Nivel Ex: Santuario

Capítulo 7

Iván se abalanzó con furia hacia el zombi más cercano, empuñando con ambas manos la estaca improvisada de piedra. Con un grito gutural que le brotó desde lo más profundo del pecho, clavó la punta irregular directamente en el ojo izquierdo del monstruo. La estaca atravesó la órbita y se hundió hasta el cerebro con un crujido húmedo y repugnante.

Sangre espesa y oscura escurrió por la superficie áspera de la piedra, resbalando hasta las manos de Iván. El zombi no opuso casi resistencia; su cuerpo se sacudió una sola vez y se desplomó pesadamente al suelo, llevándose la estaca consigo. Un instante después, el cadáver se desvaneció, dejando el arma improvisada tirada sobre la tierra.

Iván no se detuvo a recogerla. Ya empuñaba otra en la mano izquierda y se lanzó contra el siguiente enemigo, alejándose unos metros del círculo protector donde se encontraban las chicas. Los zombis eran lentos y torpes; mientras él mantuviera la iniciativa, María y Yara permanecerían relativamente a salvo.

Desde su posición, las dos chicas pudieron observar que no eran los únicos combatientes en aquella planicie. A lo lejos, dispersos por el cementerio en ruinas, decenas de aventureros luchaban con la misma desesperación. Al parecer, todos habían comprendido la misma verdad cruel: huir ya no era una opción.

Iván recuperó rápidamente la estaca caída y continuó su asalto. Aunque se movía con ferocidad, no podía encargarse de todos los enemigos que convergían hacia ellos. María y Yara también combatían. La fuerza física de María era claramente insuficiente para acabar con un zombi de un solo golpe, pero su determinación compensaba en parte esa limitación. Yara, en cambio, aunque débil en potencia bruta, demostraba una agilidad notable: esquivaba, distraía y permitía que María ganara tiempo para que ella diera el golpe definitivo.

Cuando Yara eliminó a uno de los monstruos, una semilla brillante cayó al suelo. La recogió al instante y asignó los puntos de desarrollo a Fuerza. Aunque su ideal habría sido aumentar Velocidad, su poder de ataque seguía siendo demasiado mediocre. Necesitaba más fuerza para que cada golpe contara.

Como era habitual al inicio de la noche, el combate comenzó de forma controlada. Los zombis, aunque numerosos, aparecían lo suficientemente distribuidos como para permitir a los aventureros moverse y pelear sin verse completamente abrumados. A diferencia de las primeras noches, cuando los pocos enemigos que no se eliminaban seguían multiplicándose, ahora los caídos dejaban espacio para maniobrar. La mayor cantidad inicial se compensaba con una mayor efectividad en las eliminaciones.

Un zombi se lanzó directamente hacia María. Con un grito agudo en el que vibraba tanto miedo como determinación, la chica levantó su estaca improvisada de madera y la clavó con todas sus fuerzas en la boca abierta del monstruo. Empujó hacia arriba, sintiendo cómo la sangre viscosa y fría le corría entre los dedos hasta el antebrazo. El zombi se convulsionó unos segundos antes de desplomarse y convertirse en polvo.

La estaca de madera se partió en el proceso. Era un fragmento podrido y frágil, pero era todo lo que su escasa fuerza le permitía cargar. Había improvisado un sistema rudimentario sujetando varias estacas con el elástico de su falda larga, aunque cada movimiento le resultaba incómodo.

—Es muy difícil moverse con esto… —murmuró para sí misma, recordando con frustración que habían intentado guardar las estacas en el inventario sin éxito. Al parecer, el sistema las consideraba parte del escenario y no permitía almacenarlas.

Iván seguía llevando la peor parte. Se desplazaba constantemente por el área, protegiendo a las chicas y atrayendo la atención de la mayoría de los enemigos. Los zombis caían uno tras otro, pero su número no parecía reducirse de forma significativa. Monedas brillaban por todas partes sobre la tierra. María, siendo la más débil en combate directo, se dedicaba a recogerlas mientras sus compañeros mantenían la línea de defensa. Para ese momento ya no le quedaban estacas de madera; eso significaba que no se había quedado atrás en la pelea.

El grupo avanzaba cubierto de rasguños y salpicaduras de sangre oscura, pero sin heridas graves. Poco a poco se acercaban a otro grupo de aventureros compuesto por cinco personas: una chica joven, dos muchachos y dos hombres que parecían rondar los cincuenta o incluso más. Aunque solo se distinguían a distancia, era evidente que otros grupos también se estaban congregando en la misma zona. La batalla continua había creado, de forma natural y sin planificación, un área de combate común donde los supervivientes se atraían mutuamente.

Pasada la medianoche, el agotamiento empezaba a pesar sobre todos. Iván, María y Yara estaban empapados de sangre —la mayoría perteneciente a los zombis— y sus músculos ardían con cada movimiento. Iván combatía ahora con dos estacas de piedra, una en cada mano, lanzando golpes alocados pero sorprendentemente efectivos. Justo cuando hundía una de ellas en la nuca de un zombi, la tierra comenzó a temblar de nuevo.

La vibración se intensificó con rapidez. María fue la primera en perder el equilibrio y caer al suelo. El miedo se reflejaba claramente en su rostro pálido y contraído. No era la única: tanto aventureros como zombis cayeron derribados por la fuerza del sismo. Sin embargo, los muertos vivientes, pese a su lentitud, comenzaron a arrastrarse por el suelo, buscando carne con terca insistencia.

Cuando el temblor finalmente cesó —más violento que los anteriores—, María miró hacia el horizonte con un mal presentimiento. Sus rodillas temblorosas hicieron un esfuerzo titánico para volver a sostenerla.

—María, ¿cuántas monedas tenemos? —preguntó Yara mientras Iván aprovechaba la confusión para clavar su estaca en la cabeza de un zombi que aún se movía en el suelo.

—Ochenta y cuatro —respondió ella, consultando rápidamente su inventario.



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Editado: 01.04.2026

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