ALESSANDRO SANTORO
Termino el tercer café que he bebido desde que estoy solo en esta cafetería en espera de mi padre y Alessa.
Suspiro de los nervios, verlo después de lo que ocurrió aún me da un poco de vergüenza. A pesar de que ahora sé que todo fue fríamente calculado, no deja de causarme pudor que lo haya hecho quedar como un estúpido delante de sus socios… menos que todos hayan dudado en seguir asociados con él en cuanto yo tomase el mando de la empresa.
También está la parte en la cual no deseo que trate mal a Alessa… él puede ser arrogante y prepotente cuando se lo propone, digamos que por esa parte si pude haber salido igual a él. Así que, si me llego a enterar de que la hizo sentir mal en algún momento, no creo que podamos hacer las paces, no creo siquiera que podamos hablar de forma civilizada.
La campanilla de la cafetería bastante hogareña resuena y lo primero que veo es una miniatura de mujer vestida con ese estilo que la caracteriza y la hace ver tan sensual, imponente e inteligente. Toda una abogada preciosa que me tiene a sus pies con ese tamañito de minion que me cautiva como nada.
Me levanto para recibirlos y me doy cuenta de que más detrás de ella entra mi padre, mirando todo con gestos quisquillosos, no puedo evitar rodar los ojos.
¿Así era yo? Que me cuelguen ya mismo. Por Dios.
—Hola, abogada —saludo con seriedad. Ella me pidió disimular y yo respeto su deseo.
—Alessandro —ella brama con gesto un poco cortado y la entiendo, mi padre puede ser un poco intimidante, yo extiendo mi mano hacia ella, centrado mi vista con atención a todas sus maravillosas facciones.
—Papá, ¿cómo estás? —extiendo mi mano hacia él, ese que la mira con el ceño fruncido y rápidamente la toma para halarme hacia su cuerpo y darme un caluroso abrazo que me hace latir el corazón con apresuramiento.
—Bien hijo, aquí observando como tratan de disimular, que andan en algo romántico. No les funciona, echan chispas —Alessa sonríe con los dientes apretados y yo me carcajeo producto de los nervios.
—¿Qué? —indago mirándola a ella, quien alza sus hombros y ríe levemente con incomodidad.
—Sí… eso quería decirte, ya tu padre sabe que tú y yo, bueno —ella deja las palabras en el aire y noto como sus ojos por un momento pierden su brillo. ¿Será que…? ¿La decepciona el hecho de no poder decir que no soy su novio? Y es que… ¿Cómo lo dirá? Si ni siquiera se lo he propuesto.
—Alessa es importante para mí, papá —suelto inmediatamente—. Y si aún no le he propuesto formalmente que sea mi novia, es porque estoy esperando arreglar algunos cuantos asuntos, como por ejemplo limpiar mi sucia imagen delante de los socios para estar a su lado como una persona digna. Y si por un momento crees que voy a permitir que interfieras como lo hiciste en un pasado con las mujeres con las que salía, debes saber que esta vez si me importa lo suficiente como para permitirlo. No dejaré que te metas, tampoco que interfieras… viendo que ella fue la única que me brindo su apoyo incondicional desde que todo esto empezó. Ella fue mi punto de anclaje cuando estaba solo y al borde de la depresión —suelto sin detenerme, dejando fluir parte de aquello que tanto me duele.
»Porque no me llamaste ni una vez, no hiciste ni un intento por verme. No hiciste nada y todo por estar bajo la falda de Nicoletta. La mujer que desde que soy niño, me ha hecho la vida imposible por el simple hecho de que soy hijo de la mujer que amabas —mi padre abre sus ojos de manera atónita, sin saber que yo conocía la verdad que él trataba de ocultarme y que su mujer o mi… madre, no tardo en usar como un arma contra mí cuando solo era un niño—. De no ser por Alessa y esos niños que cuido, ahora mismo estaría hundido en mi propia miseria —suelto todo, y apenas me doy cuenta como una mano rodea la mía con firmeza.
—Sé que merezco cada palabra que has dicho, lo merezco por completo. Te di la espalda, hice caso omiso a todo por aferrarme a una mujer que siempre me engañó. Lo siento hijo, perdóname. Ahora mismo y con ayuda de esta señorita —posa una mano sobre el hombro de ella—. Ella pagará todo lo que te hizo. A partir de la siguiente semana ya no serás más niñero. Tomarás tu puesto en la empresa que te corresponde solo a ti, porque… —él carraspea—. Eso lo hablaremos en la oficina. Ahora, por favor… tomemos un café, quiero charlar con mi hijo, quiero saber cómo has lidiado con esos dos niños que se conocen por ser unos diablitos. Cuéntamelo todo, hijo. Perdona a tu padre, por favor —él me mira con sus ojos húmedos y yo lo observo por igual, atónito ante esas palabras que nunca esperé que salieran de un hombre tan frío e impersonal como él.
Me quedo pensando sus palabras por un largo rato, lo observo y él lo que hace es mirar a Alessa en busca de ayuda. Esta, fiel a mí, no me dice nada y solo me da mi tiempo, cosa que agradezco como nada en este mundo. Por eso la quiero tanto, por eso… mis ojos la ven como la mujer más capas, maravillosa y temerosa del mundo entero.
Editado: 01.09.2022