Nivel Ex: Santuario

Capítulo 5

María mantuvo los ojos cerrados mientras el proceso de absorción de la magia llegaba a su fin. La luz etérea que la envolvía se fue disipando poco a poco, como niebla al amanecer, hasta que desapareció por completo. Solo entonces abrió los párpados, parpadeando ante la claridad repentina del mundo.

A pocos metros, Iván luchaba en una vorágine desesperada. Rodeado por varios zombis, blandía una simple roca como única arma, desviando con golpes torpes pero efectivos cada cuerpo putrefacto que se lanzaba hacia Yara, quien yacía aún inconsciente sobre la tierra reseca. El sudor le empapaba la frente y le ardían los músculos, pero no podía permitirse un solo instante de distracción.

Por fortuna para María, la mayoría de los enemigos se había concentrado en Iván y en la figura inmóvil de Yara. Con el corazón acelerado, abrió su interfaz de estadísticas. Allí estaba: la barra de MP ya no aparecía vacía. La magia había regresado.

No lo pensó dos veces. Extendió ambas manos hacia Yara y gritó con voz firme:

—¡Cura!

Un resplandor cálido brotó de sus palmas y envolvió a la chica brasileña. La barra de HP de Yara, que por algún motivo había descendido de 5 a 4, se llenó al instante hasta el tope. La herida infectada de su pierna —esa laceración oscura y supurante— comenzó a cerrarse ante los ojos de María: la carne se regeneraba, el enrojecimiento cedía, y finalmente solo quedó piel limpia. Yara estaba restablecida, aunque seguía sumida en la inconsciencia.

Iván no vio nada de aquello. Seguía enzarzado en la pelea, cada movimiento calculado para mantener a raya a los muertos vivientes. María, con pasos temblorosos pero decididos, se acercó a él. Volvió a alzar las manos.

—¡Cura!

La misma luz reconfortante cubrió ahora el cuerpo de Iván. En ese preciso instante sintió cómo el ardor de sus heridas se apagaba. La barra de HP, que había caído peligrosamente por los arañazos acumulados, se restauró al máximo. Las laceraciones en sus brazos y torso se cerraron como si nunca hubieran existido. Sin embargo, el agotamiento físico —ese peso aplastante en los músculos, la respiración entrecortada— permaneció intacto. La magia sanaba el cuerpo, pero no borraba el cansancio.

María corrió a su lado para ayudarlo a proteger a Yara. Sin arma alguna, solo contaba con su frágil cuerpo. Embistió con el hombro contra los zombis más cercanos, los empujó con las palmas abiertas, cualquier cosa que ganara unos segundos preciosos. Iván seguía luchando con ferocidad, pero cada golpe era más lento, más pesado. La roca que empuñaba, sometida a impactos brutales durante minutos interminables, empezó a resquebrajarse y finalmente se deshizo en pedazos entre sus dedos.

Ahora solo quedaban puños, patadas y embestidas desesperadas. No había técnica, ni ritmo, ni arte marcial: solo furia cruda y supervivencia.

El número de zombis no disminuía; al contrario, parecía crecer. Cada criatura que Iván lograba derribar era reemplazada rápidamente por dos más. En uno de esos momentos de rabia pura, estrelló su puño contra la mandíbula de un zombi, destrozándola. El monstruo cayó de espaldas y, sin pausa, Iván se arrojó sobre él, golpeando la cabeza una y otra vez contra el suelo hasta que el cráneo cedió con un crujido nauseabundo. El cadáver se disolvió en partículas de luz, dejando caer una moneda y una pequeña semilla brillante.

Iván la recogió al instante y la consumió. Su estadística de fuerza aumentó de nuevo. Los golpes siguientes fueron más potentes, más demoledores… pero solo durante unos segundos. El agotamiento lo traicionó de inmediato: los brazos le pesaban como plomo, los músculos temblaban y apenas obedecían.

Entonces ocurrió. Un zombi se aproximó por la espalda de María mientras ella embestía a otro. Iván lo vio venir. Con un último esfuerzo sobrehumano se lanzó hacia adelante, interponiendo su cuerpo. El zombi lo alcanzó de lleno, pero María quedó a salvo. Iván se desplomó junto a Yara, el mundo girando a su alrededor.

—¡No puede ser! —gritó María, la voz quebrada por el pánico.

La oleada seguía creciendo. Iván y Yara estaban fuera de combate. Solo quedaba ella, la más débil de los tres. Con lágrimas en los ojos, apuntó de nuevo a Iván.

—¡Cura!

Las heridas se cerraron, pero él no despertó. El cansancio lo había vencido por completo.

María temblaba de rodillas, pero no se rindió. Se plantó frente a sus compañeros como un escudo humano. Cada vez que un zombi se acercaba a Iván o a Yara, ella se lanzaba: embestidas, patadas, empujones desesperados. Corría de un lado a otro, intentando cubrir todos los ángulos, pero los enemigos se amontonaban cada vez más.

Un zombi le mordió el brazo. El dolor fue cegador. Su barra de HP apareció frente a sus ojos: bajó 4 puntos de golpe. Con un grito ahogado usó Cura en sí misma. La herida se cerró, pero casi al instante otros dos la atacaron: uno en la pierna, otro en el hombro. La piel se desgarró. Su HP cayó a 2.

Volvió a curarse. Sanó. Pero el peso de los cuerpos la derribó. Cayó sobre Iván y Yara, y más zombis se abalanzaron. Uno le mordió el costado; otro se prendió de su espalda. No podía levantarse. Solo podía patalear, empujar, proteger con su propio cuerpo a los que yacían inconscientes debajo de ella.

Cada vez que su HP descendía, usaba Cura. Lágrimas calientes corrían por sus mejillas mientras sentía cómo la carne se desgarraba una y otra vez. Su MP se agotaba rápidamente. Solo le quedaban dos usos más.

Un zombi alcanzó el brazo de Iván. María, con un esfuerzo que le arrancó un sollozo, usó Cura en él. El mismo zombi volvió a atacar. Ella interpuso su mano, recibiendo la mordida en su lugar. Reduciendo así su HP en 2 pero el monstruo que aún sujetaba con esa mano le clavó los dientes en el hombro. El dolor la atravesó como fuego, reduciendo su HP hasta llegar a 2.

Otro zombi se le lanzó nuevamente.

En ese instante, los primeros rayos del sol rasgaron el horizonte.



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Editado: 01.04.2026

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