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Después de desayunar, Venus y las trillizas se sentaron a jugar en la sala hasta que recibieron una videollamada de Cleo Voss, la esposa del hermano de Ronan.
La castaña aparecía en pantalla junto a sus gemelos, Atlas y Ezra. Era evidente la excelente relación que tenían con las niñas. Cleo las trataba como si fueran sus propias hijas, y los gemelos parecían más hermanos que primos.
Ronan también se unió a la conversación. Hablaron del inicio de clases, que sería muy pronto, aunque él había decidido no enviarlas aún a la escuela, al menos hasta que cumplieran cinco años. Venus supuso que se debía a que Ronan estaba retomando su carrera como piloto y eso implicaría viajes constantes. Lo que ella ignoraba era la verdadera razón: Ronan quería que, tras su primera transformación, las niñas tuvieran un año para aprender a controlar a su loba antes de enfrentarse al mundo exterior y evitar cualquier desastre. Cleo y Talon, en cambio, habían optado por escolarizar a los gemelos desde ya, aprovechando que su transformación se había manifestado antes, apenas unos días después de cumplir los cuatro años. Y la controlaban de forma impecable. Esos pequeños eran el orgullo de su padre.
Venus escuchó la conversación en silencio, y gracias a eso se enteró de varias cosas.
—Tienen una familia muy bonita… y se nota que son muy unidos —murmuró tras terminarse la videollamada. Las trillizas se acomodaron a ver videos en YouTube desde la tablet.
Ronan le dedicó una media sonrisa.
—Me llevo muy bien con mi cuñada. No solo porque mis hijas la adoran, sino porque le estoy profundamente agradecido. Después de la muerte de mi esposa, ella estuvo ahí para nosotros. Fue prácticamente una madre para mis hijas: las amamantó, las cuidó como si fueran suyas, incluso teniendo a los gemelos —hizo una breve pausa—. Decidí contratar una niñera porque no quería seguir abusando de su generosidad. Además, ahora está embarazada… y no es fácil lidiar con tres terremotos, menos con cinco.
—Hizo bien en buscar una niñera —comentó Venus—. Así puede estar más tranquilo cuando tenga que salir a reuniones o atender asuntos más privados.
—¿Te refieres a encuentros íntimos? —preguntó él, arqueando apenas una ceja.
—Sí —admitió ella, esperando, quizá, algún comentario interesante para su editor. Aunque también tenía curiosidad. Le resultaba difícil imaginar que un hombre tan atractivo y admirado estuviera solo.
Ronan la observó un instante más antes de desviar la mirada hacia las niñas y luego al cuadro sobre la chimenea, donde colgaba el retrato de su difunta esposa.
Venus siguió su mirada. La mujer del cuadro era tan hermosa como las trillizas: mismos ojos azules, mismo cabello rojo como el de Lilith. Caliza y Anelise lo tenían castaño como su padre.
—No tengo ese tipo de encuentros —dijo finalmente—. Nunca ha habido nadie que logre acelerar mi corazón como ella lo hacía. Nadie que despierte en mí ese deseo. Y a estas alturas, dudo que aparezca alguien así. Tampoco lo busco. No tengo tiempo ni ganas de volver a enamorarme.
Sus palabras conmovieron a Venus. Jamás había pensado que un amor pudiera permanecer tan intacto incluso después de la muerte.
Las risas de las pequeñas la sacaron de sus pensamientos. Ronan ya estaba junto a ellas, abrazándolas con naturalidad.
Más tarde salieron a jugar al exterior e hicieron una pequeña caminata. Al mediodía regresaron para almorzar y, como ya era tarde, Ronan pidió comida. Los cinco comieron juntos, relajados.
El resto del día transcurrió entre risas, juegos y películas.
Sin darse cuenta, Venus y Ronan comenzaron a mirarse distraídamente cuando creían que el otro no los notaba. A veces se rozaban por culpa de las niñas durante los juegos, y esos contactos inevitables hacían que Ronan recordara lo cerca que ella había estado la noche anterior… cómo lo había tocado. Era una sensación extraña. Sabía que no debía pensar en ello, pero pequeños gestos —roces de dedos, sonrisas, miradas fugaces— lo volvían inevitable.
Al caer la noche, Venus esperó a que las niñas se durmieran y luego bajó al despacho de Ronan. No lo había visto salir y, como sus instintos de loba no estaban del todo activos, pensó que probablemente también estaría dormido.
Abrió algunos cajones en la penumbra, buscando algo sin estar segura de qué. Se repetía que, si no encontraba nada sentimental que exponer, tal vez hallaría algún negocio oculto, algo ilegal. Ya no sabía qué esperar. En los dos días que llevaba viviendo en esa casa no había visto nada incorrecto en él. A veces se preguntaba si todo lo que estaba haciendo solo era una perdida de tiempo.
Iluminó una carpeta con la linterna del celular. Eran actas de nacimiento de las trillizas. Tomó otra donde había documentos sin mayor importancia.
Resopló y cerró los cajones, hasta que sus ojos se toparon con unas fotografías.
Las tomó y observó con más atención a los lobos que aparecían en ellas.
Su pecho dio un pequeño vuelco cuando giró una de las fotos y leyó lo que estaba escrito detrás.
Mi familia.
Qué cosa más extraña, pensó, tratando de encontrarle sentido.
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Editado: 13.02.2026