Esa noche, la escuela no durmió.
Nilo lo supo antes de que ocurriera. Sintió el aire más pesado, los pasillos más oscuros, los susurros de los cuadros más callados. Gris estaba tenso en la mochila, con las orejas tiesas y los ojos fijos en la nada.
—Huele a cuervo otra vez —pensó—. Más fuerte. Más cerca.
Nilo quiso ir a buscar a Xavi, pero algo lo detuvo. Una sensación. Una advertencia. No te muevas. No ahora.
Entonces escuchó el ruido.
No era un golpe. No era un grito. Era un crujido, como de piedra moviéndose contra piedra. Venía de la biblioteca. De la cámara oculta.
Corrió.
La estantería estaba movida. La puerta ilusoria, abierta. Del otro lado, luces rojas y negras parpadeaban como tormentas en miniatura.
Nilo se asomó sin hacer ruido.
Dentro de la cámara, tres figuras rodeaban al encapuchado.
La profesora Zyca estaba a la izquierda, con las manos extendidas y un escudo de luz violeta brillando frente a ella. Su cara era una máscara de concentración, las gafas redondas reflejando las sombras.
A la derecha, el profesor Nyxen no usaba magia. Usaba su cuerpo. Sus puños eran martillos, sus patadas troncos. Avanzaba contra el encapuchado paso a paso, rompiendo las sombras que el enemigo lanzaba contra él.
Y en el centro, el director Aldric alzaba una espada de luz dorada, tan brillante que dolía mirarla. No atacaba. Esperaba. Sus ojos azules no parpadeaban.
—Ríndete —dijo Aldric, con voz grave—. No tienes salida.
El encapuchado no respondió. En lugar de eso, rió.
Era una risa seca, rota, como ramas quebradas bajo una bota.
—No saben lo que viene —dijo, con esa voz distorsionada—. No saben lo que él puede hacer.
Extendió las manos. De sus dedos brotaron sombras negras que se arrastraron por el suelo como serpientes. Una agarró el tobillo de Nyxen. Otra trepó por el brazo de Zyca, enfriándolo al instante.
—¡Magia oscura! —gritó Zyca, sacudiéndose la sombra—. ¡Prohibida!
—Las reglas son para los que tienen miedo —dijo el encapuchado.
Nyxen logró liberarse. Dio un paso adelante y lanzó un puñetazo directo al rostro del encapuchado. Pero el encapuchado se movió más rápido. Sacó de su capa un cuchillo de hielo negro y lo clavó en el brazo de Nyxen.
—¡Agg! —Nyxen retrocedió, apretándose la herida. La sangre era roja, pero los bordes de la herida estaban negros, congelados.
—Veneno de sombra —dijo Aldric, apretando la mandíbula—. No mucho tiempo.
El encapuchado no esperó. Corrió hacia el altar de piedra donde descansaba el Ojo Dragón.
No era un huevo entero. Era un fragmento. Una escama dorada, del tamaño de una mano, brillando con una luz cálida y antigua.
—¡No toques eso! —gritó Zyca, lanzando un hechizo de luz.
El encapuchado la esquivó. Tomó la escama dorada y la guardó en su bolsa.
—El Ojo se despierta —dijo, con una voz que ya no era distorsionada. Era humana. Casi triste—. Él se acerca.
—¿Quién se acerca? —preguntó Aldric.
El encapuchado no respondió. Cerró los ojos. Su cuerpo se encogió, se retorció, se hizo pequeño. Las ropas negras cayeron al suelo.
Y de ellas, una lechuza pequeña salió volando, rompiendo la ventana de la cámara con un golpe seco.
Se fue.
Los tres profesores se quedaron mirando el hueco en el vidrio. El viento nocturno entraba frío.
—"El se acerca" —repitió Zyca, con voz baja—. ¿Qué significa eso?
—No lo sé —respondió Aldric—. Pero no es bueno.
Nyxen, apretándose el brazo herido, miró la escama perdida. El altar vacío.
—Se llevó un pedazo —dijo—. Un pedazo pequeño. Pero suficiente.
—¿Suficiente para qué?
—Para empezar.
Después de la pelea, en la cocina de La Orden, sirvieron chocolate caliente para los estudiantes que no podían dormir. Nilo estaba sentado en una mesa, con las manos alrededor de la taza, temblando un poco. No por el frío. Por la imagen del encapuchado convirtiéndose en lechuza. Gris, desde la mochila, asomó la cabeza y bebió un poco del chocolate de Nilo. "Está caliente", pensó. "Y dulce. Me gusta." Nilo ni siquiera se quejó. Solo lo miró. Gris le lamió la mano. "No es cariño. Es el chocolate."
Nilo no recordaba cómo había llegado al jardín de las flores mudas. Solo que sus pies lo habían llevado allí. Como si supieran que ese era el único lugar donde podía sentarse sin tener que explicar nada.
Las flores brillaban bajo la luna. El silencio era grande. Pero no solo.
—¿Nilo?
Scarleth estaba allí. Apoyada en el marco de la puerta de hierro, con una manta sobre los hombros y sus gafas redondas un poco torcidas.
—Te vi caminar —dijo—. Parecías... perdido.
—Estoy perdido —respondió él, en voz baja.
Ella se acercó. Se sentó a su lado, en el suelo frío. No dijo nada más.
Nilo miró sus manos. Aún le temblaban.
—Vi cosas —dijo—. Magia oscura. Sangre. Una lechuza que era un hombre.
—¿Quieres contarme?
—No. Pero gracias.
Scarleth asintió. No insistió.
—¿Te puedo tocar el brazo? —preguntó, de repente.
Nilo la miró, confundido. —¿Por qué?
—No sé. Para que sepas que no estás solo.
Nilo dudó un segundo. Luego extendió el brazo.
Scarleth le puso una mano sobre la manga. Era ligera. Cálida. No apretaba. Solo estaba allí.
—No sé qué está pasando —dijo Scarleth, en voz baja—. Pero pase lo que pase, no estás solo. ¿Entendido?
Nilo asintió. No pudo hablar. Tenía un nudo en la garganta.
Pero el temblor en sus manos se calmó.
Se quedaron así, sentados en el suelo frío, viendo las flores mudas bajo la luna. Scarleth no retiró la mano. Nilo no pidió que la retirara.
—Gracias —dijo él, al rato.
—Ya te dije que no hay por qué.
—Hay por qué.
Ella no respondió. Pero sus mejillas, bajo la luz de la luna, se pusieron rosadas.
Gris, desde la mochila, asomó un ojo.
—Bonito —pensó—. Ahora a dormir.