La mañana comenzó con el aroma a pan tostado flotando por los pasillos de la Torre Verde. Nilo despertó antes que Xavi, lo cual era raro. Gris seguía acurrucado en la almohada, roncando suavemente.
—Cinco minutos más —pensó el gato.
Nilo se vistió en silencio, atándose las botas con cuidado para no hacer ruido. Pero la cama de Xavi crujió.
—¿Ya estás despierto? —preguntó Xavi, frotándose los ojos.
—Siempre me levanto temprano. Mi abuela dice que el pan no espera.
—Tu abuela suena sabia. Y hambrienta.
Xavi se incorporó, estiró los brazos y se quedó mirando la ventana. Afuera, el Árbol de los Silencios brillaba con una luz verde tenue, como si estuviera respirando.
—¿Nunca te preguntaste por qué estamos aquí? —dijo Xavi, de repente serio.
—¿Para aprender magia?
—No. Quiero decir... por qué nosotros. Por qué tú y yo. Por qué la magia natural nos eligió.
Nilo se sentó en el borde de su cama. Nunca se había hecho esa pregunta. La magia le había llegado como un accidente, como un regalo que no pidió y que a veces lo asustaba.
—No lo sé —admitió—. Pero si tengo que aprender a controlarla, prefiero hacerlo con alguien que no se ría cuando me sale mal.
Xavi sonrió. —Eso sí que no te lo voy a prometer. Si conviertes una pluma en madera otra vez, me voy a reír.
—Eres un mal amigo.
—Soy un amigo honesto. Es peor.
Se rieron. Gris abrió un ojo, los miró con desprecio, y volvió a dormirse.
Bajaron al comedor juntos. El lugar ya bullía de actividad: estudiantes de todas las torres desayunaban apurados, algunos repasando apuntes, otros riendo, uno que otro todavía en pijama un chico de magia de agua que había dormido en la biblioteca, según explicó Xavi
Nilo y Xavi se sirvieron pan con mermelada, jugo de frutas que cambiaba de color cada vez que lo mirabas, y un par de manzanas rojas que brillaban como joyas.
—¿En tu casa también desayunas así? —preguntó Nilo.
—No —dijo Xavi, con la boca llena—. En mi casa desayuno mate. Y pan duro. Y a veces, si mi hermana se levanta de buen humor, huevos revueltos.
—¿Tu hermana cocina bien?
—Cocina bien. Pero no le digas que te lo dije. Se pone nerviosa y se le quema todo.
Nilo rió. No sabía por qué, pero hablar de la familia de Xavi le daba una sensación cálida, como si por un momento estuviera en su propia casa.
—Mi abuela hornea el mejor pan del reino —dijo Nilo—. Te juro que si lo probaras, nunca más comerías otro.
—Entonces algún día voy a tu casa y lo pruebo.
—Trato hecho.
Chocaron los puños. Gris, desde la mochila de Nilo, asomó la cabeza.
—Lindo momento. Pásenme un pan
—Ya enseguida señor—susurró Nilo con un tono burlón.
—¿Qué? —preguntó Xavi.
—Nada. Gris habla.
—Ah. Bueno.
Xavi ya se estaba acostumbrando.
Un estudiante de magia de roca se sentó frente a ellos y, sin querer, convirtió su pan en una piedra. Lo miró con tristeza y dijo: "Otra vez". Xavi le ofreció la mitad del suyo. El chico aceptó, le dio una mordida a la piedra, y dijo: "Todavía está duro". Nilo y Xavi se rieron tanto que casi escupen el jugo.
Después de desayunar, Xavi propuso dar una vuelta antes de la clase de lucha.
—Hay un puente colgante detrás de la torre de fuego —dijo—. Dicen que si lo cruzas, te da buena suerte.
—¿Crees en la suerte?
—Creo en las excusas para no estudiar.
Fueron. El puente colgante era largo y viejo, hecho de cuerdas gruesas y tablones que crujían con cada paso. Debajo, un río de aguas violetas corría rápido. Gris se asomó desde la mochila y se arrepintió al instante.
—Esto es alto. Muy alto. Estoy acá adentro, no me saques.
—Tranquilo —dijo Nilo—. No te voy a sacar.
—Si me sacas, te rasguño la cara.
Cruzaron el puente lentamente, sintiendo el viento en la cara. En la mitad, Nilo se detuvo.
—Xabi —dijo—. ¿Tú crees que la gente nace siendo buena o mala?
Xavi se detuvo también. Se apoyó en la cuerda y miró el agua violeta.
—Creo que la gente nace siendo gente. Después, las cosas que le pasan la vuelven buena o mala.
—¿Y si te pasan cosas malas? ¿Eso te vuelve malo?
—No necesariamente —dijo Xavi, encogiéndose de hombros—. Mi... alguien que conozco tuvo una vida muy difícil. Perdió cosas. Pero sigue siendo buena persona. O al menos, lo intenta.
Nilo lo miró. Xavi tenía una expresión rara en la cara, como si estuviera hablando de alguien muy cercano. Pero no dijo más.
Terminaron de cruzar el puente. Al otro lado, el sol pegaba más fuerte. Gris suspiró aliviado desde la mochila.
—No vuelvo a cruzar eso ni aunque me paguen.
En la vuelta, se encontraron con Ivanovik, que estaba sentado en una banca con el loro Martillo posado en la cabeza. "El loro se escapó otra vez", dijo. "Lo encontré en el campanario. Estaba peleando con una paloma." "Agg paloma idiota", dijo el loro. Ivanovik lo miró con cansancio. "¿Ves? Tengo un hijo y es idiota."
Clase de lucha cuerpo a cuerpo
El gimnasio de lucha estaba en el subsuelo de La Orden, debajo de la torre de roca. Era una sala enorme, con el suelo de tierra apisonada y las paredes cubiertas de colchonetas viejas que olían a sudor y a hierro.
Los estudiantes estaban ordenados en filas, todos con sus uniformes deportivos polera blanca sin capa, shorts azul marino, zapatillas negras
El profesor Nyxen entró caminando despacio, como si el tiempo le sobrara. Era enorme, ancho. Sus hombros parecían dos rocas. La cabeza era calva, brillante, con una cicatriz gruesa que le cruzaba el labio superior hasta la nariz. Parecía un hombre que había peleado contra osos. Y había perdido la pelea contra el oso, pero el oso también.
—Soy Nyxen —dijo, con una voz grave que retumbó en la sala—. No uso magia. Nunca la usé. No la necesito.
Caminó entre las filas de estudiantes, mirándolos a los ojos.
—La magia falla. Se acaba. Te puede abandonar en el peor momento. Pero el cuerpo, si lo entrenan bien, no.