León yace inconsciente en el suelo, indefenso, mientras el dragón, imponente y colosal, se alza frente a él. La bestia, con sus ojos centelleando de rabia, avanza lentamente, sus cuatro patas resonando sobre los escombros de la ciudad. Levanta una de sus garras, dispuesto a acabar con su enemigo caído, y lanza su ataque con fuerza devastadora.
Justo en ese instante, tres aventureros con escudos se interponen entre el dragón y León. Las garras de la criatura chocan violentamente contra sus escudos, haciendo temblar el suelo bajo sus pies.
—¡Soporten! —grita uno de los aventureros, sus piernas temblando bajo la presión.
—¡Llévenselo de aquí y sánenlo! —dice el segundo aventurero, sin apartar la vista del dragón.
Un sanador se acerca rápidamente, arrodillándose junto a León y sacando un botiquín.
—¡Está muy mal herido! —dice el sanador, al aplicar la cura—. Pero no despierta.
Mientras tanto, los aventureros que soportan el ataque del dragón murmuran entre ellos:
—No puedo creer que haya estado enfrentando solo a este monstruo. Ya has hecho suficiente, déjanos el resto a nosotros —dice uno con tono de respeto hacia el valiente guerrero caído.
El grupo de aventureros, que hasta entonces había observado la batalla desde la distancia, finalmente reacciona. Saben que luchó solo porque ningún otro estaba a su nivel, pero ahora, con él fuera de combate, todos deben unirse para enfrentar a la bestia.
Rápidamente, se organizan en formaciones. Los tanques se agrupan de tres en tres, dispuestos a detener los ataques del dragón. Detrás de ellos, los francotiradores se posicionan para apuntar a las grietas y las áreas más dañadas del cuerpo del dragón, mientras los magos se preparan para lanzar poderosos hechizos.
Conforme más aventureros llegan al campo de batalla, se posicionan en sus roles designados, rodeando a la gigantesca bestia. El dragón, aunque herido y más lento, sigue siendo una amenaza letal. Ataca con embestidas y mordidas, pero su velocidad ha disminuido, permitiendo que los aventureros esquiven con mayor facilidad. Lanza su cola hacia los grupos, pero los tanques bloquean el impacto con sus escudos, permitiendo a los guerreros acertar golpes certeros en sus ataques.
—¡Defiendan, no permitan que atraviese la defensa! —grita un aventurero, mientras otro advierte:
—¡Cuidado con la cola!
Un mago levanta la voz:
—¡Apártense, lanzaremos un ataque mágico de área!
Los magos cercanos comienzan a canalizar su energía, creando enormes esferas de fuego que se elevan en el aire. En un instante, una lluvia de bolas de fuego desciende sobre el dragón, impactando en su cuerpo y creando explosiones masivas. Sin dar tiempo a que se recupere, otro grupo de magos lanza truenos, envolviendo al dragón en una tormenta eléctrica. El estruendo es ensordecedor y el polvo cubre la escena.
Pero no han terminado. Un tercer grupo de magos, especializados en magia de viento, conjura ataques que dispersan la nube de polvo, revelando al dragón nuevamente. A pesar de la intensidad de los ataques, su barra de HP apenas se ha reducido.
—¡No puede ser! ¡Ni con esos ataques se ha reducido su HP! —grita uno de los magos, incrédulo.
—¡No dejen de atacar! —exclama un aventurero armado con una escopeta, disparando al dragón mientras las balas rebotan en su dura piel.
El resto de aventureros continúan con su ofensiva, disparando y lanzando hechizos. Aunque el HP del dragón baja lentamente, sigue disminuyendo, paso a paso, bajo la presión constante de la multitud.
—¡Me he quedado sin maná! —grita un mago exhausto, siendo rápidamente reemplazado por otro que toma su lugar en la formación. La cooperación entre los aventureros es impecable, relevándose unos a otros para que los ataques no cesen en ningún momento.
Más aventureros llegan al campo de batalla. Un ejército se ha formado alrededor del dragón, sabiendo que la única forma de derrotarlo es unir fuerzas. No importan cuán fuertes sean individualmente; el verdadero poder reside en su número y coordinación. El dragón puede ser formidable, pero incluso él no puede resistir eternamente contra la avalancha de ataques que llueven sobre él desde todas direcciones.
La estrategia está clara: todos contra uno. La batalla sigue su curso, con los aventureros decididos a no rendirse hasta que la bestia caiga.
Las embestidas del dragón continúan, pero sin la misma fuerza que al inicio de la batalla. León, al herir su cuello, le quitó su principal arma: el rugido que invocaba y dirigía las esferas. Ahora, la bestia metálica es un coloso sin control, limitado a ataques físicos como mordiscos, coletazos, y embestidas desesperadas.
Aunque su defensa sigue siendo formidable, la lenta pero constante reducción de su HP indica que su derrota es solo cuestión de tiempo. Los aventureros mantienen su estrategia: rodear al dragón, atacarlo desde la distancia con una lluvia de balas y magia, mientras los tanques lo contienen y los guerreros aprovechan sus ataques para asestar golpes certeros.
—¡Sigan así, lo estamos venciendo! —grita uno de los aventureros, animando a sus compañeros mientras el dragón ruge con frustración.
Mientras tanto, en otro sector, Megan y sus amigos siguen luchando contra las esferas. Con hechizos de trueno y ataques láser, destruyen una tras otra, pero de repente, las esferas dejan de moverse y comienzan a elevarse al cielo, como si fueran atraídas hacia el lugar donde ocurre la batalla principal.
Karina observa con preocupación.
—¿Qué está pasando? ¿A dónde van? —pregunta, con el ceño fruncido.
—No lo sé... pero no me gusta. ¡León! —grita Megan de pronto, y sin pensarlo dos veces, sale corriendo hacia donde se dirigen las esferas.
—Esa niña... —dice Scott mientras la sigue con rapidez, acompañado de Duncan y Karina.
—¿Creen que León esté bien? —pregunta Karina, su voz llena de inquietud.