De correos a mordidas
Regresaba a clases en una semana. Podía dormir hasta tarde, pero aun así puse la alarma. A las 8:45 ya estaba despierta con un objetivo en mente: Ir a la librería a quejarme con Norbert.
Bien dicen que usar la tecnología al despertar no es lo más sano, pero actualmente considero que todos tenemos el mal hábito de inmediatamente al despertar revisar el celular. Pasé entre las notificaciones sin importancia hasta llegar a un correo de aquel tipo, esta vez, sin pensarlo, lo eliminé de inmediato. Así no me entraría curiosidad de abrirlo.
Una vez arreglada, bajé al comedor. A esa hora el único despierto era mi padre. Le di los buenos días, él me respondió con una sonrisa tranquila, sin preguntarme a dónde iba. A veces parecía leerme la mente.
Miré el celular. Las 9:20, debía apresurarme, pues abrían en diez minutos.
Me acerqué al árbol y agarré mi bolso. Por suerte, en mi vecindario no robaban. De lo contrario... adiós a mis cosas.
No podía llegar con Norbert exaltada, sí, estaba molesta, y conociéndome, sabía que tenía un carácter explosivo. No pueden culparme, ya que siendo una adolescente, supongo que es de lo más normal... ¿No?
Caminé varias cuadras y antes de llegar me paré a comprar un café para tranquilizarme, sabía que normalmente eso no servía para ello, pero en lo personal me relajaba.
Me detuve en la entrada de la librería, me asomé, pero no vi a nadie detrás del mostrador. Con decisión abrí la puerta y me acerqué. Fue cuando, para mi desgracia, vi a ese chico que estaba sentado, comiendo una dona y leyendo MI libro despreocupadamente.
Oh, por Dios, ¿cómo se le ocurría comer mientras leía? Podía manchar las páginas.
Él notó mi presencia, de inmediato bajó el libro y sonrió.
—Hola, Sofí, buenos días, dime, ¿en qué puedo ayudarte? —Su tono de voz era de burla.
—Esto tiene que ser una broma... Tú... —¿Qué haces aquí? —pregunté alzando la voz un poco más de lo normal.
El chico se encogió de hombros.
—Tranquila, ya te explico. Norbert es mi abuelo, por lo tanto, me mudaré unas semanas aquí, estaré trabajando con él, ayudándole en la librería.
Intentaba procesar sus palabras, pero en mi mente solo resonaba "nieto de Norbert".
—¿Entonces crees que por ser nieto del dueño de la librería eso te da derecho a no respetar la privacidad del cliente?
—No sé de qué estás hablando. —respondió con descaro.
Me hervía la sangre. Tragué saliva para contenerme. Este tipo iba a lamentar haberse cruzado en mi camino.
Consejo número dos: La venganza nunca es buena, pero si se tiene a un tipo odioso como él, debe sufrir.
—Además —continué—, ¿qué hacía en la madrugada frente a mi casa? ¿Qué sucede contigo?
El chico se enderezó y entrecerró los ojos.
—No entiendo de qué hablas. Yo no fui a tu casa en la madrugada. ¿Crees que estoy loco? Lo más seguro es que te guste tanto que hasta me alucinaste —al decir esto me guiñó un ojo.
Asentí y coloqué mi bolso encima del mostrador.
—Eres un gran mentiroso. Agradece que no alerté a mis padres, porque de lo contrario no estarías aquí.
Sonriendo, cerró los ojos un momento como si todo fuera un juego para él.
—Si tan solo supieras...
—¿Saber qué? Ilumíname.
Ignorándome por completo, tomó su celular y se puso a mandar un mensaje.
Me quedé atónita. ¡Pero qué falta de respeto!
Destapé mi café y metí el dedo: tibio. Me acerqué al mostrador para ver si el libro estaba en un sitio seguro y, al percatarme de que así era, carraspeé.
—Por cierto, inepto. ¿Sabes qué les pasa a quienes no respetan mi privacidad?
—¿Es una pregunta retórica? —Porque si no... ni idea, Sofí —dijo cruzándose de brazos dejando el celular de lado.
Asentí y le lancé el café en la cara.
—¡Quema! —¡Quema! —gritó, secándose los ojos con el antebrazo—. ¡Estás loca!
Me eché a reír.
—Veo que te gusta molestar, pero no te gusta que te molesten. Además, ni está caliente, zoquete.
Por los gritos, Norbert salió de la trastienda y se acercó para ver qué estaba sucediendo, pasó la mirada de su nieto a mí.
—¿Qué pasó, Laín?
—Pasa... pasa que algunas de tus clientas están mentalmente desorientadas. —respondió alejándose del mostrador, limpiándose con su playera la cara.
Norbert vio cómo el chico se iba. Pasó una de sus manos por su cabello y suspiró dirigiendo su mirada hacia mí. Levanté ambas manos y me encogí de hombros sin decir nada.
—Si no te conociera, diría que fue culpa de él —dijo Norbert cansado—. Pero lamentablemente te conozco, Sofí. Eres la única capaz de hacer algo así. Además, tienes un vaso de café a tus pies.
Vaya, sí que era observador.
—Pero Norbert, él empezó —me defendí—. Fue su culpa, no respetó la privacidad de un cliente enviándome correo anoche, unos correos muy muy fuertes, debo admitir.
Norbert se acercó a mí preocupado, mirándome con el ceño fruncido.
—¿Qué tipo de correos? —preguntó.
—Pues ya sabe... usted sabe. —Sonreí para mis adentros, me aseguraría de que ese tipo fuera enviado de nuevo a su casa con moño y en paquetería. Me acerqué a él y le susurré—. Fueron correos, digamos, comprometedores.
Entonces su expresión cambió, soltó un suspiro, noté que estaba un poco decepcionado. Me pidió que aguardara un momento, se la había creído por completo. Se dirigió hacia donde su nieto se metió y escuché cómo empezaba a reclamarle.
—Puedo saber qué tienes en la cabeza, B'd Laín, ¿tienes uvas en lugar de neuronas acaso? Ya habíamos hablado de esto, por eso estás aquí, no se suponía que te comportarías, se lo prometiste a tus padres y, lo que es más, me lo prometiste a mí. No puedo tenerte aquí si sigues con ese comportamiento.
—¿De qué demonios estás hablando, abuelo? —dijo el tipo.
—Hablo de los correos que le enviaste a Sofí. —respondió Norbert cansado.