Al día siguiente, la profesora Zyca anunció algo que hizo brillar los ojos de Xavi.
—Estudiantes de magia natural —dijo, con su voz cortante pero no cruel—. Hoy tienen una clase especial con el profesor Orfeo. No lleguen tarde. Y no le hagan preguntas sobre su tortuga.
—¿Quién es el profesor Orfeo? —preguntó Nilo a Xavi mientras caminaban hacia la torre este.
—Solo el mago natural más poderoso de las últimas décadas —respondió Xavi, con una emoción mal contenida—. Dicen que puede hablar con los árboles. Que las flores florecen a su paso. Que una vez detuvo una avalancha haciendo crecer raíces desde la montaña.
—¿Y por qué da clases?
—Porque está aburrido. O porque sí. Los magos poderosos son raros.
El profsor Orfeo los esperaba en una puerta de madera cubierta de hiedra, al final de un pasillo que Nilo nunca había visto. Era un hombre anciano, de espalda encorvada y manos temblorosas. Tenía el pelo blanco como la leche, una barba que le llegaba al pecho, y unos ojos de un verde tan claro que parecían transparentes. Vestía una túnica marrón, sin adornos, y en sus hombros descansaba una tortuga pequeña del tamaño de un puño.
—Bienvenidos —dijo Orfeo, con una voz suave como el musgo—. Hoy van a conocer el jardín secreto. No muchos estudiantes entran aquí. Así que compórtense.
—¿Y si no nos comportamos? —preguntó un chico de magia de roca que se había colado.
—Entonces la tortuga les muerde los tobillos.
La tortuga levantó la cabeza. Miró al chico. Volvió a dormirse.
Orfeo abrió la puerta.
Detrás no había un jardín normal. Era un mundo aparte.
El techo era de vidrio, pero tan alto que parecía el cielo. Los árboles crecían hasta tocar las nubes pintadas en los vitrales. Había flores de todos los colores, algunas tan grandes como sillas, otras tan pequeñas como hormigas. Un arroyo de agua cristalina cruzaba el centro, y peces de colores nadaban en él, pero no eran peces: eran hojas que se movían solas.
—Esto... —dijo Nilo, sin encontrar palabras.
—Es hermoso —completó Xavi.
—Es mi casa —dijo Orfeo—. Vivo aquí cuando no estoy dando clases. Las plantas son mis vecinas. Los árboles, mis amigos. La tortuga, mi compañera de insomnio.
La tortuga bostezó.
Orfeo los guió a un claro donde habían macetas de barro, tierra negra y semillas de distintos tamaños.
—La magia natural —dijo, sentándose en el suelo con una agilidad que no parecía propia de su edad— no se impone. No se fuerza. No se exige.
Miró a los estudiantes uno por uno.
—La magia natural se escucha. Las plantas tienen memoria. La tierra tiene voz. El mago natural no es un dueño. Es un compañero.
Tomó una semilla del tamaño de una lenteja y la puso en la palma de su mano.
—No hagan nada. Solo escuchen.
Cerró los ojos. La semilla tembló. Una raíz pequeña asomó. Luego un tallo. Luego una hoja. Luego una flor blanca, pequeña, perfecta.
—Eso no fue magia —dijo Orfeo, abriendo los ojos—. Fue conversación. La planta quería crecer. Yo solo la acompañé.
Los estudiantes se miraron. Algunos entendieron. Otros no. Tayron, que estaba al fondo del grupo, frunció el ceño.
—Parece fácil —murmuró.
—Nada fácil es fácil —respondió Orfeo, que tenía el oído de un búho—. Ahora ustedes.
La tortuga de Orfeo se perdió en medio de la clase. El profesor la buscó durante cinco minutos, revisando debajo de las hojas, detrás de las macetas, dentro de un arbusto de frambuesas. "Siempre se esconde", dijo. "Cree que jugamos al escondite. Pero yo no juego. Yo solo sufro." Los estudiantes ayudaron a buscarla. Apareció dentro de una flor gigante, dormida. Orfeo suspiró. "Es mi hija. Pero no le digan."
Orfeo les pidió que hicieran crecer una planta cada uno. Les entregó macetas pequeñas, tierra negra y una semilla de girasol.
—Concéntrense. Escuchen. No fuercen.
Xavi fue el primero. Cerró los ojos, apoyó las manos en la tierra, y en pocos segundos un tallo verde asomó. Pequeño. Frágil. Pero vivo.
—Bien —dijo Orfeo.
Ivanovik, que se había colado en la clase (su loro lo delató con un "Agg magia natural natural"), miró su semilla con desconfianza.
—En Rusia —dijo—, las plantas crecen solas o no crecen.
—Inténtalo —dijo Orfeo.
Ivanovik puso sus manos grandes sobre la maceta. La maceta crujió. La semilla no se movió.
—Creo que la maté.
—No la mataste. La asustaste. Hay diferencia.
Llegó el turno de Nilo.
Se arrodilló frente a su maceta. Apoyó las manos en la tierra. Cerró los ojos. Intentó escuchar, como Orfeo había dicho.
Al principio, nada. Solo silencio.
Luego, un susurro. Muy lejano. Como una voz que no usaba palabras.
Nilo se concentró más. La tierra tembló. Las raíces asomaron.
Demasiado rápido.
Las raíces crecieron como serpientes, saliéndose de la maceta, extendiéndose por el suelo. Un compañero saltó hacia atrás para no tropezar. Las raíces treparon por las paredes del jardín, enredándose en los tallos de otras plantas, cubriendo el suelo como una alfombra marrón.
—¡Nilo, para! —gritó Ivanovik.
Nilo intentó parar. Pero no podía. Las raíces seguían creciendo, más gruesas, más largas, como si tuvieran hambre de mundo.
Orfeo levantó la mano. Un gesto suave, casi perezoso. Las raíces se detuvieron. Se encogieron. Volvieron a su tamaño normal.
El silencio cayó sobre el jardín.
Orfeo miró a Nilo. No con enojo. Con seriedad.
—Tu poder es grande —dijo—. Pero si no lo controlas, puede hacer daño.
Nilo bajó la cabeza. Las manos le temblaban.
—Lo siento —murmuró.
—No te disculpes. Aprende.
Al fondo del jardín, Tayron había visto todo. Sus ojos estaban abiertos, pero no con sorpresa. Con miedo. Y con rencor.
—Eso es lo que mató a mis padres —susurró, tan bajo que nadie lo escuchó.
Nadie, excepto Gris, que estaba en la mochila de Nilo, con las orejas tiesas.