En cuanto cruzaron el umbral del mausoleo, la paz desapareció. Los zombis, como si hubieran estado conteniendo el aliento, entraron en un frenesí absoluto y se lanzaron en masa hacia los aventureros.
Iván, empuñando su barra de hierro, no perdió el tiempo. Con un movimiento seco y potente, descargó un golpe contra el primer zombi que se cruzó en su camino, destrozándole el cráneo al instante. El impacto fue brutal; el nuevo equipo era más que suficiente para superar la defensa de aquellos monstruos. A pesar de la abrumadora horda, la batalla parecía avanzar a su favor; el punto estratégico del mausoleo y su renovado poder de ataque les otorgaban una superioridad clara. A su alrededor, otros grupos de aventureros también lograban mantener la línea sin demasiados contratiempos.
Aunque no habían conseguido nuevas semillas ni equipo durante este tramo, sus bolsas de monedas pesaban mucho más que en los días anteriores. La economía de guerra empezaba a estabilizarse.
María, por su parte, gestionaba su maná con inteligencia. No es que hubiera dejado de usarlo —el peligro era constante y las heridas frecuentes—, sino que la cercanía del mausoleo le permitía regresar periódicamente para beber de la fuente, restaurando sus reservas mágicas al cien por cien. Iván y Yara hacían lo mismo, aunque con menos frecuencia, entrando a recuperar su estamina para combatir durante periodos prolongados sin perder la velocidad ni la coordinación.
—Pronto el contador llegará a cero —advirtió Yara, señalando el cronómetro que parpadeaba en la entrada del refugio.
—Deberíamos descansar lo que queda —sugirió María, con la mirada puesta en el horizonte—. Cuando eso desaparezca, ya no tendremos ningún lugar seguro donde escondernos.
—Entremos —sentenció Iván.
Se resguardaron durante los últimos treinta minutos. Comieron algo ligero, permitiendo que sus músculos se relajaran antes de la tormenta final. Cuando el cronómetro rozó el cero, decidieron salir por su propio pie; no sabían qué ocurriría si permanecían dentro al agotarse el tiempo y preferían no descubrirlo por las malas.
Al salir, la realidad les golpeó de frente. Los zombis volvieron a la carga, pero el escenario había cambiado: ya no había fuente a la que regresar. Ahora, cada gota de maná de María era un recurso precioso que debía ser conservado a toda costa.
Además, las constantes batallas habían pasado factura a su equipo. Las dos estacas que poseían se habían deteriorado gravemente; el error de no haber fabricado repuestos les pesó en el alma cuando la estaca de Yara cedió poco después de salir. María, que apenas había combatido cuerpo a cuerpo, le entregó su propia estaca a su amiga en el momento justo en que un zombi estuvo a punto de alcanzarla. Ahora, María estaba totalmente desprotegida, relegada a la retaguardia y a la vigilancia constante de la salud de sus compañeros.
Mientras Iván y Yara luchaban, María se movía entre los escombros recogiendo monedas e intentando fabricar nuevas estacas con los restos del cementerio, pero la horda era demasiado intensa y apenas le otorgaba unos segundos de respiro.
Justo cuando María sostenía una pesada lápida, dispuesta a estrellarla contra otra para fragmentarla y obtener puntas afiladas, el aire se heló.
Una voz infantil, precedida de una sonrisa macabra, rompió el estruendo del combate. No era un canto dulce; era una melodía rota, un murmullo cavernoso que parecía arrastrarse desde el fondo de una tumba. Cada nota iba acompañada de un siseo gutural que transformaba la rima infantil en una letanía de muerte.
Rueda la rueda, Un bolsillo de flores, ¡Cenizas! ¡Cenizas! Todos caemos.
Con cada repetición del canto, algo cambió en la atmósfera. Los zombis comenzaron a expulsar una espuma espesa por la boca; su piel se enrojeció levemente y de sus gargantas brotaron rugidos que sonaban a sangre hirviendo. Era como si el canto les enardeciera la sangre podrida, despertando en ellos una furia nueva.
—¿Qué está pasando? —preguntó María, aterrorizada al ver la transformación de los monstruos. Uno de ellos se abalanzó sobre ella mientras aún cargaba la pesada lápida.
—¡No puede ser! —gritó Iván.
Él intuyó que el ataque se centraría en María, pero al intentar socorrerla, un grupo de zombis le bloqueó el paso con una precisión antinatural. Parecía que su inteligencia hubiera aumentado, organizándose para atacar en equipo. Yara también estaba en problemas; con su arma improvisada y sin semillas para mejorar sus estadísticas, se veía superada por la nueva sincronización de los enemigos. Un solo error de concentración sería fatal.
Sin refugio y sin protección, María usó la lápida como escudo improvisado, empujándola con todas sus fuerzas para derribar al zombi que tenía encima. Iván logró abrirse paso hasta Yara y, juntos, intentaron llegar hasta María, pero ella había descuidado su espalda.
Varios zombis se lanzaron sobre ella con ferocidad. Iván logró interponerse y empujar a uno, mientras Yara se ocupaba de otro, pero no fue suficiente. Dos monstruos más alcanzaron a María, clavando sus dientes en su hombro, brazos y piernas.
—¡Ahhhhh! —gritó ella, pataleando desesperadamente. Su barra de HP apareció en el aire, descendiendo rápidamente.
En un acto de puro instinto, María lanzó *Cura* sobre sí misma, restaurando su tejido justo antes de que los zombis volvieran a morder. Iván logró quitárselos de encima finalmente, permitiéndole usar un segundo hechizo para estabilizarse.
—La situación se complica —exclamó Yara con los nervios a flor de piel.
—Empezó cuando el canto resonó —respondió María con la voz temblorosa—. Es como si estuvieran siendo controlados... como marionetas.
—Debemos buscar el origen —dijo Iván, destrozando a un enemigo frente a él—. Si detenemos a quien canta, quizá vuelvan a la normalidad.
Los enemigos ahora eran más rápidos, pero ya no atacaban de forma ciega. Iván mantenía la guardia alta, observando cómo los zombis se detenían, rodeándolos sin dar el primer paso. Era una coordinación aterradora.