KIRA
Después de cuarenta minutos, entramos en un barrio exclusivo. Conduzco despacio porque me da miedo siquiera rozar algo. Aquí todo respira lujo, todo es caro y ostentoso. Hasta me sorprende que la seguridad nos haya dejado pasar en mi viejo cacharro por el puesto de control. Pero a Oli, al parecer, nada le preocupa; está emocionada y no para de comentar todo lo que ve.
—¡Guau! ¡Qué bonito es todo aquí! Ojalá pudiera encontrarme un sugar daddy bien forrado... —suspira soñadora.
Yo solo niego con la cabeza. Entiendo que es normal desear una vida fácil y sin preocupaciones, pero eso es solo un deseo. Porque para vivir así, la gente trabaja duro durante generaciones, y como dice el refrán, el agua no corre bajo una piedra quieta. Yo lo sé muy bien. Me guardo mis pensamientos, pero no puedo contener la curiosidad.
—¿Y qué harías con ese sugar daddy? —le echo un vistazo a mi amiga, que sigue soñando despierta. Parpadea confundida con sus pestañas postizas, y yo continúo—: Oli, imagina: tienes veintiún años, eres joven, llena de energía, quieres fiesta, movimiento. Y él, con todo respeto, ya pasó de los cuarenta, no está en su mejor momento, tiene otros intereses... No vas a poder seguirle el ritmo emocionalmente... —hago una pausa y digo lo que me ronda por la cabeza—. Al final, para interesar a un sugar daddy, tienes que tener algo propio, haber logrado algo. Porque, créeme, saber mover el trasero no es suficiente.
—¡Ay, ya basta! Kira, como siempre, tienes que arruinarlo todo —resopla Olga—. Mejor mira el camino y no te pases la casa número doscientos cuarenta.
Solo sonrío; la ingenuidad de mi amiga me hace gracia. Desde que entramos aquí, está tan fascinada que hasta se olvidó de su chico.
—¿Y ahora de qué te ríes? —se irrita la pelirroja—. ¿Vas a decirme que tú no querrías un sugar daddy?
—Oli, un sugar daddy, definitivamente no. No quiero depender de nadie. Ya me basta con que mi madre me haya cortado todos los privilegios. Encima me mandó a trabajar con su hermano, que, por cierto, no me paga lo que debería.
Oli me mira con los ojos bien abiertos y parpadea desconcertada.
—¿Cómo que te cortó? ¿Ya no te ayuda? —pregunta, impactada.
—Oli, ¡despierta! ¿Por qué crees que hace ocho meses me mudé a la vieja casa de mi abuela? —me humedezco los labios con nerviosismo y resumo las palabras de mi madre—: Ya soy adulta y debo aprender a ganarme la vida sola, no ser una mantenida... Y eso que todo el dinero lo ganó mi padre.
—¿Estás bromeando? —suelta Oli, confundida y sin poder creerlo.
—Para nada, mi querida. Mi madre bloqueó todas mis cuentas. Me echó de la casa, que inmediatamente alquiló, y se fue con su Olivier a Francia.
—¡Esto es una locura total! —exclama mi amiga maquillada, todavía en shock.
—Es la realidad, Oli. Olivier dijo que es normal. Que ya soy adulta y no hay por qué seguir colgada del cuello de mi madre.
—¡Estoy flipando! —suspira la pelirroja y me mira fijamente—. Pero tú lo llevas tan bien. Pensé que todo seguía como antes.
—Es solo una ilusión, Oli. Todo cambió hace tiempo. Hasta la universidad la estoy pagando yo sola.
—¡Que ese Olivier se pudra en su Francia! —suelta con rabia—. ¿Y la tía Lila? ¿Cómo pudo hacerte esto? ¿Y tú cómo estás?
Contengo una sonrisa porque mi amiga llama “ensalada” a mi padrastro Olivier.
A lo lejos, diviso la casa que buscamos, frente a la cual hay cinco chicas vestidas igual que Oli. Le echo un vistazo rápido y digo:
—Oli, estoy bien. Déjalo. Mejor prepárate mentalmente. Ya llegamos.
—¡Ay! —exclama la pelirroja mirando por la ventana mientras se desabrocha el cinturón de seguridad a toda prisa y recoge sus cosas—. Espero que la suerte esté de mi lado hoy —me mira—. Cruza los dedos por mí.
Suspiro y solo asiento a su petición, diciendo:
—¡Suerte, mi diosa!
—¡Gracias!
Oli salta del coche, y yo le pregunto mientras se aleja:
—Oli, ¿te espero?
—Ah, sí. Casi lo olvido —reacciona la chica—. Bueno, me voy corriendo.
—Corre —suspiro.
Yo también salgo del coche. Me da curiosidad saber en qué están pensando estas chicas. ¿Será que ese millonario busca diversión y no una niñera? Aunque, quién sabe, los ricos tienen sus rarezas. Saludo a las chicas que están frente a unas impresionantes rejas de hierro forjado. Me apoyo en el guardabarros del coche. Las bellezas, todas emocionadas, comparten la información que han reunido sobre el millonario Damián Buenaventura.
De repente, sale un hombre alto y corpulento. Lleva una camisa negra y jeans del mismo color, a pesar del calor. Me recorre con la mirada de pies a cabeza y luego dirige su atención a las chicas.
—¡Hola, preciosas! ¡Mi nombre es Máximo Vladislavovich! —se detiene y, con rostro impasible, pregunta—: ¿Todas vienen a la entrevista?
—Sí —responden las chicas al unísono.
—Entonces, ¡vamos! —hace un gesto con la mano, invitándolas a entrar al patio.
Ellas, emocionadas, empiezan a caminar, y yo sonrío. Me enderezo y busco con la mirada un poco de sombra, porque no sé cuánto tiempo tendré que esperar.
—Oye, preciosa, ¿y tú no vienes? —me llama de pronto el hombre.
Parpadeo confundida y lo miro.
—Estoy esperando a mi amiga... —respondo, algo desconcertada.
—Entonces ven con nosotros. Puedes esperar a la sombra. ¿Para qué te vas a asar al sol? —me propone.
—¿De verdad se puede? —pregunto, sorprendida.
—Claro que sí.
Y a mí no me lo tienen que decir dos veces. Cierro el coche con el seguro central y sigo al hombre.