Evadieron el peligro, pero los monstruos no se detuvieron.
Seguían moviéndose. Avanzaban tras ellos, reduciendo la distancia poco a poco.
La jovencita de coletas no soltaba la mano de la chica.
El joven rubio avanzaba unos pasos delante, observando el entorno, buscando desesperadamente un lugar donde perder a sus perseguidores.
No se detuvieron.
Miraban atrás solo lo suficiente para confirmar que la amenaza seguía allí.
El cuerpo les dolía. El trayecto era eterno. Cada paso pesaba más que el anterior.
Para la chica, más frágil, el cansancio era un lastre. Lo sabía. Lo sentía.
Era consciente de que ralentizaba al grupo.
Aun así, la jovencita no soltó su mano.
Juntas siguieron avanzando hasta que las ruinas les ofrecieron un resguardo momentáneo.
Las edificaciones apenas conservaban la forma de lo que alguna vez fueron.
Muros quebrados, calles abiertas, estructuras incompletas.
Predominaban los espacios vacíos, cubiertos de tumbas dispersas por toda la zona.
Cuando los zombies estuvieron cerca, un grito resonó a la distancia.
Las criaturas se detuvieron. Giraron y se dirigieron hacia el origen del sonido.
El alivio fue inmediato.
Pero duró poco.
Sabían lo que ese grito significaba.
Habían escapado gracias al sufrimiento de alguien más, y esa certeza se les clavó en el pecho como un nudo.
La calma se rompió de nuevo.
Cerca de donde se ocultaban, una mano emergió lentamente de una tumba.
La escena ya les resultaba familiar.
Un nuevo zombie se alzó frente a ellos.
Sin tiempo para palabras, el joven hizo una seña en silencio.
Debían moverse.
Al salir de la estructura, una imagen tétrica los recibió.
El joven sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Un zombie estaba justo frente a él.
Tan cerca que podía sentir su respiración.
El monstruo se lanzó.
Él reaccionó por instinto y lo esquivó.
La jovencita no soltó la mano de la chica. Estaba decidida a protegerla.
Entre los tres lo evitaron… por poco.
Corrieron antes de que el monstruo pudiera alcanzarlos.
Momentos después apareció otro frente a ellos.
Se lanzó directo hacia la jovencita.
El joven interpuso la tabla que llevaba consigo, usándola como escudo.
La madera crujió al impacto. Era vieja, podrida, y no resistiría mucho.
Aun así, les dio el tiempo suficiente. Lo justo para escapar una vez más.
Un breve alivio los alcanzó al dejar atrás a sus perseguidores.
La chica seguía asustada. Cada respiración le recordaba el peso que representaba para los demás.
Entonces ocurrió.
Un zombie emergió entre las estructuras. No lo vieron venir.
Se lanzó sobre la chica, arrancándole un grito involuntario.
La jovencita reaccionó sin pensar.
Embistió al monstruo, apartándolo de ella.
Lo lograron. Pero no sin consecuencias.
El grito resonó.
Y fue un detonante.
Atrajo a más zombies, aunque por fortuna no fueron muchos.
Eran lentos, torpes, y las estructuras rotas dificultaban su visión.
—Lo siento —dijo la chica, con la culpa en la voz.
—Tranquila —respondió la jovencita, volviendo a tomar su mano.
—Debemos movernos —dijo el joven—. El grito atraerá a más.
Se desplazaron entre las edificaciones hasta llegar a un callejón.
Cuando estaban por cruzarlo, otro zombie apareció frente a ellos.
El miedo los paralizó un instante.
Al mirar atrás, vieron otro más bloqueando el paso.
No había salida. Debían pelear.
Antes de que el zombie frontal atacara, el joven embistió.
Lo apartó con fuerza para abrir espacio. Fue el tiempo justo para que sus compañeras cruzaran.
Pero no estaba solo. Otro monstruo apareció detrás.
Se lanzó hacia él.
La jovencita embistió para detenerlo.
El joven tomó la mano de la chica y escaparon de nuevo.
Hasta ese momento, solo habían huido.
La situación se repetía, pero no tenían otra opción.
La chica no podía pensar con claridad.
Los jóvenes habían asumido el rol de protectores.
A lo lejos, el joven distinguió una estructura aún en pie.
Un edificio de dos pisos.
La mayoría de sus paredes estaban derrumbadas, pero las gradas seguían visibles.
—Por aquí —dijo, sin soltar la mano de la chica.
Lograron dejar atrás a los zombies inmediatos.
Al llegar al segundo piso, buscaron algo con qué cubrir la entrada.
Los zombies no parecían capaces de saltar ni razonar.
Si bloqueaban el acceso, podrían resistir.
Encontraron unas latas oxidadas y las colocaron como barricada improvisada.
No era ideal. No había forma de asegurarlas.
Los zombies comenzaron a subir las escaleras.
Su única opción era usar sus propios cuerpos para sostener las latas.
Los jóvenes presionaron con fuerza la lámina metálica mientras los zombies empujaban desde abajo.
La presión no era grande, pero el cansancio sí.
El tiempo pasó. No se rendían.
La chica, temblorosa, se acercó y ayudó a sostener.
Entonces se escuchó un crujido.
No fue la lata. Fue el edificio.
Las gradas cedieron.
Dos zombies cayeron junto con los escombros, pero no estaban solos.
Otros habían llegado, y el peso acumulado venció la estructura.
El suelo comenzó a fracturarse. No tuvieron tiempo de reaccionar.
El segundo piso colapsó.
Cayeron entre escombros y polvo.
Rodaron por el suelo hasta lograr alejarse antes de que los restos terminaran de desplomarse.
Salieron ilesos.
Pero el peligro no había terminado.
Más zombies aparecieron frente a ellos.
La jovencita volvió a tomar la mano de la chica.
El joven levantó una de las latas caídas y la usó como escudo.
Un zombie se lanzó. El joven lo detuvo.
Los otros dos atacaron al mismo tiempo.