La mañana amaneció nublada, pero no fría. Una luz gris y suave entraba por la ventana de la habitación, y Gris todavía estaba enroscado en la almohada como un pan de felpa.
—Hoy no hay clase hasta tarde —pensó el gato—. Déjame dormir.
—Hay clase de historia dentro de una hora —dijo Nilo, atándose las botas.
—La historia puede esperar. El sueño, no.
Nilo lo levantó con cuidado y lo metió en la mochila. Gris protestó con un pensamiento flojo y vibrante, como un ronroneo invertido.
—Me debes un pescado.
—Te debo muchos pescados ya.
Xavi ya no estaba en la habitación. Había madrugado para una práctica especial de magia natural con el profesor Orfeo. Nilo había querido ir, pero el profesor había dicho que solo había cupo para tres y Xavi había levantado la mano primero.
—"La próxima vez" —le había dicho Xavi, dándole una palmada en el hombro—. "Mientras tanto, estudia. Y no dejes que Gris te distraiga."
—Él me distrae a mí —pensó Gris
Nilo salió al pasillo con la mochila al hombro. No sabía bien a dónde ir. La clase de historia empezaba dentro de un rato, pero el aula quedaba en la torre opuesta. Podía tomar el puente flotante o bajar por las escaleras de caracol que giraban más lento cuando tenías sueño.
Optó por las escaleras. Gris prefería las escaleras. "Los puentes son para los pájaros y los suicidas", había dicho una vez.
A medio camino, en un rellano que daba a un pequeño jardín interior, la vio.
Scarleth estaba sentada en una banca de piedra, con un libro abierto sobre las rodillas. Tenía las gafas redondas un poco inclinadas y el pelo rizado recogido en una cola baja. No lo había visto llegar. Sus labios se movían en silencio, como si estuviera leyendo en voz alta para sí misma.
Nilo se quedó quieto, indeciso. Saludar o no saludar. Acercarse o seguir de largo. Gris le dio un empujón mental.
—Ve. Pero no digas ninguna tontería.
—Tú siempre dices tonterías.
—Yo soy un gato. Es mi trabajo.
Nilo respiró hondo y se acercó.
—Hola —dijo, con una voz que le salió más ronca de lo que quería.
Scarleth levantó la cabeza. Sus ojos marrones se abrieron un poco más. El libro se le resbaló de las rodillas y cayó al suelo con un paf.
—¡Ah! —se agachó a recogerlo, se golpeó la cabeza con la banca, y las gafas se le torcieron.
—¿Golpeaste? —preguntó Nilo, agachándose también.
—No —dijo ella, frotándose la frente—. No mucho. Un poco. Estoy bien.
Se enderezaron al mismo tiempo y quedaron muy cerca el uno del otro. Scarleth dio un paso atrás. Nilo también. Gris bostezó desde la mochila.
—Romance adolescente. Qué lindo. Me duermo.
—Disculpa —dijo Nilo—. No quería asustarte.
—No me asustaste. Me... sorprendiste. Nada más.
Scarleth arregló sus gafas. El libro seguía en su mano. Nilo vio el título: "Teoría elemental del fuego controlado".
—¿Estudias para la clase de magia de fuego? —preguntó.
—Sí. La profesora es muy exigente. Yo no soy muy buena, pero si no estudio, soy peor.
—Yo tampoco soy muy bueno en magia natural —dijo Nilo—. El otro día hice una pluma de madera.
—Ya me contaste —dijo Scarleth, y esbozó una sonrisa pequeña—. Me hizo sentir mejor.
—¿Por qué?
—Porque a mí me pasa al revés. Intento hacer fuego y solo sale humo. Una vez hice tanto humo que tuvieron que abrir todas las ventanas.
Nilo se rió. Ella también se rió. Una risa bajita, nerviosa, pero sincera.
—¿Quieres caminar un rato? —propuso Nilo—. La clase de historia todavía no empieza.
Scarleth dudó un segundo. Miró su libro. Lo cerró. Lo apretó contra el pecho.
—Está bien —dijo—. Un ratito.
Caminaron por el jardín interior. Era un espacio pequeño, con un par de bancas, una fuente en miniatura y un árbol añoso que tenía las ramas tan bajas que casi tocaban el suelo. Las hojas eran de un verde tan oscuro que parecían negras.
—¿Te gustan los árboles? —preguntó Nilo.
—No sé. Nunca tuve uno.
—Mi abuela tiene un jardín. Bueno, no un jardín. Unas macetas. Pero ella habla con las plantas. Dice que si las tratas bien, te dan de comer.
—Tu abuela suena linda.
—Lo es. A veces es un poco torpe. Una vez regó las flores con jugo de naranja porque confundió las jarras.
Scarleth se rió de nuevo. Esta vez más fuerte.
—Mi mamá una vez puso sal en el té. No se dio cuenta hasta que mi papá escupió el primer sorbo.
—¡Encerio!
—Sí. Mi papá dijo "este té está salado" y mi mamá dijo "es una receta nueva". No era ninguna receta.
Se rieron los dos. Gris, desde la mochila, movió la cola.
—Esto es insoportablemente tierno. Necesito un pescado para compensar.
Llegaron a una pared antigua que separaba el jardín de la torre de historia. La pared era de piedra gris, cubierta de musgo, y tenía grabados tallados en la superficie. Figuras humanas, árboles, animales. Y entre ellos, palabras.
Nilo se acercó. Las letras eran viejas, algunas borradas por el tiempo.
—Mira esto —dijo.
Scarleth se acercó. Leyó en voz baja:
"...serán la llave..."
—Eso es de la profecía —dijo ella, en voz casi un susurro.
—¿Tú sabes la profecía?
—Solo fragmentos. Nadie la sabe completa. Los registros se quemaron. Pero esa frase... la he escuchado antes. En clase. En el discurso del director.
—"Serán la llave" —repitió Nilo—. ¿La llave de qué?
—No sé. De algo. Quizás de una puerta. Quizás de algo que no está cerrado todavía.
Se quedaron en silencio, mirando las palabras talladas en la piedra. El musgo crecía alrededor, como si intentara taparlas, pero no podía.
—A veces me da miedo —dijo Scarleth, de repente.
—¿Qué cosa?
—La profecía. Habla de un hombre y un animal. De que pueden salvar el mundo... o destruirlo. ¿Y si el hombre soy yo? ¿Y si no puedo controlarlo?
—Tú eres magia de fuego —dijo Nilo—. La profecía habla de magia natural, ¿no? O eso dicen.