Nilo "Ojo Dragón"

LECHUZA

La clase de encantamientos era en la torre este, un aula circular con ventanas que daban a las montañas. El profesor era un hombre delgado, de movimientos lentos y voz suave, llamado Maestro Lumen. Usaba una túnica violeta y llevaba siempre un pájaro de papel flotando sobre su hombro.

—Hoy —dijo, con una sonrisa tranquila—, transformaremos objetos comunes en insectos. Es un ejercicio de precisión. No se preocupen si no sale bien al principio. La magia se parece a la paciencia: cuanto más la fuerzas, menos aparece.

Repartió botones. Los botones eran de colores: rojos, azules, verdes. A Nilo le tocó uno amarillo.

—Concéntrense en la forma del insecto. En sus patas. En sus antenas. En la manera en que se mueven. La magia de transformación no es voluntad. Es imaginación.

Los estudiantes comenzaron a susurrar sobre sus botones. Algunos botones se convirtieron en hormigas. Otros en mariquitas. Uno, desafortunadamente, se transformó en una cucaracha que salió volando y se posó en el techo.

—Trece puntos para Gryffindor —bromeó una chica de magia de agua.

—No estamos en esa escuela —dijo el maestro Lumen, sin ofenderse.

Nilo miró su botón amarillo. Cerró los ojos. Imaginó un insecto. Un escarabajo pequeño, de patas finas, con antenas que se movían como preguntas.

Apretó las manos. El botón brilló. Y cuando la luz se apagó, el botón había crecido. Ahora tenía patas. Ocho patas. Largas, torcidas, como las de una araña. Pero el cuerpo seguía siendo un botón. Redondo. Amarillo. Con los agujeros donde iba la costura.

—Es un botón con patas —dijo Xavi a su lado, conteniendo la risa.

—No se mueve —dijo Nilo.

—Los botones con patas no se mueven. Porque no son insectos. Son botones con patas.

El maestro Lumen se acercó. Observó el botón patas. Asintió con calma.

—La forma es correcta. Pero le falta vida. No se preocupe. La vida no se aprende de un día para otro.

Puso su mano sobre la de Nilo. Una luz cálida recorrió sus dedos. El botón patas tembló. Sus patas se movieron. Caminó un paso. Luego otro. Luego se convirtió en un escarabajo amarillo que subió por la manga de Nilo hasta su hombro.

—Lo lograste —dijo Xavi, con una sonrisa honesta.

—Lo logramos —respondió Nilo.

El escarabajo amarillo se posó en su oreja como un arete viviente. Al rato, se durmió.

Cosas cotidianas de la clase: Una chica de magia de roca convirtió su botón en una piedra con patas. El maestro Lumen dijo: "Técnicamente, una piedra no es un insecto". Ella respondió: "Pero tiene patas". El maestro no supo qué decir. Le dio los puntos igual.

Cuando la clase terminó, Nilo volvió a su habitación. Gris estaba durmiendo en su cama, boca arriba, con las patas hacia el techo y la lengua un poco afuera.

—No me despiertes —pensó, aunque estaba dormido y no podía pensar nada.

Nilo dejó sus cosas. Guardó el libro de encantamientos. Se cambió la polera sudada. Y salió.

La biblioteca de La Orden era uno de los lugares más grandes que había visto. No solo por los libros. Por el silencio. El silencio allí era denso, casi sólido, como caminar dentro de un bloque de hielo. Los estantes subían hasta el techo, y había escaleras de mano rodantes para alcanzar los libros más altos. Lámparas de luz flotante se movían solas, siguiendo a los estudiantes que necesitaban leer.

Nilo buscó la sección de magia natural. Estaba en un rincón, cerca de una ventana que daba al Árbol de los Silencios.

Pasó los dedos por los lomos de los libros. "Flora y fauna mágica". "El lenguaje de las raíces". "Manual del mago verde".

Entonces lo vio.

Un libro estaba fuera de lugar.

No en la estantería donde debía estar. Estaba apoyado en una mesa, abierto por la mitad, con las páginas hacia arriba como una carpa. Alguien lo había dejado allí. Alguien que se había ido rápido.

Nilo se acercó. Las páginas hablaban de la magia prohibida. De hechizos que no se enseñaban en La Orden. De objetos que podían revivir cuerpos.

—Ojo Dragón —leyó en voz baja.

En ese momento, una sombra se movió al fondo. Rápida. Silenciosa. Nilo levantó la vista. No había nadie. O sí. Alguien. Al fondo, entre los estantes de historia antigua, una figura encapuchada caminaba con pasos largos y seguros.

Nilo pensó que era algún estudiante. Cualquier estudiante. La biblioteca era grande. La gente pasaba. No le dio importancia.

Hasta que la figura encapuchada se detuvo frente al mostrador del bibliotecario.

El bibliotecario era un hombre viejo, con lentes de aumento y una barba que le llegaba al pecho. Tenía un loro verde posado en el hombro. El loro tenía los ojos brillantes y una expresión de que sabía más de lo que decía.

—Disculpe —dijo el encapuchado, con voz grave y distorsionada, como si hablara detrás de una máscara—. ¿Dónde está la cámara del Ojo Dragón?

El bibliotecario levantó la vista. Parpadeó.

—¿La cámara del qué?

—El Ojo Dragón. El huevo dorado. Debe saber de lo que hablo.

—Joven, llevo cuarenta años en esta biblioteca y nunca he oído hablar de eso. Quizá debería revisar la sección de mitos y leyendas. Tercer piso, al fondo.

El encapuchado no dijo nada. Se dio la vuelta y caminó hacia la salida.

Nilo sintió un cosquilleo en los dedos. El Ojo Dragón, pensó. Ivanovik lo mencionó. La cámara prohibida. Las trampas mágicas. ¿Quién es ese tipo?

Dejó el libro abierto sobre la mesa y empezó a seguir al encapuchado.

El encapuchado caminaba rápido, pero no miraba atrás. Nilo lo seguía a unos veinte pasos de distancia, escondiéndose detrás de columnas y estanterías. Pasaron por la sección de matemáticas mágicas, por el pasillo de los mapas antiguos, por una puerta que daba a un patio interior vacío.

Entonces, sin previo aviso, el encapuchado se detuvo.

Nilo también se detuvo. Su corazón golpeaba fuerte. Me vio, pensó. Me vio y ahora va a darse la vuelta.



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En el texto hay: magia, escuela, aventura accion

Editado: 27.05.2026

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