El viento rugía con una fuerza capaz de hacer temblar hasta la roca más firme.
La nieve caía sin descanso, arrastrada por violentas ráfagas que golpeaban los rostros de los exploradores como si miles de pequeñas agujas se clavaran en su piel. Cada paso era una lucha contra la montaña, y cada respiración recordaba lo difícil que era sobrevivir a aquella altura.
Cinco figuras avanzaban lentamente por una estrecha pendiente cubierta de hielo. Sus gruesos abrigos apenas lograban protegerlos del frío, mientras las mochilas cargadas de provisiones hacían que cada movimiento resultara aún más pesado.
—No bajen la guardia... —dijo el hombre que encabezaba la expedición sin dejar de mirar al frente—. Según el mapa, el siguiente campamento no está muy lejos.
Nadie respondió.
Todos estaban demasiado concentrados en conservar el equilibrio y ahorrar el poco aire que podían respirar.
El silencio era extraño.
No se escuchaban aves.
No había rastro de ningún animal.
Solo el constante rugido del viento acompañaba el ascenso.
Uno de los exploradores levantó la vista hacia la inmensa pared de nieve que se alzaba frente a ellos.
—Tengo un mal presentimiento... —murmuró con voz temblorosa.
El líder se detuvo por un instante y observó los alrededores.
La montaña permanecía completamente inmóvil.
Demasiado inmóvil.
Un fuerte crujido quebró el silencio.
Todos se detuvieron al instante.
El sonido había sido breve, pero lo suficientemente claro para hacer que cada uno llevara la mano al arma que colgaba de su cintura.
—¿Escucharon eso...? —preguntó uno de los exploradores en voz baja.
Nadie respondió.
Solo el viento.
El líder dio unos pasos hacia adelante, observando cuidadosamente el terreno cubierto por una gruesa capa de nieve.
Entonces lo vio.
A unos metros de distancia, una enorme marca sobresalía entre el blanco paisaje.
Se agachó lentamente y retiró la nieve con su guante.
Su expresión cambió por completo.
No era una grieta.
Era una huella.
Una huella gigantesca.
Sus dedos recorrieron la profunda marca mientras intentaba imaginar el tamaño de la criatura capaz de dejar algo semejante.
—Esto... es imposible... —susurró.
Los demás se acercaron poco a poco.
Uno de ellos tragó saliva al verla.
—No pertenece a ningún animal registrado...
El silencio volvió a apoderarse del lugar.
Un viento helado descendió desde la cima, haciendo ondear las capas de los exploradores.
Sin darse cuenta, todos levantaron la vista al mismo tiempo.
La tormenta seguía ocultando las alturas de la montaña.
Pero durante un breve instante...
Algo enorme pareció moverse entre la nieve.
Nadie alcanzó a distinguir qué era.
Solo una silueta.
Y desapareció tan rápido como había aparecido.
—...Nos están observando.
Ninguno quiso responder.
Porque, en el fondo...
Todos habían pensado exactamente lo mismo.
El silencio se volvió insoportable.
Ninguno de los cinco exploradores se atrevía a apartar la mirada de la tormenta. Incluso el viento parecía haberse calmado por un instante, como si la propia montaña contuviera la respiración.
De pronto...
Un estruendo sacudió el suelo.
¡BOOM!
La nieve cayó de los árboles cercanos mientras el hielo bajo sus botas vibraba con fuerza.
—¡¿Qué fue eso?! —gritó uno de los exploradores.
Otro impacto.
Más fuerte.
Más cercano.
¡BOOM!
¡BOOM!
Los golpes seguían un ritmo lento, pero constante.
Parecía...
Como si algo gigantesco estuviera caminando hacia ellos.
El líder desenfundó lentamente su espada.
—Formación defensiva... ¡Ahora!
Los cinco se colocaron espalda con espalda.
Sus respiraciones eran rápidas.
El vapor escapaba de sus bocas mientras observaban cada rincón cubierto por la nieve.
Entonces...
La tormenta comenzó a abrirse.
Entre la cortina blanca apareció una inmensa figura.
Primero fue una enorme silueta.
Después, dos brillantes ojos de color azul atravesaron la nieve.
Y finalmente...
Una gigantesca mano hecha completamente de hielo emergió de la tormenta y se apoyó con violencia sobre el suelo.
El impacto levantó una nube de nieve que obligó a los exploradores a cubrirse el rostro.
Cuando el viento volvió a despejar el paisaje...
La criatura estaba frente a ellos.
Era un coloso de hielo de más de diez metros de altura.
Su cuerpo parecía formado por enormes bloques congelados, unidos como si la propia montaña le hubiera dado vida.
Sus ojos brillaban con un intenso resplandor azul.
Y en el centro de su pecho...
Un enorme cristal emitía una luz que iluminaba la tormenta.
Ninguno de los exploradores pronunció una sola palabra.
Porque todos comprendieron la misma realidad.
Habían encontrado a uno de los guardianes de la montaña.