Nilo no podía sacarse de la cabeza las palabras del árbol.
—El ya viene.
Había pasado dos días desde aquel susurro. Dos días dando vueltas en la cama, repitiendo la frase en silencio, mirando a Gris como si el gato tuviera todas las respuestas.
—No me mires —pensó Gris—. Yo solo sé de pescado y siestas.
—Pero escuchaste algo aquella vez, ¿no?
—Escuché el viento. El viento no habla.
—El árbol habló. Yo lo escuché.
—Los árboles no hablan. Los árboles están ahí. Punto.
Nilo suspiró. Gris no creía en misterios. O sí, pero no le gustaba admitirlo.
Esa tarde, después de las clases, Nilo decidió volver a la biblioteca. No para estudiar. Para buscar. No sabía bien qué. Pistas. Respuestas. Algo que le dijera qué significaba aquella sombra en su sueño, aquella voz en el árbol, aquella sensación de que el tiempo se acababa.
Gris fue con él, instalado en su lugar habitual dentro de la mochila, con la cabeza asomando como un loro perezoso.
—La biblioteca huele a viejo —pensó—. Los libros viejos huelen a abuelos. No me gusta.
—A mí me gusta —dijo Nilo.
—Tú eres raro.
Caminaron entre los estantes, pasando los dedos por los lomos de los libros. Nilo buscaba algo. Cualquier cosa. Una palabra. Un dibujo. Una señal.
Llegó a una sección apartada, cerca de la pared del fondo, donde los libros eran más antiguos y el polvo más espeso. Allí, detrás de una estantería de "Teorías obsoletas de la magia elemental", notó algo raro.
La pared no era pared.
Era una ilusión.
Un hechizo de camuflaje, viejo pero funcional, que hacía parecer que había piedra donde en realidad había un vano oscuro.
—Gris —susurró—. Mira esto.
—Estoy mirando. Veo una pared.
—No es una pared. Es un truco.
Nilo metió la mano. La piel atravesó la piedra falsa como si fuera agua. Sintió una corriente de aire frío del otro lado.
—No entres —pensó Gris, de repente tenso—. Huele a cerrado. A muerto. A cosa mala.
—Por eso tengo que entrar.
Empujó la estantería lo suficiente para crear un hueco y se deslizó al otro lado. Gris se agarró fuerte a la mochila.
Del otro lado no había un pasillo. Había una cámara pequeña, de piedra negra, sin ventanas. La única luz venía de unas velas flotantes que ardían solas en el techo, con una llama azulada que no parpadeaba.
En las paredes, grabados antiguos.
Figuras humanas arrodilladas frente a un objeto redondo. Un huevo. Un huevo enorme, con escamas, que brillaba como el sol. Alrededor, personas con las manos levantadas. Y más abajo, las mismas personas, pero esta vez con los cuerpos tendidos en el suelo. Muertos. Revividos.
—El Ojo Dragón —leyó Nilo en voz alta, recorriendo las inscripciones con la punta de los dedos—. "El que posea el Ojo puede llamar de vuelta a los muertos. Pero no sin un precio."
—¿Qué precio? —preguntó Gris, con un pensamiento más agudo de lo normal.
—No lo dice. Solo dice "precio".
Siguió leyendo. Las palabras eran viejas, escritas en un idioma que apenas entendía. Pero algunas frases se le quedaron grabadas:
"El Ojo no da vida. La toma prestada."
"Quien despierta a los muertos, duerme con ellos."
"La muerte no se engaña. Solo se pospone."
Nilo sintió un escalofrío. No era miedo. Era otra cosa. Una advertencia.
Pasos
—Alguien viene —pensó Gris.
Nilo lo sintió también. Pasos. Lentos. Pesados. No eran los de un estudiante curioso. Eran los de alguien que sabía exactamente a dónde iba.
Se escondió detrás de una columna de piedra, pegando la espalda a la pared fría. Gris se metió entero en la mochila, solo dejando los ojos y las orejas afuera.
La silueta apareció en la entrada de la cámara.
Una capucha negra. La misma que había visto en la biblioteca. El encapuchado caminó hasta el centro de la cámara, mirando a izquierda y derecha. Llevaba guantes de cuero y una bolsa de tela colgando del hombro.
—No está aquí —murmuró, con una voz grave y distorsionada—. Maldición.
Golpeó la pared con el puño. La piedra no se movió.
—Lo movieron. O nunca estuvo aquí.
Dio una vuelta más por la cámara, revisando los grabados con sus dedos enguantados. Nilo contuvo la respiración. El encapuchado pasó a menos de un metro de la columna donde se escondía.
—Tengo que buscar en otra parte —dijo, para sí mismo—. La Orden es grande. El Ojo está en algún lugar. No pueden haberlo destruido.
Se dio la vuelta y salió. Sus pasos se alejaron. Luego, silencio.
Nilo esperó un minuto. Dos. Cinco.
—Ya se fue —pensó Gris—. Pero no respires tan fuerte.
—No respiro fuerte.
—Sí respiras. Pareces un fuelle.
Nilo salió de detrás de la columna. Las piernas le temblaban un poco. No por el frío.
—Ese tipo está buscando el Ojo Dragón —dijo—. Quiere revivir a alguien.
—O a algo —corrigió Gris.
Salieron de la cámara. Nilo empujó la estantería para que volviera a su lugar. Miró hacia ambos lados. Nadie.
—Tenemos que avisar a alguien —dijo.
Aldric
El director Aldric estaba en su despacho, una torre circular llena de mapas, libros y objetos flotantes que no parecían tener ningún propósito evidente. Tenía los pies apoyados sobre un taburete y los brazos cruzados. Cuando entró Nilo, no se sorprendió.
—Pensé que vendrías —dijo—. Tienes cara de haber encontrado algo que no deberías.
Nilo le contó todo. La puerta oculta. La cámara. Los grabados. El encapuchado.
—Busca el Ojo Dragón —dijo Nilo—. Quiere revivir a alguien.
Aldric lo escuchó en silencio. Cuando Nilo terminó, el director se quedó mirando la ventana un largo rato.
—No hables de esto con nadie —dijo al fin—. Voy a investigar.
—¿No vamos a buscarlo? —preguntó Nilo—. El encapuchado podría estar en la escuela ahora mismo.
—Lo sé. Pero si lo buscamos, lo asustamos. Y si lo asustamos, se esconde más. Mejor esperar a que se equivoque.