Lanzándose de lleno contra la horda de zombis organizados, los aventureros intentaron por todos los medios encontrar una fisura que rompiera su perfecta coordinación. Sin embargo, los monstruos no cedían ni un poco de terreno; su cooperación era precisa, y ningún zombi se adelantaba si la situación lo ponía en desventaja táctica.
—¿Qué… qué podemos hacer? —preguntó María, incrédula ante la situación, mientras el sudor frío le escurría por el rostro.
—No dejan ningún punto ciego —comentó Yara, jadeando—. Pero en cuanto nos descuidemos, no dudarán en despedazarnos.
—Úsenme de carnada —propuso María de repente, recordando que los zombis la habían marcado como la presa más vulnerable.
—¿Qué dices? Eso es demasiado peligroso. ¡No estoy de acuerdo! —replicó Iván de inmediato.
María no dijo nada más ni esperó la aprobación del equipo. Simplemente se desgajó de la formación y comenzó a correr en dirección opuesta, usándose a sí misma como un señuelo viviente para romper la sincronización de los monstruos.
—¡Noooo! —gritó Yara, viendo a su amiga alejarse hacia el peligro.
La suposición de María resultó ser correcta. Tan pronto como se separó del grupo, el patrón de la horda se rompió: varios zombis abandonaron la formación y se lanzaron frenéticamente tras ella. Justo cuando el primero logró atraparla, María reaccionó por puro instinto de supervivencia; apuntó su estaca directamente a la boca abierta del monstruo para defenderse. El impacto la derribó al suelo junto con el cadáver, mientras la punta de piedra quedaba profundamente incrustada en su boca.
Otros zombis se abalanzaron sobre ella, pero la estrategia ya había dado frutos. Yara e Iván aprovecharon la distracción para arremeter contra el resto, iniciando la batalla de manera forzada y rompiendo el bloqueo defensivo de los muertos vivientes.
—¡Cuidado! —Un grito desgarrado resonó a lo lejos, revelando que otro grupo de aventureros se aproximaba a la zona.
Iván y Yara continuaron masacrando zombis a contrarreloj. María, aunque su aporte en la eliminación directa de enemigos seguía siendo mínimo, se había convertido en la clave de la victoria; gracias a su audaz decisión de actuar como carnada, sus compañeros lograban abrirse paso a golpes, avanzando en dirección al origen del canto mortal.
Mientras se defendía, María barrió la multitud con la mirada y alcanzó a distinguir a otro grupo de humanos peleando ferozmente. Ya no estaban solos en el cementerio; finalmente habían encontrado a otros supervivientes, posibles aliados para el futuro.
María fijó la vista en uno de ellos: un hombre mayor, con la ropa tan desgarrada y maltrecha como la de ellos, una clara señal de las duras batallas que le había tocado librar. En su mano derecha, esgrimía con fuerza un machete ensangrentado.
Sin embargo, ese breve instante de distracción le costó caro. Un zombi rezagado la alcanzó por el flanco y le mordió la pierna repetidamente antes de que Yara apareciera y le clavara una estaca en el cráneo. De la criatura abatida brotó una semilla brillante, pero al haber sido eliminada por Yara, solo ella pudo recogerla.
María invocó Cura de inmediato para sanar sus heridas, mientras Yara recogía la semilla y la asignaba nuevamente a la estadística de Agilidad. Iván, por su parte, se movía como un torbellino de un lado a otro, atrayendo la atención de los enemigos para evitar que las alcanzaran mientras se encontraban vulnerables. Fue un despliegue de fuerza brutal: en cuestión de segundos, Iván despachó a diez zombis, destrozándoles las cabezas de un solo golpe gracias a su imponente barra de hierro.
—¡A tu derecha! —se escuchó la voz de una chica muy cerca de ellos, aunque la densidad de la horda aún impedía verla.
—¡Ya la encontré! —gritó otro aventurero a unos metros. Mientras tanto, el canto de la niña zombi continuaba de fondo sin detenerse, reiniciándose en un bucle macabro cada vez que terminaba la estrofa.
¡Bam! ¡Bam! ¡Bam!
El atronador sonido de un revólver rasgó el aire.
—¡Helen, espera a que esté a tiro! —le recriminó un compañero.
Iván y Yara lograron abrirse paso entre la masa de carne podrida, acortando la distancia con el nuevo grupo mientras María los seguía de cerca, cubriéndose las espaldas.
Al romper la última línea de zombis, el panorama se aclaró. El grupo de desconocidos rodeaba y protegía a un adolescente de piel blanca y cabello oscuro que yacía tendido en el suelo.
Cubrían cada posición en un círculo cerrado y defensivo. Tres de ellos estaban fuertemente armados: la chica, Helen, sostenía el revólver humeante; otro empuñaba el machete que María había visto antes, y un tercero sostenía una espada corta. El último miembro no tenía un arma real, solo aferraba una pesada piedra entre sus manos. Todos vestían ropas hechas jirones, idénticas a las de ellos.
—Puedo ayudar, tengo magia de Cura —anunció María en voz alta al acercarse.
Los extraños intercambieron una mirada rápida y asintieron con la cabeza, abriéndole paso para que auxiliara al herido.
—¡Cura! —exclama María, extendiendo sus manos.
Al instante, sus palmas emitieron un fulgor cálido y el cuerpo del aventurero en el suelo reaccionó igual; las graves laceraciones y mordeduras que cubrían su cuerpo comenzaron a cerrarse visiblemente hasta desaparecer sin dejar rastro. A pesar de la sanación, el chico permaneció inconsciente en el suelo; sus heridas habían sanado, pero esto no hizo que despertara, posiblemente debido a que había enfrentado una situación límite e intensa, idéntica a la que el grupo de María había padecido anteriormente.
Aunque la atmósfera entre los humanos se calmó momentáneamente al ver el milagro de la curación, la oleada de zombis a su alrededor seguía siendo gigantesca. Sin embargo, gracias a que ahora sumaban más combatientes, podían generar el espacio suficiente para reponerse. La chica Helen, consciente del valor de sus recursos, dejó de utilizar el revólver para ahorrar munición y se mantuvo a la defensiva.