Niñera para las Trillizas del Lobo

CAPÍTULO 1.2

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Se envolvió la toalla alrededor de su cuerpo desnudo y se quedó mirándose en el espejo del baño durante unos segundos. Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios.

—Ahora nada me impedirá descubrir algo valioso para conseguir mi ascenso —murmuró, satisfecha—. No tenía idea de que estaba buscando niñera, pero qué suerte que me confundiera con una de las mujeres de la entrevista. Tendré que inventar un currículum o algo, por si llega a pedírmelo más adelante.

Tomó su ropa mojada y salió.

La habitación en la que le había dicho que podía secarse mientras él se ocupaba de la pequeña Anelise y despedía al resto de mujeres era amplia y agradable, con una vista espectacular del lago, las montañas y los bosques.

Tocaron la puerta.

—Adelante —dijo, adoptando su mejor expresión.

Él entró con una muda de ropa en las manos. Se detuvo en seco al verla prácticamente desnuda bajo la toalla. Sus ojos grises recorrieron sus piernas sin que pudiera evitarlo, pero enseguida apartó la mirada.

Venus se sonrojó y también miró hacia otro lado.

—Te traje ropa seca —dijo, extendiéndosela sin mirarla.

Ella se acercó para tomarla. Sus dedos se rozaron, e igual que cuando se habían estrechado la mano, Venus sintió una corriente recorrerle el cuerpo.

—N-no era necesario —retrocedió un paso.

Él siguió mirando a otro lado.

—Puedes usarla. Era de mi esposa, pero sé que no le molestaría prestársela a quien salvó a nuestra hija de ahogarse.

Ella asintió con una leve sonrisa.

—En ese caso, se lo agradezco.

—Cuando te hayas vestido puedes regresar a casa para recoger lo que necesites. Te quiero aquí mañana a las ocho para que comiences. El trabajo es sencillo, solo debes estar pendiente de mis hijas y jugar con ellas. Te pagaré lo justo y puedes moverte libremente por todo el castillo y sus alrededores, excepto mi habitación.

—Por supuesto, no pretendía entrar ahí sin permiso.

—Tenemos poco tiempo antes de que la competencia por el Gran Premio comience, así que necesitaré tu identificación para que mis contactos tramiten tu pasaporte y visa junto con los permisos necesarios para viajar conmigo y las trillizas. Quiero que me acompañen todo el tiempo.

Venus se tensó. Si veía su identificación, se daría cuenta de que no era realmente una niñera.

Se mordió el labio antes de decir:

—No será necesario, tengo pasaporte y visa. Puedo ir a cualquier parte.

Él la miró con la cabeza ladeada y entrecerró los ojos. No era raro que los lobos tuvieran identificación; desde hacía años eran registrados al igual que los humanos para evitar problemas futuros, pero casi nadie se interesaba en salir del país o dejar la manada, así que no tramitaban visas ni pasaportes. ¿Pero ella sí?

—¿Tenías pensado viajar a algún lugar?

La pregunta le resultó extraña. ¿Quién en pleno 2026 no pensaba en viajar? A menos que él creyera que una simple niñera no pudiera permitírselo.

Eso no le gustó, pero trató de que no se le notara en la expresión. Se aclaró la garganta y le dedicó su mejor sonrisa.

—Claro. El mundo es enorme. Siempre he querido viajar, aunque no he podido hacerlo como me gustaría.

«Parece que esta loba no es como las otras», pensó él.

Esbozó una sonrisa. Le agradaba eso; no tendría problemas con alguien tan independiente.

—Bien. Tengo que encargarme de mis hijas, pero ya conoces la salida. Nos vemos mañana.

—Vale…

Él la miró un segundo más y luego apartó la mirada antes de salir.

Venus se quedó observando la ropa, pero no era eso lo que la tenía pensativa, sino la extraña sensación que él le provocaba.

En fin. Se vistió rápido, recogió sus cosas y salió de la propiedad.

Mientras se alejaba, escuchó las risas de las niñas y se giró. A través de una ventana alcanzó a verlos mientras Ronan Voss las perseguía por la habitación, imitando a un monstruo. Ellas corrían a esconderse entre carcajadas.

La escena le pareció dulce.

Retomó su camino y sonrió para sí misma.

No sabía qué le esperaba con esa familia ni cuál sería el resultado final de la mentira que comenzaba a tejer, pero no importa ya. Estaba metida en esto y tenía que resistir hasta el final.

Adentro, Ronan desvió la mirada un momento hacia la ventana y se quedó observando a la niñera que se alejaba. Le había costado decidirse a dejar a alguien mas al cuidado de sus hijas, pero algo en su instinto le decía que Venus era la indicada. No solo porque era loba —de otra forma jamás la habría contratado—, sino porque sus hijas habían congeniado con ella de inmediato.

Eso era importante. Y, sobre todo, le facilitaría la tarea de controlar a sus lobitas traviesas, especialmente cuando comenzaran los cambios previos a su primera transformación. Con Venus cerca, todo estaría bajo control, y él podría retomar su carrera sin preocuparse demasiado por ellas.




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