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—¿Por qué hicieron eso? —inquirió Ronan, sentándose en la cama frente a las pequeñas.
Anelise se acomodó en su regazo, viendo a sus hermanas con el ceño fruncido, como si, al igual que su padre, les reprochara su conducta.
—Solo queríamos ver qué tan rápida era —dijo Lilith, encogiéndose de hombros.
Caliza soltó una risita, nerviosa.
—Eso, papi. También queríamos saber si nuestros juegos iban a cambiar mucho ahora que ya no estarás tanto tiempo con nosotras.
Ronan suspiró, y su expresión se suavizó. Les acarició las mejillas con paciencia.
—Son unas traviesas. ¿No les dije que aunque yo regrese a las carreras seguiríamos juntos? Claro que voy a jugar con ustedes.
—Pero vas a estar ocupado —replicó Lilith, haciendo un puchero, claramente preocupada.
Su padre le acomodó un mechón de pelo rojo tras la oreja. De las tres, era la que más se parecía a su difunta esposa, y eso siempre le apretaba el pecho.
—Cariño, aunque papá tenga otras responsabilidades, nunca voy a olvidar que lo primero son ustedes. Yo siempre estaré aquí.
Lilith se inclinó hacia él y él besó su frente, como si quisiera sellar la promesa.
—Pero mientras tanto, Venus les hará compañía y jugará con ustedes, así que no sean muy groseras con ella. Si quieren jugar a algo, solo deben decirle —continuó, con un tono firme pero afectuoso.
Caliza suspiró, resignada, pero sin perder la sonrisa.
—Está bien, papi.
Se acercó y lo abrazó también. Ronan las levantó a las tres al mismo tiempo, y las risas llenaron la habitación, aliviando la tensión.
—No quiero que se preocupen por nada, mis princesas. Nada cambiará en nuestras vidas, excepto ustedes mismas cuando se transformen por primera vez.
—Yo quiero ser una loba grande y fuerte como tú —dijo Lilith, orgullosa.
—Y yo una muy veloz para correr por el bosque —habló ahora Caliza, igual de emocionada.
Luego sus ojos se posaron en su hermana Anelise.
Ronan también la miró.
—¿Y tú, mi vida? ¿Qué clase de lobita quieres ser?
La pequeña bajó la mirada y se pegó más a él.
—Creo que Anelise va a ser una lobita miedosa —bromeó su hermana mayor.
—Yo pienso que será una lobita muy dulce —replicó su padre, besándole la mejilla.
Anelise sonrió por el gesto, que la hacía sentir querida y segura.
Después de unos minutos más hablando, las ayudó a vestirse y lavarse los dientes para bajar a desayunar.
.
***
Venus pasó los dedos por el espejo, limpiando el vapor de la ducha. Se había bañado y tallado con fuerza para quitarse los restos de harina y huevo. Su nariz aún seguía sensible.
—Segundo día seguido que termino en este baño envuelta en una toalla —resopló, con una mezcla de cansancio y nervios, al mismo tiempo en que se miraba un momento en el espejo para asegurarse de que no tuviera harina en el pelo.
Todo parecía en orden.
Salió y se vistió. Antes de ir a la habitación, ya había bajado a buscar su maleta.
No iba a ser sencillo ser la niñera de esas pequeñas traviesas después de ver cómo la recibieron, pero no iba a dejar que eso arruinara sus planes. Se obligó a recomponerse y salió.
Mientras bajaba por la escalera, sus sentidos parecían más agudos: el canto de los pájaros, el viento, las voces de Ronan y sus hijas, incluso el crujido de las ramas. Se tocó la oreja, inquieta, preguntándose si estaba imaginando cosas.
Cuando llegó a la cocina, se detuvo.
La escena era casi demasiado perfecta. Las trillizas ayudando a poner los platos en la mesa con una concentración que no era propia para alguien de esa edad. Y luego él; Ronan estaba parado frente a la estufa, usando delantal.
Era una imagen sencilla, cálida… y peligrosa para alguien que había venido solo a destruir su imagen. Aun así, se le apretó el pecho.
Mientras más los miraba, más dulce se le hacía la escena. Pero además, él se veía muy bien incluso en algo tan cotidiano. Se apoyó en el marco de la puerta, observándolo: sus brazos, el tatuaje, la forma en que los músculos se tensaban al moverse. Se obligó a recordar por qué estaba allí, pero la idea se le desdibujó con facilidad.
Las lobitas la miraron y sonrieron. Su niñera tenía una expresión rara, pero que a ellas les pareció divertida. Y es que, claro, Venus se estaba comiendo a ese monumento de hombre con los ojos, aunque una parte de ella no le encontrara sentido. ¿Por qué tenía que verlo así? Ni que fuera el primer hombre guapo que veía en su vida.
—No te quedes ahí —dijo él de pronto, sacándola de su burbuja.
Venus se irguió de golpe, como si acabara de ser descubierta en algo malo.
—Señor… —murmuró, acercándose mientras trataba de reponerse.
Él se dio la vuelta.
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Editado: 13.02.2026