María abrió los ojos con lentitud, como si el simple acto de despertar le costara un esfuerzo inmenso. Lo primero que vio fue el rostro de su compañera: Yara, la chica morena de piel cálida, cabello castaño rizado escapando en mechones rebeldes de sus coletas improvisadas, ojos oscuros que la miraban con una mezcla de alivio y preocupación contenida.
Las lágrimas brotaron sin aviso, calientes y rápidas. Sin pensarlo dos veces, María se lanzó hacia adelante y envolvió a Yara en un abrazo fuerte, casi desesperado.
—Estás bien… estás bien… —susurró entre sollozos, el rostro iluminado por una alegría temblorosa y una preocupación que aún no se había disipado.
En ese mismo instante, Iván, que estaba sentado al lado de Yara, se unió al abrazo. Sus brazos rodearon a ambas chicas con fuerza protectora, y los tres quedaron fundidos en un nudo conmovedor. El contacto, cálido y real después de tanto horror, selló algo profundo entre ellos. Esta batalla los había unido como equipo de una forma que las palabras no podían expresar.
—Perdónenme… —murmuró Iván, la voz ronca y quebrada mientras las apretaba contra su pecho—. No pude protegerlas… fallé.
Las lágrimas rodaron por sus mejillas, silenciosas pero inevitables.
—Gracias a Dios que todos estamos a salvo —respondió María, la voz ahogada contra el hombro de Yara—. Eso es lo único que importa ahora.
Lentamente se separaron, pero no se alejaron. Se quedaron sentados en círculo sobre la tierra reseca, aún jadeantes, aún temblorosos, pero juntos.
—¿Qué sucedió después de que me desmayé? —preguntó Yara, rompiendo el silencio con voz suave.
Iván se pasó una mano por el rostro, intentando ordenar los recuerdos.
—No sé ni cómo responder a eso… —admitió—. Cuando te desmayaste, solo me enfoqué en pelear y proteger. Todo lo demás desapareció. Mi cuerpo… simplemente no resistió más.
Poco después, un rugido profundo y prolongado escapó de su estómago, rompiendo la tensión con una nota casi cómica.
Yara dejó escapar una risa débil.
—Creo que debemos dejar la conversación para después. Primero, compremos alimentos.
Ella abrió la interfaz de la tienda con las monedas que había recogido de los zombis eliminados.
—Son 43 en total. Creo que esta vez podemos permitirnos algo decente.
—Debemos conservar nuestros recursos —intervino Iván con seriedad—. Durante el día no hay forma de conseguir más monedas. Estas son todas las que tenemos. Hay que racionarlas para que duren el mayor tiempo posible.
—Hasta donde entiendo la situación —continuó—, el día es nuestra única área segura. Pero en la noche… los enemigos no dejan de aparecer. Al contrario, se nota que los zombis están aumentando cada vez más.
—Entonces debemos suponer —añadió Yara— que difícilmente tendremos oportunidad de comer o hacer cualquier cosa cuando caiga la oscuridad.
María, por su parte, seguía temblando ligeramente. Se mantuvo al margen de la conversación, abrazándose las rodillas, con la mirada perdida en el suelo. Las heridas aún visibles en su piel —mordidas, rasguños, quemaduras leves— hablaban por ella.
—Nuestra prioridad ahora es María —dijo Yara con firmeza—. Está muy herida.
—Compremos lo mismo que la vez pasada —propuso María con voz temblorosa pero decidida—. Un sándwich y una botella de agua para cada uno.
Iván asintió.
—María tiene razón. Aunque nos queden pocas monedas y no podamos repetir después, al menos podemos compartir.
—Lo importante es recuperar fuerzas —añadió Iván mientras observaba con preocupación el estado de su compañera—. Y que María recupere su HP.
—Yo… —comenzó María, pero se detuvo.
—Puedo curar mis heridas —explicó finalmente—, pero no tengo MP. Y no sé cómo recuperarlo.
—¿Puedes curar tus heridas? —preguntó Iván, incrédulo.
—¿Tú tienes magia? —intervino Yara al mismo tiempo.
—Fuiste tú quien sanó nuestras heridas —dijo Iván, atando cabos.
—Cuando desperté ya no tenía la herida en la pierna —añadió Yara, mirándola con gratitud—. ¿Fuiste tú quien me curó?
María asintió despacio.
—En la batalla conseguí un libro blanco. Cuando lo tomé, apareció un mensaje que preguntaba si deseaba activar la magia. Desde entonces puedo usarla… pero mi MP está en cero ahora mismo. La gasté toda: primero en sanar a Yara, después a Iván, y luego en mis propias heridas.
En ese instante, su estómago rugió con fuerza, un recordatorio cruel de lo mucho que habían pasado.
—Compraré la comida —dijo Yara con una pequeña sonrisa que intentaba ser reconfortante.
Acto seguido repartió los sándwiches y las botellas de agua entre los tres. Tan pronto como recibieron su porción, se la comieron con avidez. El hambre y la sed eran tan intensas que apenas saborearon el pan, el jamón y el queso. El agua desapareció en tragos rápidos y ansiosos. De las botellas dejaron solo un poco, pero la comida se esfumó en cuestión de segundos.
Yara, que había sido la única en comer algo antes, los observó con una mezcla de sorpresa y tristeza. Recordó cómo el único alimento anterior se lo habían dado a ella. Ahora, viendo sus porciones ya vacías mientras ella aún tenía un trozo en la mano, sintió un nudo en la garganta.
—Tomen —dijo, partiendo lo que le quedaba y extendiéndolo hacia ellos.
—No —respondió María de inmediato, negando con la cabeza—. Cómela tú. También necesitas fuerza.
Iván hizo lo mismo.
—No, guárdala. Tú también estás agotada.
—¿Cómo está tu MP? —preguntó Iván a María, cambiando el tema.
—Sigue en cero —respondió ella—. No se recupera con el tiempo.
Yara abrió la interfaz de la tienda y revisó las opciones.
—Nos quedan 13 monedas. La poción de MP más baja cuesta 25 y solo recupera 10 MP.
—Mi máximo es 24 —murmuró María—. Al menos necesitaría dos pociones para volver a tener algo útil…
Antes de que pudiera terminar la frase, el suelo comenzó a vibrar.