Nirkany.

Prólogo: Rodrigo.

Aquel día habían invitado a Rodrigo a Abancay, al principio este último se había negado, por qué no le gustaba esa clase de lugares. Aún con todo sus amigos le había convencido, y con algo de labia buenorda y tacto, habían conseguido hacer que se fuera con ellos al Distrito. No fue un sí entusiasta; fue un “ya, pues” dicho con la resignación del que siente que va a gastar plata y paciencia en acontecimientos no tan convenientes. Rodrigo prefería reuniones pequeñas, algún bar de siempre, una cancha, una casa con música moderada y conversación tranquila. Abancay, para él, era ruido, empujones, miradas largas y esa sensación incómoda de estar donde uno no conoce a nadie y donde, si pasa algo, nadie responde por ti.

—No seas aguafiestas, causa —insistió uno de los patas, desde el asiento del copiloto—. Te estamos sacando de tu cueva. Paras todo el día a en tu Hai, pareces Ofrece mano.... Forever Alone.

El resto se hecho la risa y Rodrigo solo se hecho a reír, pues en los últimos meses desde que había terminado con Tatiana, ya no se sentía igual. Quizá era la depresión, pero no podía alegar mucho.

—Además, ahí no es como Miraflores, manito —metió cuchara otro, atrás—. Las flacas son más movidas, más sueltas, no tienes que afanar tanto.

—Y dicen que hay una rusa… —dijo el tercero, bajando la voz como si revelara un secreto de Estado—. Es nueva. Dicen que es virgencita. Y ya está separada para ti.

Rodrigo soltó una risa corta, incrédula.

—Ya, ya. ¿Separada? ¿Si, como no? Tendría que ser recontra pendejo para creerte eso, huevón...

—No jodas, hueón. Es despedida, ya terminaste tu instituto pues —le respondieron—. Te lo mereces.

— Ya pues vamos, a qué hora será la cosa.

— A las 4 mi loco.

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A las 4 de las Tarde,

A las cuatro de la tarde, puntuales por primera vez, se juntaron con lo mínimo: billetera, celular, llaves, y esa ropa que uno se pone cuando no quiere pensar demasiado. Rodrigo salió con una casaca sencilla y zapatillas cómodas. A esa hora, Lima todavía estaba en modo laboral, pero los conos de tráfico ya se estaban acomodando para lo inevitable. Tomaron ruta hacia el centro. Hubo ruidos claxon, cambios de carril por centímetros, buses que se metían sin mirar, y motos que aparecían donde no debían. La conversación en el carro fue subiendo de tono conforme subía la luz naranja de la tarde y bajaba la paciencia.

—Te apuesto que te enamoras mi loquito, dicen que las rusas tienen un movimiento...—dijo uno, y dejó el término volando por el aire.

—Ya ya,—respondió Rodrigo—. Lo único que quiero es llegar, cumplir con su show, y volver.

—Ya pe mi loquito, hagas el sano,—le soltó el otro—. Hoy te estrenas con alguna, sí o sí.

El tráfico les cobró su parte.

En teoría no debía ser un viaje de tres horas; en la práctica lo fue. Entre semáforos eternos, desvíos y una fila de autos que parecía no terminar nunca, llegaron cerca de las 9 de la noche, justo para que la disco abra. Abancay los recibió con su mezcla habitual: comercios cerrando a medias, gente caminando rápido, vendedores apurando lo último del día, y esa iluminación de postes que no alcanza a esconder la suciedad ni el cansancio del asfalto.

La discoteca se llamaba New Tomorrow. El nombre, en la fachada, estaba en letras grandes, modernas, con un brillo artificial que intentaba vender futuro. Había cola, control de entrada, un portero con radio y oreja entrenada para escuchar problemas. Pagaron cover. Les pusieron un sello en la muñeca que, bajo la luz del interior, se veía como una mancha oscura más que como un permiso. Adentro, el sonido era un muro. No era música “fuerte”; era música diseñada para que no converses demasiado y fueras más al asunto, para que no pienses y para que solo sigas el ritmo por inercia. Luces que cortaban el aire, humo artificial, barras trabajando a velocidad. Rodrigo se mantuvo al principio como observador, pegado al grupo, con el vaso en la mano más por costumbre que por deseo.

Sus amigos, en cambio, parecían tener un mapa claro y un objetivo preciso. Saludaban, se movían con confianza, señalaban cosas, intercambiaban miradas. Rodrigo notó que no estaban improvisando. Habían venido a ejecutar un plan.

—Toma, causa, para que sueltes el cuerpo —le pusieron un trago en la mano.

—Yo ya tomé, esa cosa, mi loco eso.....

—Eso no cuenta. Esto sí.

Rodrigo al final cedió y bebió. No por ganas, sino por no discutir. Lo que sí le llamó la atención fue que, pese al caos del lugar, había un control sutil: un par de tipos en puntos fijos, observando; algunas chicas que no bailaban por bailar, sino que miraban como si evaluaran; un movimiento de entradas y salidas hacia una zona más oscura del fondo. Uno de sus patas se acercó a un tipo con pinta de ampon: gorra baja, casaca gruesa, postura de alguien que ya ha visto peleas y no se asusta. Hablaron cerca, pegados al oído. Rodrigo solo alcanzó a ver el gesto de la mano y el intercambio rápido de billetes doblados.

—Listo —dijo su pata al volver—. Ya sabemos dónde está.

—¿Dónde está qué? —Preguntó Rodrigo, aunque sospechaba.

—El otro lugar, la zona Caliente.

—Tamare.... ya pe loco deja de hablar asi.

Y sus patas, sencillamente se rieron entre ellos con esa complicidad que a veces es cariñosa y a veces es una falta de respeto.

Lo apartaron de la flaca con la que estaba armando plan, lo condujeron por un corredor lateral, donde el ruido bajaba lo justo para que el cuerpo sintiera el cambio. Una puerta sin letrero. Un hombre que miró el sello de la muñeca. Un asentimiento. Entraron.

Ahí el ambiente era distinto: menos luces agresivas, más sombras controladas. Un espacio que pretendía ser discreto, pero que no lo era. Rodrigo entendió todo sin que nadie se lo explicara. Sus amigos estaban excitados con la idea, como si estuvieran haciendo una travesura inofensiva. Para Rodrigo no era inofensiva. Era incómoda, pues no quería está ahi. Pero el alcohol y la presión social hacen que uno diga “ya” cuando debería irse.




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