Niñera para las Trillizas del Lobo

CAPÍTULO 3

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Eran ya las siete de la mañana y Venus seguía en la cama. Había logrado dormir apenas unas horas y se sentía molida.

Pensó mucho en lo sucedido la noche anterior, pero todo seguía siendo confuso. No entendía por qué se había puesto así ni por qué sus ojos brillaron de forma sobrenatural. Pero sabía que no podía decirle a nadie, y menos a Ronan. Seguro pensaría que estaba loca y la echaría de su casa. No podía permitirlo. Eso estropearía sus planes por completo.

También le preocupaba no recordar si había hecho o dicho algo inapropiado con él. En verdad no recordaba qué pasó después del dolor mortal que sintió.

Dejó escapar un suspiro.

Tocaron la puerta y se irguió apenas.

¿Será Ronan?

Se inquietó un poco, pero entonces vio una cabecita castaña asomándose con cautela.

—Anelise… —se sentó en la cama y le extendió la mano para que se acercara.

La pequeña avanzó hasta la cama, vestida ya con unos shorts y una camiseta rosa con un conejito en el centro.

Venus la subió con cuidado.

—Buenos días, preciosa. Te levantaste muy rápido.

La lobita le tendió el cepillo de pelo que traía y un lazo.

—¿Quieres que te peine? —la niña asintió—. Muy bien, corazón.

Se acomodó mejor en la cama, con la pequeña sentada frente a ella, de espaldas, y tomó el cepillo.

Comenzó a desenredarle el cabello, aunque casi no fue necesario. La menor de las trillizas lo tenía suavecito.

Le hizo un medio pelo y le colocó el lazo en forma de roseta rosa en la parte de atrás.

—Listo, mi amor —la abrazó por detrás y le dio un besito en la mejilla, haciendo que la pequeña sonriera—. Estás muy bonita. Me pregunto por qué no hablas... Estoy segura de que tu voz es tan bonita como tú.

Le dio otro besito. Anelise solo se encogió de hombros.

—Será mejor que me levante y me dé un baño rápido para ir a ayudar a tus hermanas a arreglarse —dijo, sin dejar de abrazarla.

Al mismo tiempo, Ronan caminaba por el pasillo y las escuchó moverse en la habitación.

Se acercó y se quedó en el marco de la puerta, observando a su hija y a Venus, mientras ella tendía la cama y la pequeña le pasaba las almohadas.

Sonrió de lado y volvió a fijar los ojos en la niñera. Tras lo ocurrido la noche anterior, le había sido mucho más difícil dormir, especialmente cuando uno que otro pensamiento lascivo se coló en su mente. Algo que, desde luego, no estaba bien.

No entendía cómo, después de que su luna murió, podía volver a sentirse así. Le había hecho un juramento a su esposa: no volvería a sentir ni a tener nada con nadie. Pero tras el acercamiento de Venus, algo en él se había descontrolado un poco.

No podía volver a pasar.

Venus sintió su presencia y se giró hacia él. Lo vio pensativo y se preguntó si sería por algo malo.

Tragó saliva.

—Buenos días, señor —dijo, sacándolo de su burbuja.

Ronan dio un paso al interior. Anelise corrió a sus brazos y él se agachó para levantarla y darle besitos en la frente.

—Buenos días —respondió.

Venus apartó la mirada un momento.

No recordaba lo que pasó la noche anterior antes de recuperar la conciencia, pero solo pensar en que él había estado casi desnudo le erizaba la piel. Se mordió el labio. Necesitaba decir algo al respecto, pero sin que sospechara que algo raro le había sucedido. Porque no tenía una justificación lógica para eso.

Él bajó a Anelise y le pidió que fuera a despertar a sus hermanas.

La pequeña obedeció de inmediato.

—Anoche… —comenzó Venus cuando quedaron a solas.

Ronan la miró desde su imponente altura y dio un paso más hacia ella. Por un momento, Venus se sintió diminuta y dudó en seguir hablando.

La observaba de forma extraña. No, definitivamente algo no estaba bien.

—Quiero disculparme si hice algo inapropiado —continuó—. Yo…

—¿Te pasa algo cuando duermes? —preguntó de pronto—. Quiero decir… ¿te levantas, haces cosas y luego no las recuerdas?

Venus parpadeó, confundida.

—En pocas palabras. ¿Eres sonámbula?

Era la única explicación que había encontrado para su extraño comportamiento. Después de pensarlo mucho, era lo más lógico y no tenía nada que ver con el celo ni con nada parecido a un descontrol hormonal como había pensado al inicio.

Venus se quedó callada, preguntándose qué tan raro debió ser lo que hizo para que él llegara a esa conclusión.

Mierda.

Se rascó la cabeza.

—S-sí… soy sonámbula —dijo finalmente, viéndolo como la mejor manera de justificar lo que fuera que hubiese hecho. Se acarició los labios de forma distraída.

Aquel gesto hizo que Ronan recordara el momento en que esos mismos dedos recorrieron su abdomen y su pecho.




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