La escena era grotesca. Iván acababa de destrozar la cabeza del primer zombie con la piedra que sostenía entre ambas manos cuando, en ese mismo instante, otro surgió de la nada por su espalda. Se lanzó directo hacia él, tomándolo completamente desprevenido.
María, sin tiempo para pensar, reaccionó por instinto. Agarró otra enorme roca y se arrojó contra el zombie, golpeando con fuerza su cabeza. El impacto lo empujó al suelo. Sus golpes eran débiles, pero el monstruo, sorprendido, no tuvo tiempo de reaccionar. Ella no se detuvo. Entre gritos ahogados y jadeos, siguió golpeando sin pausa.
El zombie que Iván había atacado se desvaneció en el aire, dejando caer unas pocas monedas brillantes. Pero María aún no había terminado. Cuando vio que el suyo estaba a punto de caer, soltó un grito más fuerte y descargó un último golpe definitivo. El cuerpo se disolvió, dejando tras de sí más monedas en el suelo.
María se puso de pie temblando, soltó la piedra y se quedó mirando sus manos ensangrentadas. El horror de lo que acababa de hacer la golpeó de lleno. Sus rodillas cedieron. Cayó al suelo de rodillas, con lágrimas rodando por sus mejillas. La sangre salpicaba su ropa y la de Iván; a diferencia de los zombies, esa no desapareció.
Iván corrió hacia ella y la abrazó con fuerza.
—Gracias… —susurró, su voz entrecortada por el miedo y la gratitud.
Yara, aún débil y recostada contra la pared, solo pudo observar la escena con impotencia. No estaba en condiciones de ayudar.
Iván se separó con cuidado, se recompuso y recogió las monedas del suelo: siete en total.
Yara se acercó lentamente. Cuando Iván soltó a María, fue ella quien la abrazó con fuerza, intentando calmar los temblores que recorrían todo su cuerpo.
—Solo siete… —murmuró María con un nudo en la garganta, incrédula ante la escasa recompensa después de tanto esfuerzo y terror.
Yara la soltó con suavidad.
—Debemos comprar agua para Yara —dijo Iván, mirando las monedas en su mano—. Así podrá recuperar HP.
—Hay que compartirla —intervino Yara—. Ustedes tampoco han comido ni bebido nada desde que llegamos aquí.
—No —negó Iván con firmeza—. La descripción dice que solo consumiendo todo el ítem hace efecto completo. Si lo compartimos, le quitamos la oportunidad de recuperarse del todo.
Mientras discutían, varios zombies comenzaron a avanzar hacia ellos sin que se dieran cuenta. Los gritos de María al golpear al monstruo habían atraído a más.
Yara, recostada contra la pared, abrió la tienda del sistema. Compraron un sándwich (3 monedas) y una botella de agua (otras 3), dejando solo una moneda en el inventario de Iván. La decisión fue unánime.
El alimento y el agua restauraron 5 HP cada uno. La barra de Yara subió a 8/8. Sin embargo, la herida en su pierna no sanó; solo el HP se recuperó. Iván y María seguían sin haber ingerido nada, y el hambre y la sed empezaban a minar sus fuerzas.
El nuevo grupo de zombies se acercaba. Esta vez nadie les prestó atención a tiempo. El primero se lanzó directo sobre Iván.
Yara reaccionó en el último segundo: embistió al monstruo con su cuerpo, dándole a Iván el tiempo necesario para girarse y destrozarle la cabeza con un golpe brutal.
Apenas terminó, otro zombie entró por la puerta derruida. Iván repitió el movimiento, pero antes de acabar con él, un tercero apareció.
Yara tomó la piedra que María había usado antes y, con toda la fuerza que le quedaba, golpeó la cabeza del zombie hasta destrozarla.
María, paralizada, no pudo reaccionar. Sus piernas y manos no respondían. El miedo la había invadido de nuevo al ver cómo sus compañeros eliminaban a los monstruos de esa forma tan brutal… la misma que ella acababa de usar.
Otro zombie entró. Iván lo eliminó rápidamente. Esta vez, además de monedas, cayó una pequeña semilla brillante.
—¿Qué es eso? —preguntó Yara, acercándose con cautela. Intentó tomarla, pero su mano la atravesó como si no existiera.
—¿Por qué no puedo cogerla? —insistió, confundida.
Iván se agachó y la recogió sin problema. La semilla desapareció al instante en su mano.
—¿Qué pasó? —preguntó María, todavía con el rostro pálido por el miedo.
—Revisaré mi inventario —dijo Iván. Hizo aparecer la ventana frente a todos.
Allí estaba: la semilla se había convertido en 1 PD (Punto de Distribución). En sus estadísticas ahora aparecían signos de + y - junto a Fuerza, Defensa, Inteligencia y Agilidad.
—No me equivoqué. Se convirtió en un punto de distribución —explicó—. Puedo asignarlo a fuerza, defensa, inteligencia o agilidad.
—Voy a ponerlo en fuerza, veamos qué pasa —decidió, y lo hizo de inmediato.
—Además, confirmo que los niveles no suben en esta zona. Siguen en gris, sin barra de experiencia. Parece que aquí solo podemos mejorar estadísticas con semillas, equipo o quizás habilidades.
—No hay forma de evitar matar zombies —concluyó Yara con seriedad.
—Desde el principio estaba claro —asintió Iván—. Solo sobreviviremos eliminando enemigos.
—Logramos con estos, pero no creo que quedarnos aquí sea buena idea —intervino María, aún temblorosa—. La estructura está muy frágil. Ha estado cayendo polvo todo el tiempo. Podría colapsar sobre nosotros.
Con ayuda de Iván, Yara se levantó. Salieron de la ruinosa construcción justo cuando más polvo comenzaba a desprenderse del techo.
Mientras caminaban, a lo lejos vieron a otro grupo de aventureros luchando contra zombies. Para evitar un fuego cruzado, cambiaron de ruta.
De repente, decenas de manos podridas emergieron del suelo. Una de ellas se cerró alrededor del tobillo de María. Ella soltó un grito desgarrador.
El grito fue fatal: atrajo a más zombies que comenzaron a brotar del terreno. Estaban prácticamente rodeados en campo abierto.
María, presa del pánico, golpeaba la mano con la piedra que aún llevaba, gritando sin control.
—¡Cállate! —le gritó Yara con urgencia.