Iván fue el primero en cruzar el umbral. Sus nudillos estaban blancos por la fuerza con la que aferraba la barra de hierro, manteniendo una postura baja, listo para cualquier emboscada. Tras él, Yara y María avanzaban en formación, cubriendo sus flancos con las estacas de piedra en alto, los sentidos agudizados por el trauma de la batalla anterior.
—Zona segura —leyó Iván en voz alta. Su voz, ronca por el esfuerzo, resonó en las paredes de piedra del mausoleo.
Al escuchar aquellas palabras, la tensión acumulada en los hombros de las chicas se desplomó. María soltó un suspiro tembloroso y bajó el arma, permitiéndose por primera vez en horas sentir el peso de su propio cuerpo.
—Parece que no hay nada… a excepción de esa fuente —observó María, señalando hacia el fondo de la estructura.
El instinto de supervivencia tomó el control. Se lanzaron hacia el agua con una desesperación casi animal, bebiendo a grandes sorbos. El líquido no solo era fresco; tenía una pureza casi sobrenatural que, al contacto con sus gargantas secas, generó una oleada de alivio que recorrió cada fibra de su ser.
Entonces, ocurrió el milagro. Ante sus ojos, las costras y heridas abiertas comenzaron a cerrarse, dejando una piel nueva y limpia. El dolor punzante, ese zumbido constante en sus nervios, se disipó como la niebla bajo el sol. No fue solo físico: sintieron cómo sus reservas de energía se reponían mágicamente, restaurando sus barras de HP y MP al máximo.
—¿Qué... qué acaba de pasar? —preguntó Yara, inspeccionando sus brazos, donde antes había marcas de mordidas.
—Esta fuente… —comenzó María, asombrada por la rapidez de la curación.
—Es como un elixir —interrumpió Iván, comprobando la movilidad de sus articulaciones—. Restablece todo al límite. Elimina estados alterados y restaura la estamina por completo.
Yara frunció el ceño, invocando su menú translúcido.
—En nuestras estadísticas no aparece ningún dato sobre la "estamina".
—¿A qué se refieren con eso? —preguntó María. Al no ser asidua a los videojuegos, términos que para Iván y Yara eran naturales, para ella resultaban crípticos.
—En los juegos, la estamina es la resistencia física —explicó Iván—. Es lo que te permite correr o golpear sin desmayarte de agotamiento. El hecho de que no aparezca en el menú significa que el sistema oculta variables que no podemos ver directamente.
—Es posible que esa fuera la razón por la que no morimos —reflexionó María con un escalofrío—. Mi HP llegó a 1, estaba al borde del abismo, pero algo me mantuvo en pie.
—No podemos dar nada por sentado —sentenció Iván con cautela—. La calavera fue clara: parte de este "tutorial" consiste en aprender a descifrar las reglas por nuestra cuenta.
De pronto, un sonido prosaico rompió la solemnidad del momento. El estómago de Iván lanzó un rugido prolongado, seguido, como en una orquesta desafinada, por los de María y Yara.
—Al parecer, el agua no cura el hambre —dijo María con una pequeña sonrisa, la primera nota de ligereza en mucho tiempo.
—Es mejor que compremos provisiones —sugirió Yara, adoptando un tono práctico—. Necesitamos contabilizar y racionar nuestras monedas de forma eficiente.
Hicieron un recuento rápido de sus inventarios:
María: 64 monedas.
Iván: 48 monedas.
Yara: 51 monedas.
—Es suficiente por ahora —analizó Iván—. Cada quien debe administrar lo que tiene según sus necesidades, pero si el futuro se vuelve más difícil, uniremos los fondos.
—No me parece justo —admitió María, bajando la mirada—. Yo no eliminé tantos zombis como ustedes… no debería tener más.
Su estómago volvió a rugir, esta vez haciéndola ruborizarse violentamente.
—No te preocupes por eso —le aseguró Yara—. Eres nuestra sanadora. Si tú no tienes recursos, nosotros morimos. Así de simple. Somos un equipo.
Para celebrar la tregua, Yara abrió la Tienda y, con un brillo de nostalgia en los ojos, seleccionó su compra. Segundos después, materializó un plato humeante de Feijoada y una Guaraná fría.
—¡No se queden atrás! —rio Yara, comenzando a comer con ganas.
María, contagiada por el ánimo, buscó en su propio menú. Sus ojos se iluminaron al ver opciones que antes no había notado. Compró un plato de Pozole, Enchiladas y una jarra de Agua de Horchata.
Iván, por su parte, decidió que no era momento de escatimar. Frente a él aparecieron una Tortilla de Patatas y un Bocadillo de Jamón Serrano, acompañados de un zumo de naranja recién exprimido.
Sentados en el suelo de piedra, junto a la fuente, el festín parecía un sueño surrealista en medio del apocalipsis.
—¿Qué es eso que comes? —preguntó María, señalando el plato de Yara—. Parece un guiso de frijoles negros.
—Es Feijoada —respondió Yara con orgullo—. ¿No la conocías? Es el plato nacional de Brasil.
—Esperad —dijo Iván, deteniéndose con un trozo de tortilla en la mano—. En mi menú no aparece nada de lo que tenéis vosotras. Solo comida española.
María revisó su tienda mientras daba un trago a su horchata.
—Es cierto. A mí solo me salen platillos mexicanos.
—Otro secreto del sistema —concluyó Iván—. La tienda se adapta al origen o al conocimiento de cada usuario.
—Pues ya no me importa la lógica —sentenció María, devorando una enchilada—. Al menos estoy comiendo algo que me recuerda a casa.
El tiempo transcurrió entre risas tímidas y anécdotas, un oasis de paz que les permitió sanar el cansancio mental que el agua de la fuente no podía tocar. Al terminar, compraron suministros básicos: dos pociones de maná que entregaron a María, su seguro de vida. Iván, además, notó un cambio en su perfil: la Barra de Hierro que había recogido era un objeto de equipo que aumentaba su ataque en +5, elevando su estadística total a 13.
—Está por anochecer —comentó María, observando el cronómetro sobre la puerta—. Quedan 5 horas de zona segura.