Las vacaciones de invierno llegaron como un suspiro blanco.
Los pasillos de La Orden se vaciaron en un día. Los estudiantes hacían fila en la puerta principal, esperando carruajes, caballos, portales o padres impacientes. Las maletas se apilaban en el suelo como pequeños castillos de cuero y tela.
Nilo miró la suya. Gris estaba acurrucado encima, haciendo la forma de un pan redondo y gris.
—No quiero volver —pensó el gato.
—Yo tampoco —dijo Nilo.
—Tú tienes que volver. Tu abuela te extraña.
—Lo sé. Pero aún no estoy listo.
No era mentira. Nilo había aprendido cosas en La Orden. Hechizos pequeños. Técnicas de concentración. Cómo hacer que una planta creciera sin que se volviera monstruosa. Pero también había perdido el control. Había hecho daño sin querer. Había visto magia oscura y sombras que respiraban.
Si volvía con su abuela, tendría que contarle todo. Y no sabía cómo.
—Entonces no vuelvas —pensó Gris, con una lógica felina—. Quédate aquí. La escuela tiene comida.
—No puedo quedarme solo.
—No estás solo. Está Xavi.
En ese momento, Xavi apareció en la puerta de la habitación, con una mochila al hombro y una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Ya empacaste? —preguntó.
—Casi.
—Bien. Porque vas a venir a mi casa.
—¿Qué?
—Mis padres me dijeron que trajera un amigo si quería. Y quiero. Así que venís.
Nilo abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir.
—¿A tu casa?
—Sí, a mi casa. Vivo en un pueblo cerca de las montañas. Mis padres tienen una huerta enorme. Y mucha comida.
—Comida —pensó Gris, con los ojos brillantes—. Vamos.
—Mi hermana cocina bien —agregó Xavi, como quien tira un dado en una mesa de apuestas.
Nilo no preguntó quién era su hermana. No le dio importancia. Xavi ya había mencionado que tenía una. Alguien tímida. Alguien que se sonrojaba. Alguien que, según él, "cocía bien pero no hablaba mucho".
—Acepto —dijo Nilo.
—Bien. Salimos en una hora.
Xavi se fue. Gris saltó de la maleta y se estiró.
—Comida —pensó—. Huerta. Hermana cocinera. Me gusta este plan.
—No vas solo por la comida.
—Claro que no. También voy por el pastel.
El viaje a casa de Xavi duró medio día.
Tomaron un carruaje tirado por dos caballos blancos hasta el pie de las montañas. Luego caminaron por un sendero de tierra bordeado de arbustos con frutos rojos. Luego cruzaron un puente de madera sobre un río tan transparente que parecía aire.
—Falta poco —dijo Xavi, señalando una colina—. Al otro lado.
Nilo estaba cansado. Las piernas le dolían. Gris iba en la mochila, pero se había quejado cada diez minutos.
—¿Ya llegamos?
—Todavía no.
—¿Y ahora?
—Todavía no.
—Me duermo. Despiértame cuando haya comida.
Y se durmió.
Al otro lado de la colina, la casa apareció como un sueño de otros tiempos.
Era de campo, de esas que parecen crecidas de la tierra en lugar de construidas. Las paredes eran de piedra clara, el techo de paja, y las ventanas pequeñas pero muchas. Humo salía de la chimenea, y en el jardín delantero había un huerto enorme, con hileras de lechugas, tomates, y plantas trepadoras que se enredaban en espalderas de madera. Flores secas colgaban del techo de la galería, y un perro viejo dormía en el porche sin importarle el mundo.
—Mi casa —dijo Xavi, con orgullo.
—Es hermosa —dijo Nilo.
—Está vieja. Pero es mía. Bueno, de mis padres. Pero yo ayudo a pintarla.
Xavi abrió la puerta de par en par.
—¡Llegué! —gritó—. ¡Y traje un amigo!
Una voz desde adentro. Femenina. Joven.
—¡Ya voy!
Pasos apurados. El ruido de una espátula cayendo al suelo. Un "ay" silencioso.
Y entonces, Scarleth apareció en el marco de la puerta de la cocina.
Llevaba un delantal manchado de harina, con un parche en forma de flor en el bolsillo delantero. El pelo, normalmente recogido en un moño bajo o suelto sobre los hombros, estaba ahora en un moño desordenado que se caía hacia un lado. Tenía harina en la mejilla, en la nariz, y una espátula en la mano derecha.
Nilo se quedó congelado.
Scarleth se quedó congelada.
Se miraron. Nadie habló. Gris, desde la mochila, asomó la cabeza.
—¿Qué? —pensó—. ¿Por qué están así?
—Ah, sí —dijo Xavi, rompiendo el hielo con la sutileza de un martillo—. Te presento a mi hermana. Scarleth. Ella también estudia en La Orden. Torre de fuego. ¿No se habían visto?
El silencio fue tan grande que se oía respirar a las plantas del jardín.
Scarleth se puso roja como una cereza. No un sonrojo suave. Un sonrojo de esos que comienzan en el cuello, suben por las mejillas, llegan a las orejas, y amenazan con prender fuego a todo lo que estuviera cerca.
—Hola —dijo, con una voz que era apenas un hilo.
—Hola —respondió Nilo, con una voz que era apenas un eco.
—¿Se conocen? —preguntó Xavi, con genuina confusión.
—Sí —dijo Nilo.
—No —dijo Scarleth al mismo tiempo.
—¿Sí o no?
—Sí —dijo Scarleth.
—No —dijo Nilo.
Xavi los miró a los dos. Luego miró a Gris. Luego volvió a mirar a los dos.
—Bueno. Yo voy a ayudar a papá con la leña. Ustedes... arreglen esto.
Y se fue. Literalmente. Dio media vuelta y salió por la puerta de atrás.
El silencio volvió.
Scarleth apretó la espátula contra su pecho. Nilo se rascó la nuca. Gris bostezó.
—Esto es mejor que el teatro —pensó.
—No sabía que eras su hermana —dijo Nilo.
—Nunca... nunca lo dije —respondió Scarleth, mirando el suelo.
—¿Por qué?
Ella se quedó callada un momento. La espátula temblaba en sus manos.
—Porque... porque si lo sabías, quizás... no me hablarías igual.
Nilo se quedó callado.
—Sí te habría hablado igual —dijo.
Scarleth levantó la vista. Sus ojos marrones brillaban detrás de las gafas redondas.
—¿De verdad? —preguntó, en voz tan baja que parecía un secreto.