No es la misma, pensó. Pero puede servir.
Gris, que había estado en silencio, asomó la cabeza desde la almohada. Xabi lo vio y pegó un saltito en la cama.
—¡Un gato! —exclamó—. ¡Tienes un gato! ¿Se puede traer mascotas a La Orden?
—No es una mascota —dijo Nilo—. Es mi amigo. Se llama Gris.
Gris parpadeó despacio. "Presentaciones formales. Me gusta este chico."
—¿Y cómo lo conociste? —preguntó Xabi, acercándose para acariciarlo. Gris se dejo
—Apareció en el bosque. Habló. Y yo lo entendí. Nadie más lo entiende. Solo yo.
Xabi se quedó con la mano en el aire. —¿El gato habla?
—No lo vas a escuchar. Solo yo. Pero sí, habla.
Xabi lo miró a los ojos. Luego miró a Gris. Luego volvió a mirar a Nilo.
—Eso es… raro. Pero en esta escuela, supongo que lo raro es normal.
—Me cae bien este chico—pensó Gris.
Nilo sonrió.
Xabi metió la mano en su mochila y sacó algo. Era pequeño, redondo, hecho de madera clara, con una bombilla de metal brillante en el centro.
—¿Tomas mate? —preguntó.
—No sé qué es eso —dijo Nilo.
—Es una infusión. Hierbas. Mi padre me lo regaló cuando me fui. Dice que el mate calma el alma. Y acompaña.
Xabi preparó el mate con agua caliente de una jarrita que nunca se enfriaba (pequeños milagros de La Orden). Lo cebó, lo sopló, y se lo tendió a Nilo.
—Toma. Es amargo al principio. Pero después te gusta.
Nilo probó. Era amargo. Pero caliente. Y de alguna forma, sí, acompañaba.
En eso, la puerta se abrió de golpe.
Un chico altísimo entró en la habitación. Tenía el pelo rapado al ras, una nariz grande y unos hombros que parecían de piedra. Llevaba la polera blanca con cuello gris magia de roca, pero estaba ajustada dejando ver su figura atlética
No era gordo. Era corpulento. Como una montaña pequeña.
—¿Vieron un loro? —preguntó, con una voz grave que retumbó en la habitación—. Se escapó. Vino volando por aquí.
Nilo y Xavi negaron con la cabeza.
En eso, un chillido se escuchó detrás del baúl.
—¡Agg golpes golpes! —dijo el loro, saliendo volando con las alas abiertas.
El chico alto suspiró. Extendió un brazo como si fuera una rama, y el loro se posó en él.
—Perdón —dijo el chico, mirando a Nilo y Xavi—. Se llama Martillo. Es medio idiota.
—Agg idiota idioto —repitió el loro.
—Guards silencio loro—dijo el chico, sin mala onda.
—Cállate cállate —repitió el loro.
El chico se presentó. Ivanovik. Vengo de Rusia. Magia de roca. No hablo mucho, pero caigo bien. ¿Puedo sentarme?
—No hablas mucho pero acabas de decir cuatro fruciones seguidas —dijo Xavi, riendo.
—Eso es porque ustedes caen bien. Si no, no hablaba nada.
Se sentó en la cama vacía. El loro se quedó quieto en su hombro, mirando a todos con ojitos de loco.
Los tres se quedaron charlando un rato. Ivanovik contó que llegó en un carruaje tirado por caballos de piedra literal: caballos hechos de roca que se movían solos. Que su madre le había dado un queso de tres kilos para el viaje. Que se lo comió entero en el primer día.
—En mi tierra, la comida es sagrada —dijo Ivanovik, tocándose el estómago—. Y yo soy muy religioso.
Xavi se partía de risa. Nilo también.
En un momento, Ivanovik se puso serio. Señaló hacia el final del pasillo, más allá de las escaleras.
—¿Vieron esa puerta grande, al fondo? La que tiene un dragón tallado?