La noche de Halloween, Elena regresó a la casa de su abuela después de siete años de ausencia.
El pueblo parecía abandonado. Las calles estaban cubiertas de hojas secas, las ventanas permanecían cerradas y ninguna calabaza iluminaba los jardines. Era como si todos los habitantes hubieran huido de algo.
Al entrar en la casa, Elena encontró una carta sobre la mesa.
Reconoció inmediatamente la letra de su abuela.
«Querida Elena:
Si estás leyendo esto, significa que ya no estoy contigo. Puedes dormir en cualquier habitación, puedes encender todas las luces, pero recuerda una sola cosa: cuando el reloj marque las doce, no abras la puerta. No importa quién llame. No importa qué voz escuches.
Y, por favor, no mires por la ventana».
Elena soltó una pequeña risa nerviosa.
—Abuela, siempre tan supersticiosa…
A las once y cincuenta y nueve, se preparó una taza de té y se sentó frente a la chimenea.
Entonces, el reloj comenzó a sonar.
Una campanada.
Dos.
Tres.
Cuando llegó a la duodécima, todas las luces se apagaron.
Toc. Toc. Toc.
Tres golpes resonaron en la puerta principal.
Elena se quedó inmóvil.
—¿Quién es?
Al otro lado, una voz dulce respondió:
—Soy yo, cariño. Abre, tengo frío.
Elena sintió que la sangre se le helaba.
Era la voz de su abuela.
—Abuela… tú estás muerta.
Se hizo un silencio.
Después, algo arañó la madera desde el otro lado.
—Lo sé, mi niña —susurró la voz—. Pero tú me prometiste que nunca me dejarías sola.
Elena retrocedió, temblando. Entonces recordó la última frase de la carta: No mires por la ventana.
Se volvió lentamente.
La puerta principal seguía cerrada.
La figura de su abuela estaba ahora en medio de la sala.
Empapada, descalza y con la cabeza inclinada hacia un lado.
—¿Cómo has entrado? —preguntó Elena, llorando.
—Elena… —susurró la criatura.
La joven se tapó la boca.
—Dime tu nombre, cariño. Solo quiero escucharlo una última vez.
Elena negó con la cabeza.
La criatura dejó de sonreír.
Su rostro comenzó a agrietarse, y de su garganta surgió un sonido semejante al de muchas personas llorando al mismo tiempo.
—Entonces tendré que buscarlo yo misma.
La sala estaba vacía.
El reloj marcaba las doce y un minuto.
Elena cayó de rodillas, convencida de que todo había terminado.
Hasta que escuchó tres golpes en la puerta de la habitación donde se había escondido.
Toc. Toc. Toc.
Y la voz de su abuela susurró desde el otro lado:
—Elena, cariño… hay algo afuera que tiene tu rostro.
La joven miró hacia el espejo.
Su reflejo estaba sonriendo.
Ella, no.