No dudaré, Carla

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Bueno, ya es lunes y voy de camino, estoy un pelín nerviosa. Es un nuevo reto laboral y, aunque me veo capacitada para realizarlo y no tengo problema para adaptarme y conocer a gente nueva, no puedo dejar de sentirme inquieta. Decido espantar mis pensamientos con música, y esta vez, como sé que el camino es largo pongo un CD de One Republic, me encanta este grupo. Una de mis canciones preferidas es una titulada «Counting Stars», tiene un ritmo que me hace sentir optimista y me gustan este tipo de canciones.

Cuando llego, dejo el coche en la zona destinada a empleados y entro en recepción. Saludo a la rubia guapísima que te cagas, que, por cierto, se llama Helena y me comenta que enseguida viene María para enseñarme las instalaciones. En ese momento me giro y veo que viene hacia mí... «el hombre», o sea, el espécimen más guapo que he visto en mi vida, vamos, el futuro padre de mis hijos. Todo esto, por supuesto, lo pienso en décimas de segundo que es lo que tarda en pasar por mi lado y decir:

—Buenos días.

¡Ha dicho: «Buenos días»! ¡¡Y encima habla!! ¡Madre mía, madre mía!

—Buenos días —contesto.

Mientras continúo con mi cara de empanada por esta visión, me giro y veo de reojo que Helena tiene la misma cara que yo y me sonríe como diciendo «sí, es real».

De la nada aparece María, que es una personita delgada y bajita, simpática y a la vez de las que parece decir «este espacio es mío, ni se te ocurra cruzarlo» (laboralmente hablando, claro), yo por si acaso me limito a escucharla. Primero vamos directas a los alojamientos, cojo mi coche y la sigo. Ella lleva un Range Rover blanco con el logo de la empresa, aunque el otro día no me fijé, hoy ya he visto que hay varios por aquí.

Vamos por un camino de tierra custodiado por álamos en los laterales, es tan bonito que da la sensación de que me están dando la bienvenida. En cinco minutos llegamos. El camino de tierra por el que vamos parece que se termina allí. Tras unas vallas bajas de madera puedo ver las viviendas. Son casas pareadas de una sola planta, debe haber unas veinte en forma de ele, y son monísimas. Todo el terrero que rodea las casas es césped hasta que se funde con un pequeño bosque de pinos. Tras el bosque, a lo lejos, se puede ver un nuevo manto de viñedos. Y es que mire donde mire la vista es espectacular. ¡Me gusta!

Devolviéndome a la realidad, María se dirige a mí:

—Como verás hay bastantes casas vacías porque muchos trabajadores viven en pueblos cercanos, pero aun así tienes vecinos. —Sonríe—. Te dejo la llave, si quieres entra tus cosas, y cuando estés lista te presentaré a tu jefe. Nos vemos en un rato.

—Gracias, María.

Anda que como mi jefe sea el buenorro que he visto en el pasillo...

Entro en mi minicasa y me gusta lo que veo. Es un rectángulo bien aprovechado, debe tener unos cuarenta metros, un comedor grande con cocina office. Voy hacia la única puerta que hay y veo una cama de matrimonio, un armario blanco empotrado y al otro lado una cristalera que da a un balcón, a la derecha hay otra puerta y es el baño, bastante bien equipado, con ducha y un lavabo muy amplio (importante para poner todos los potingues). Tiene mucha luz, y eso me da buen rollo.

Doy unos cuantos viajes hasta entrar todo lo que he traído, incluida la tele. Decido estrenar la ducha, porque con esta mudanza exprés estoy sudando como una campeona. Me cambio de ropa y me decido por algo más cómodo, sin tacones, porque vuelvo andando, opto por unos tejanos, un top y una chaqueta algo más formal. Vuelvo caminando y disfrutando del paisaje, al llegar a la puerta principal veo a don Hueso hablando con el buenorro. Me mira, hace una señal y dice:

—Carla, por favor, acérquese. —Mientras llego donde están ellos, noto que me voy poniendo roja por segundos—. Quiero presentarle al Sr. Fortuny, él es el presidente de nuestra empresa. Sr. Fortuny le presento a Carla Peralta, ella será responsable de Exportación junto con el Sr. Cuevas.

—Hola, Carla, bienvenida. —Y me ofrece su pedazo de mano. Su calidez, al apretar la mía, hace que tenga una sensación rara, como si me hubiera dado un abrazo.

—Hola, gracias. —Sonrío como una boba, pero, ah, él también me sonríe, supongo que por cortesía, síí, me sonríe, y encima se recrea. Continúo roja como un tomate. Y todo esto con las manos sin soltar, y es que mi mano se acopla perfectamente a la suya. La suelto inmediatamente y digo:

—Voy a buscar a María, adiós. —Salgo rápidamente hacia la derecha. Noto que me miran extrañados hasta que el Sr. Pelayo dice:

—Carla, es por el otro lado. —Y señala hacia la izquierda.

Vale, perfecto, vuelvo sobre mis pasos y en ese momento me acuerdo de Britget Jones. Si antes estaba roja, ahora debo parecer que estoy a punto de explotar.

Así que el buenorro es ¡el señor presidente de la empresa! ¡Anda que no tengo buen ojo! Pero claro, es que el hombre no desmerece. Es alto, corpulento, aparenta unos treinta y pocos, moreno y con ojos azules, de un azul profundo e impactante, y claro, dicho así suena muy bien, pero es más, su sonrisa va acompañada de un hoyuelo, solo en el lado derecho. Este hombre me recuerda a… a… ¡ay! Ahora no caigo cómo se llama ese del anuncio, pero seguro que tendré oportunidad de acordarme, en cuanto lo vea más veces, je, je, je.

Mientras voy caminando en busca de María le doy vueltas a la cabeza pensando en el buenorro, me ha impactado, pero seguramente a estas alturas ya debe estar casado, con hijos…, en fin, mi imaginación va donde quiere y si es pensar en él, pues es libre de hacerlo.

Bueno, por lo menos me alegraré la vista cuando lo vea, por ahora me tengo que centrar en mi trabajo.

Entro en el edificio y Helena me indica dónde está el despacho de María. Cuando llego veo la puerta abierta, entro y, al saludarla, una sonriente María me informa que primero me enseñará las oficinas y mañana iremos a dar una vuelta por las bodegas y los alrededores.




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