Era momento de regresar a clases, me desperté más temprano de lo habitual e hice unos estiramientos rápidos. Abrí la ventana dejando que el aire entrara, como era la costumbre, revisé los mensajes y el primero era de Lis.
<<Sofí, pasa por mí, no quiero irme en camión.>>
Le di los buenos días y simplemente le contesté con un ok; me fijé que tenía otro mensaje de un número desconocido. Inmediatamente pensé en Laín, pero eso no era posible, ya que no lo había bloqueado desde la última vez. Para mi sorpresa, era de Eduardo.
<<Sofí, soy Eddy, me gustaría hablar contigo para aclarar las cosas. Solo te pido una oportunidad para poder dialogar, es todo.>>
Con todo lo que estaba sucediendo, me quedó clara una cosa: deberían prohibir la venta de chips telefónicos en los Oxxo o cualquier lugar de venta de cosas de celulares.
El hecho de que pusiera que quería hablar, vaya cinismo tenía; tuvo muchos meses para hacerlo y, si Laín no hubiese figurado en el mapa, jamás me hubiera contado la verdad. El arrepentimiento nunca hubiera aparecido.
Terminé de alistarme, cerré la ventana y bajé a desayunar.
Al sentarme en la mesa del comedor, vi cómo todos tenían comida en sus platos, menos yo. No tenía problema en servirme sola, pero siempre mi mamá solía hacerlo, así que miré a todos esperando una explicación, el único que respondió fue mi papá.
—Sofí, tú tienes que servirte el desayuno, tu mamá está molesta y no permitió que nadie lo hiciera.
¿Por qué ese repentino cambio? Fui a la cocina, tomé un plato, serví unos cuantos hotcakes y volví a la mesa, sentándome frente a ella, el silencio era sumamente incómodo.
En momentos mi madre me miraba de reojo.
—Papá, ¿podemos pasar por Lis? —pregunté mientras me servía un vaso de leche.
—Claro —respondió sin decir más.
Y en definitiva, ese había sido el peor desayuno de la vida.
Terminé de comer, me lavé los dientes y me subí al auto, despidiéndome de mi hermana, ya que mi mamá se encargaba de llevarla a ella, mientras mi padre me llevaba a mí, ya que no me gustaba tomar el camión.
—Adiós, mamá. —Adiós, Sofí. Me respondí a mí misma, ya que ella me ignoró por completo, otra vez. Debo admitir que a veces mi madre se comportaba peor que una adolescente... peor que yo.
En el trayecto le pregunté a mi padre el porqué de la molestia de mi madre, a lo que respondió:
—No me dijo bien, pero por lo que me contó tu hermana ayer, que fue con el nieto del Sr. Norbert, este no le quiso decir nada sobre el incidente que ocurrió, sin embargo, le dijo que tuviera cuidado contigo, pues las chicas de tu edad podrían ocultar cosas peligrosas, o algo así...
Laín era un cabrón, sí, pero admitía que igual era alguien inteligente. Le había plantado la semilla a mi madre diciéndole que ocultaba algo.
Todos llegamos a ocultar secretos a nuestros padres, pero yo en lo personal no iba en ese grupo, siempre había sido transparente con ellos en todos los sentidos. Eso me ayudaba a que la confianza fuera mutua y me dieran permisos de salir y demás. Claro, quitando aquella ocasión en que hice lo que hice.
Ahora me daba cuenta de que realmente Laín era capaz de contar mi secreto y esto no era una de sus tantas bromas.
—Lo que le dijo la tuvo pensando toda la noche —prosiguió mi padre—. Y ni siquiera me dejó dormir diciendo que tú le ocultabas algo, que, si no, ese chico no le hubiera dicho eso. No había razón para mencionarlo.
Nos tocó un semáforo en rojo, así que mi padre aprovechó y me miró.
—Sofía, tú siempre has sido una hija ejemplar, sé que tú dices siempre la verdad de todo, así que necesito saber: ¿nos estás ocultando algo? —preguntó entrecerrando sus ojos.
Sí. Y lo lamento.
—No, papá, ¿cómo crees? —respondí riéndome, una risa nerviosa más que nada.
Satisfecho con mi respuesta, asintió y arrancó de nuevo.
Laín no se andaba con juegos y debía hacer algo al respecto antes de que fuera tarde y terminara arrepintiéndome.
Llegamos por Lis e inmediatamente, cuando se subió, comenzó a platicar con mi padre, parecía más su hija que yo misma. Mantenían conversaciones de cosas que ni siquiera yo sabía que les gustaban a los dos.
Al llegar nos despedimos y antes de entrar a la escuela Lis dijo:
—Otro semestre más en el infierno.
La escuela para mí no era un problema del todo, eso era antes que supiera que Laín estaría aquí. Ahora concordaba con Lis, sería un infierno por completo.
Para sobrevivir debía evitar toparme con Eduardo y tratar de ignorar a Laín.
Entramos al salón y nos dirigimos a nuestros lugares en la última fila. Lis se puso a platicarme de sus vacaciones, realmente mi amiga hablaba demasiado (otra cosa que para nada teníamos en común). Poco a poco el resto de mis compañeros comenzaron a llegar, y entonces mi peor pesadilla hizo acto de presencia.
Laín entró y, como si de película se tratara, todos voltearon a verlo. Lis guardó silencio para deleitarse la pupila mientras este buscaba su asiento, para mi buena suerte, el único asiento libre era en la primera fila, alejado lo suficiente de mí. Dos chicas se le acercaron de inmediato y comenzaron a hablar con él. Este sonriente les siguió la plática.
Lis se acercó más a mí y susurrando me dijo:
—No me importa que sea gay, yo sí le daba.
Le di un golpe en el brazo y negué.
Las clases comenzaron y, a pesar de la distancia que había entre nosotros, en momentos Laín volteaba a verme; varias veces nuestros ojos se cruzaban y de su parte recibía sonrisas coquetas.
Las primeras horas fueron lo mismo: anotar apuntes, miradas con Laín y una que otra conversación breve con Lis.
Al llegar la hora de descanso, Laín tomó varios libros y salió primero. Me levanté de inmediato y lo seguí por el pasillo, lo jalé del brazo, pegándolo a una pared mientras los otros estudiantes iban saliendo. Sabía que debía contenerme, pero no podía esperar, debía aclarar las cosas con él de una buena vez.